Relatos de Xavier Eguiguren



Tributo a Miguel Ángel y a todas las víctimas de la barbarie

Luces que brillan y chisporrotean después del segundo disparo, acompañan mil zumbidos que se ensañan con un alma que es obligada a salir de su envoltorio de carne y piel, a golpes de intolerancia.

¡Me duele mucho la cabeza!

Tengo miedo a la muerte, pero mis pensamientos siguen su camino, no se detienen en la oscuridad.

Me preocupan mucho mis padres, mi hermana y mi novia, cuánto van a sufrir cuando se enteren. 

Si encuentran mi cuerpo sin vida, bajo el cielo aparentemente impasible, de día o de noche, intentaré gritar y decirles lo que me ha dicho un pajarito, que no tema, que no he muerto.

Las nubes llorarán por mi y por todas las víctimas de estos bárbaros y su barbarie. La atrocidad no crece paseando en un cochecito de bebé con su mamá, la siembra el hombre que ha matado, y la riega el que mañana matará.

Que estoy haciendo aquí, liviano sobrevuelo la copa de los árboles, me veo tirado en el suelo como un muñeco roto, desvencijado, no quiero que me recuerden así, doblegado nunca, esos, me obligaron a apoyar las rodillas en el suelo. 

Que bello recuerdo, acaricia mi espíritu un fugaz olor a días de verano en Espadañedo, mezcla de colores todos ellos hermosos y vivos, corazones que se intercambian y que me aman al tiempo que me dan muchos ánimos. 

Un mar de manos blancas que se extienden hacia el horizonte, acompañan millones, que digo, miles de millones de bocas que corean mi nombre "Miguel Ángel".

Mi esencia se halla plena, no me olvidéis, no nos olvidéis. Mi espíritu es vuestro espíritu, mi espíritu es el espíritu de Ermua.


Te rompes en mil pedazos

Te rompes en mil pedazos.

Seis mil quinientos setenta días sin resuello, con cicatrices que no cierran.

Un mar de noches con el miedo punzante en la piel, pesadillas que sangran. Eres la mujer reflejada en un espejo de cristales rotos.

Miedo, sicofonía entre las paredes blancas de tu cárcel doméstica, puertas destrozadas, espadas ensangrentadas se clavan en tus pensamientos destructivos.

La imagen recurrente de tu cuerpo inerte que está y no es, que es y no está. Perfil de tiza blanca en el suelo de una habitación desangelada.

Trauma resultante de amar el desconsuelo, descolgando las campanas que tocan a golpes de voz de quien te insulta, entre ingesta de alcohol y raya de cocaína te odia como mujer, viola y ensucia tu cuerpo, destroza tu alma, se ríe del llanto de agua salada que reconcome la almohada de tu cama violentada.

Valiente, renaces te encabritas y rompes las cadenas que mantienen las fobia. Retiras la cómoda que cada noche bloquea la puerta de tu casa, destruyes las raíces de plomo que pesan en tus bolsillos.

Hoy quieres ayudar a otras mujeres que llevan sobre sus espaldas el yunque del maltrato. Enseña la salida del pozo a esas pobres encarceladas en un habitáculo con barrotes de cristal y golpes.

Eres la esperanza de mis renglones torcidos a patadas, porque necesito escribir un final feliz.


Cuchilladas

Antidepresivos inyectados directamente en mis venas, los necesito para poder escribir tanto dolor tejido a puñaladas en cuerpos de mujer.

Pena de muerte que produce la convivencia con el patriarcado. Veinte mujeres asesinadas por el patriarca, el amo, el macho dominante, el alfa que muestra sus dientes de hombre violento y agresor de la psique, esta última escondida, parapetada en el cuerpo de ella magullado a hostias.

Por dios mujer no vistas el traje harapiento de la anulación a fuerza de "eres una mierda, no vales para nada", denúncialo y escapa de ese laberinto de golpes, odios, llantos, insultos, cuchilladas, explosiones de gas provocadas.
Ratonera en las que los niños son el cebo del que mata, y si esos pequeños no mueren, morirán en vida cada día.

Necesito antidepresivos para seguir contando escenarios de sangre. La sociedad tiene que abrir los ojos, mirar al agresor y desterrarlo portando una carraca, haciendo ruido cual leproso o apestado para alertar a otras mujeres de sus intenciones de destrucción.

