Auschwitz en Madrid

Relato de Xavier Eguiguren

¿Cuántas veces había anticipado su final? Jamás tuvo la necesidad, ni la intención de contarle a otras personas, las inquietudes que deambulaban como nubes entre sus pensamientos. Seguro que habría al menos un millón de almas, que en algún momento de sus vidas hubieran podido imaginar escenas protagonizadas por su propia muerte.

De pronto se apagaba la luz de la vida, la transición era obligada y asimilada como parte de la propia existencia. El máximo exponente de la igualdad que existe entre todos los seres humanos, se muestra en el mismo momento de morir con su rostro más demacrado.

Se veía a si misma amortajada, ataviada con un sudario de algodón de color blanco. La muerte en su pureza más absoluta.

Auschwitz, el infierno en la tierra, su suelo en invierno era una mezcla de fluidos, barro, agua y nieve, los pies descalzos de la joven permanecían estáticos, soportando sin ganas un cuerpo extremadamente delgado. Una estructura de carne y huesos que ya no estaba, no era, no sabía, ¿continuaba con vida, estaba muerta?, no, aún no había muerto del todo, porque recordaba a su madre y sentía un profundo dolor.

“Somos los zapatos, los últimos testigos. Somos los zapatos de nietos y abuelos, de Praga de París y Amsterdam, y como somos de tela y cuero, y no de carne y hueso, nos hemos salvado de arder en el infierno. Vi una montaña de Moshe Schulstein”.

Desde el cielo, un Dios que no interfería sobre la voluntad de los alfiles de uniformes tenebrosos, esos Schutzstaffel, que pululaban a su antojo por el campo y los barracones, que calzaban unas botas altas negras y pulcras.

“Recuerdo la primera vez que vi a Josef Mengele. Iba vestido de verde, de verde oscuro. Recuerdo sus botas. Los ojos me caían más o menos a esa altura. Unas botas relucientes. Irene Izme, Auschwich 1943”.

Un gran tablero de cuadrículas cercadas por alambradas de espino electrificadas, que a su vez, engullían a otras casillas menores de terreno yermo, atroz, infame y monstruoso.

Sobrevivían hilos de voz en espacios ocultos detrás de los cristales rotos, y otros no existires ya, ¿o quizás si?, pero sólo como espectros en pequeñas celdas de un metro cuadrado. Horrores de menor a mayor tamaño, los primeros dan paso a los segundos, y los segundos ya no existen para mostrar el camino a los primeros.

En el centro de la espiral de la depravación, la madre de todas las muerte, la solución final, asesinar indiscriminadamente con gas Zyklon B, el desenlace se ocultaba de los unos, también de los otros, se escondía de ellas, de ellos, de aquellos, de todos los que confluían en ese espacio temporal ahogados en la desembocadura desbordada de inhumanidades terminales.

No os volverán a ver, desapareceréis junto con los demás, todos los que lleguéis en esos trenes interminables. Plegarias mezcladas en un entrelazado de manos, aullidos, gritos y llantos, un cubo de agua y otro de nada. Metamorfosis, carne en ceniza, y está última en humos negros que se escapan de las chimeneas, con destino al cielo. ¡Dios mío! huele siempre a carne frita.

¿Ves ese humo?, ahí está tu madre, y Úrsula quiso hacerse diminuta, para que su corazón pudiera esconderse debajo de la litera de madera. Un rincón en un lugar putrefacto que huele a orina y a heces.

“Tú que pasas por aquí, a ti te ruego que hagas algo, que aprendas un paso de baile, algo que justifique tu existencia, algo que te de derecho de estar vestido con tu piel y tu vello, aprende a caminar y a reír, porque no tendrá sentido a la postre, porque son muchos los que han muerto mientras tú sigues vivo, y  no haces nada con tu vida. Charlotte Delbo (superviviente de Auschwitz)”.

¡Dejadme llorar!

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