El tulipán

Relato corto de Beatriz Belinchón

Entre los cacharros y los amontonados trastos, delante del gastado castaño piano, allí se erigía el tulipán. Allí depositaba esbelto su rosácea copa, izado el tallo con un ascendente leve empuje retorcido, entre sus hojas lánguidas, luchando por crecer, parécele que bastante ajeno al desorden de la vida y de aquella habitación que inundaba una plaga de musas.

Las musas, sea dicho, descartaban su danza aérea por el espacio del cuarto, para acercarse al bello ser y besarlo. Y él dormía olvidadizo, olvidadizo de aguas y de luchas, mostrando con estiramiento su supremacía sobre las pasiones, olvidadizo de contiendas y con un único afecto, su frágil timidez en calma, es decir, su elegancia.

La calma la aportaba él, su pausado dueño escritor, ése que introducía las musas entre paredes. La frágil timidez la aportaba ella, su última conquista, una muchacha de mirada titilante y confundida a veces.

En el reino del tulipán se hacían el amor, un gran amor enajenado del tiempo y de la edad, un gran amor como una pequeña isla, la isla donde él la albergó después del naufragio.

Un día ella huyó a Valencia, dispuesta a nadar contra la corriente de cuidar a su familia, y hasta las cinco le esperó en la cafetería de la estación de ferrocarril. Su mente jugaba a confundirla: “Él no vendrá”.

“Preciosa, aquí estoy”, la sorprendió, dándole su tierno y cálido beso, por la nuca, raptándola de su extravío, a las cinco en punto.

“¡Estoy salvada!”, suspiró… y la vida se puso de nuevo en marcha. Y en su marcha tuvieron un hijo, un tulipán soberano.

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