¿Cómo será la muerte?, ese paso del ser y estar a la nada, transición obligada en la vida, pero dolorosa y con la sensación de haber dejado el gas abierto cuando te cortan la yugular con un cuchillo.

Ni una menos gritamos todas las semanas, y ya hay veinte menos. ¿Vamos a permitir que haya más crímenes? unamos nuestras fuerzas, hombres, mujeres, mujeres y hombres, encerremos en una cárcel con barrotes perennes al violento agresor, asesino.


Héroe, quien ayude a un niño acosado

Quiero crecer muy rápido, ser mayor para no volver a estar triste. No entienden que con cada insulto y patada, me muero un poquito más. Nunca voy a sonreír mientras tenga que ir al colegio.


Quiero hacerme daño y así no tener que ver a esos en el patio. Hay chicos que se ríen de mi y cantan canciones con mi nombre, dicen a gritos que mis padres son pobres.

Yo soy un niño, pero me imagino muerto en una bañera, mis manos llenas de sangre, el suelo, mis sueños también son rojos. Me gustaría decírselo a mamá y a papá, pero no quiero que se preocupen.

Tengo pesadillas, en ellas puedo oír como me insultan muchas veces cada vez que salgo al recreo.

A lo mejor escribo una carta y se la dejo a mamá en mi habitación, por si mañana me muero.


Mis fantasmas se agarran a las farolas

Siento las gotas frías de lluvia sobre mi frente caer. Los pensamientos discurren de tres en tres, cual triada. Triunvirato que se postra frente a una hilera de farolas que me guiñan al pasar.

Luces amarillas que se cansan de alumbrar para ti, faros afectos al camino que zumban y tiran de sus raíces, que aúllan como los perros huérfanos que se escuchan en la lejanía.

Cánidos que predicen la muerte del amo, pueden ver en blanco y negro, el color azul del alma del finado escaparse de la tierra.

El origen, el principio, la causa, el motivo, la razón, todos y el mismo son, durante el invierno se aletargan.

Hoy y ahora se reflejan en los charcos del camino, los sonidos de los colores que escupen de sus bocas los fantasmas del pasado, presente y futuro, todos ellos en complot agarrados a las farolas del sendero.

Tres eran tres los pensamientos, el comienzo,  romper, y volver a empezar para morir viviendo.


Ordeno los cajones de un cerebro afecto a un diván de cuero negro

Apoyado en la levedad de un pensamiento imagino vuestros perfiles. Guardo la esencia de las palabras escritas en los cajones de mi subconsciente.

Deseo estar lúcido, con los ojos abiertos dirigidos sobre los contornos de miles de vosotros en formación. Algún día tendré que partir, mi dinero, el anhelo de vuestro recuerdo.

Leéis mis trece vidas, trece abundantes carencias y extremos. Trece muros duros pintados con grafitis de artistas sin caza talentos, que sueñan con su fama.

Obras repetidas en fachadas destinadas al abandono, frases metálicas, robóticas y maquinaria que fumiga colores vivos.

Destinos que circundan mis relatos, unos suaves como el beso de Judas, otros punzantes y dolorosos cual picadura de avispa.

Escucho crecer la hierba, oigo la vibración de las cuerdas vocales con cadencia, pedales flanquean la cabeza, rápido y veloz mueve tus neuronas para leer estas palabras, colgadas como un columpio de un jardín de otoño bucólico.

Recuérdame.


Extraditado sin papel de fumar

Extraditado de la luna, mi eterna compañera. Portadora del mar de los Sargazos, esperas en cada puerta la salida de la noche.

Forma dependiente del sol y su luz, amante de la oscuridad adolescente e irresponsable. Cuna que crece y mengua, engañar al mar, serle infiel con sus mareas es tu premisa.

Estupefacientes esbozados a golpe de probeta, distribuidos por tu camello sin dos jorobas, ha hecho de esa luna una adicta a mi desequilibrio emocional.

Fiel amante de la pluma, yo me declaro insolvente y pareja de hecho de ese satélite, amparado por una orden de alejamiento.

Admito hallarme engrilletado al insomnio más absoluto.