Y el beso fue devuelto

Relato de Beatriz Belinchón

Un cuatro de noviembre, de hace catorce años, en 2003, mi padre y mi madre estaban feliz y plácidamente en casa. Mi padre, Federico, veía la televisión mientras mi madre, Carmen, estaba en la otra esquina del salón, del amplio salón propio para una gran familia de muchos hijos, en un rinconcito. Allí tenía su máquina de coser y Carmen se concentraba en sus labores. Aunque el salón fuera grande estaban los dos juntos y se acompañaban. Como ocurre con los matrimonios que duran mucho tiempo. Estaban sintiéndose, en silencio, el uno al otro.

De repente mi madre oyó una respiración fuerte. Provenía de mi padre. Se levantó de la máquina. Mi padre la vio acercarse pero no podía moverse ni decir nada.

-¡Federico! ¿Qué te pasa?

Y papá no respondía; solamente respiraba con dificultad y con angustia.

-¿No será otra de tus bromas? ¡Mira que me estoy preocupando!

Imagino la verdadera ansiedad de mi padre, por ver a mi madre así y no poder decirle: "Sí, es una broma". No. Esta vez no era una broma. Y también estaba asustado, comprendiendo que algo andaba muy mal, aunque lo último que vi de él fue pasar la frontera de la vida a la muerte con una sonrisa de paz y cargada de cariño hacia mi madre, una sonrisa de gratitud por encima de todo, para luego desvanecerse su expresión hacia la quietud de un rostro sin vida, puesto que su alma, en pocas horas,  abandonaría su cuerpo. Cada muerte es singular.

Mi madre dice que mientras estuvo los cuatros días enchufado con cables por todo el cuerpo para mantener con las constantes vitales su cuerpo ya muerto y dependiendo de unas máquinas y de la respiración artificial, en la unidad de enfermos muy graves, ella se dio cuenta de que un soplo de ánima aún quedaba en él, lo que mi madre nombra como el Yo Interior de mi padre.

Hay personas que cuentan que ante la muerte su alma abandona el cuerpo y desde arriba observan y oyen... por eso digo que cada muerte es singular. Y no creo que existan reglas para todos iguales a la hora de morir. Pero me ha gustado la observación de mi madre, pues aunque durante cuatro días, estando entubado y asistido vitalmente por las máquinas, pero en realidad ya sin autonomía y aparentemente muerto, mi madre percibía que un pequeño remanente de conciencia aún dormitaba en su interior. Mi padre fue un héroe en su muerte. Sonrió. Ése fue su último regalo para la vida (y para mí), cuando supo que ya no había remedio y que se enfrentaba a lo que más teme el ser humano: el paso a otra vida. Mi padre vivió en paz y murió en paz y sin miedo. Por eso digo que fue un héroe y, como siempre, optimista. Pero os narro los hechos.

Cuando llegó la ambulancia mi padre estaba casi inconsciente. Había tenido una fuerte y mortal embolia cerebral, o un infarto, o un ictus. Fulminante. Le había afectado los miembros, paralizándolos; el habla... la cara... sólo pudo respirar (y de esa manera avisó a mi madre), pero por poco tiempo.

Regresé yo a casa después de mi trabajo y vi esta truculenta escena. Los del equipo de la ambulancia ya estaban en casa. Nadie podía contestarme. No había tiempo. Mas yo ya me daba cuenta. Mi cuñado, Joaquín, también estaba allí. Mi madre le había llamado para llevarnos a las dos al hospital, siguiendo a la ambulancia.

Llegamos al hospital. La ambulancia paró. Abrieron las puertas traseras y de ahí descendieron la camilla que sujetaba el cuerpo de mi padre. Antes de que le bajaran de la ambulancia, mi madre y yo ya habíamos salido del coche de Joaquín, para poder verle la cara. Yo ya supe que sería la última vez que se la vería con vida. En cuanto entrara en el hospital mi padre apagaría sus fuerzas. Ya estaba resistiendo demasiado. Como digo, el infarto fue fulminante.

Pude verle la cara y eso agradezco a la vida porque, aunque ahora esté relatándoos esto con lágrimas de emoción y pena, lo último que vi de él fue un legado, una lección alegre para lo que me resta de vida, hasta que también llegue mi hora. No sé si seré capaz de sonreír como él hizo a mi madre, venciendo su parálisis. ¡Fue un milagro!

¿Fue Dios quien me habló a través de su gesto paranormal? ¿Fue el alma de mi padre que yo vi en mi desvelo? ¿Estaría viendo mi padre o su alma seres agradables del más allá? No sé si seré capaz de repetir yo su gesta en mi hora.

Eso pasó entre las ocho y nueve de la noche de un comienzo frío de noviembre. A partir de ese momento respetábamos el horario de visitas de la UCI (Unidad de Cuidados Intensivos), que era tres veces al día. Cada uno de nosotros, siete hermanos, entrábamos cuando podíamos. Mi madre entraba siempre, como es lógico, y en primer lugar. Mi padre fue perdiendo pulso en la sangre y en el cerebro y mantenían su cuerpo con aire gracias a unos pulmones artificiales, en realidad, una máquina extraña fuera de su cuerpo. A mí me parece que murió el cuatro de noviembre, aunque lo declararon muerto cuatro días después, tras dos encefalogramas planos seguidos. Desenchufaron las máquinas que hacían que su tórax se hinchara y deshinchara, como si él estuviera vivo durmiendo. Pero algo vivo sí había. Veréis por qué.

Cada vez que mi madre le hacía su visita se despedía de él con un beso respetuoso, es decir, en la mano, en el hombro, en el pie con una caricia... "Hasta luego, Federico."

La última vez, cuando pararon las máquinas, se lo pensó mejor y le dio un beso en los labios sonrosados aún. Un beso de amantes.

Pasaron las exequias, pasó el entierro y quien pudo volvió a su vida normal. Todos decíamos que sentíamos la presencia de mi padre. El despertador de mi hermano se encendía todos los días a las seis de la mañana, hora en que solía levantarse mi padre en vida para ir a trabajar, a pesar de que mi hermano desconectaba la alarma todas las noches y nunca escuchaba Radio María. El despertador se volvía a encender solo.

Pasada una semana después de nuestro fatídico ocho de noviembre, mi madre, en una duermevela lógica de quien no se ha acostumbrado aún a media cama vacía, vio descender el cuerpo de luz de mi padre hacia ella para darle un beso. Entonces sí se despidió. El cuerpo lo tenía luminoso, pero los labios... eran... de carne... sonrosados...

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