En un bosque extraño

Relato de Higorca Gómez

Caminaba casi descalza, las zapatillas se habían roto de tanto andar por aquel escabroso camino de piedras y lodo.

Llevaba horas sin descansar, no quería, no podía parar, debía seguir adelante aun estando agotada.

Se hubiera sentado tranquilamente en una de aquellas piedras en las que ella acostumbraba a descansar cuando salía por aquel inmenso bosque que tan bien conocía; vivía muy cerca en un caserón que había ido pasando de una generación a otra y que cada una de ellas habían ido adaptando a su propia comodidad.  

Desde muy pequeña siempre en compañía de sus hermanos y, muchas veces con sus primos que solían visitarlos cuando tenían vacaciones del colegio, recorrían aquella vorágine de caminos, de ramas entrelazadas donde se escondían un montón de “animalillos” que ella reconocía y… según parecía también ellos ya que no se asustaban al acercarse.

Con el paso del tiempo fue creciendo sin perder el hábito de pasear por aquel encantador lugar; era como bien decía, su paraíso personal, su jardín con un sinfín de plantas, de flores que en primavera bullían por salir de sus “caparazones”; al igual que la hermosa alfombra que formaban las tímidas violetas ¡daba pena pisarlas! Le gustaba recoger unas pocas formando un ramillete que le entregaba a su madre con la mayor ilusión.

Aquel domingo se había quedado sola en la casa solariega, siguió su ritual saliendo a la hora en que el sol acariciaba con sus tibios rayos; era la mejor para dar su paseo cotidiano.

Le fascinaba ver como los pajarillos empezaban a tejer sus nidos en matorrales y árboles.4

Al mismo tiempo los arbustos de hoja caduca empezaban a brotar, y cuando llegaba a la altura de los madroños, disfrutaba mirándolos, eran especiales podían tener el fruto rojo y sus flores blancas con forma de tulipa, le gustaba coger alguno y comérselo mientras seguía su camino; y los rosales silvestres, que se encontraban en un rincón protegidos florecían ¡Qué bien olían! Y más al mezclarse con el romero y el tomillo.

Era todo un placer recorrer aquellas tan rusticas avenidas ¿quién iba a pensar que aquel domingo iba a ser distinto, iba a ser un día de dolor inesperado?

Dominaba muy bien cada recodo de aquellos tortuosos caminos ¿Cómo no? ¡Si desde pequeña caminaba por ellos!

Nunca llegó a pensar que en uno se iba a encontrar con algo inesperado, doloroso y triste.

De pronto vio que en un rincón algo se movía, ¡será algún animalillo o un pájaro que se ha quedado enganchado en las ramas! se acercó para ver lo que pasaba, cuando estaba suficientemente cerca un hombre salió de aquella maraña y se abalanzo sobre ella.

Fue algo inesperado, empezó a gritar, pero era inútil nadie podía oírla estaba sola en todo aquel confín; lo único que podía hacer era defenderse con uñas y dientes, intentar soltarse y correr sin parar, no podía dirigirse a la casa, sería mucho peor.

Le arañó la cara, le dio patadas se soltó como pudo y empezó a correr, le notaba muy cerca, estaba delgada y corría, no podía parar, no debía hacerlo, no sabía que camino cogía, simplemente en su ceguera quería apartarse del lugar, debía encontrar ayuda, alguien que pudiera salvarla de aquel hombre que parecía una alimaña.

En su loca carrera no se dio cuenta que cada vez se alejaba más de la casona, se estaba perdiendo, ya no le quedaba ni esperanza, volvía la cabeza de vez en cuando y le parecía oler aquel aliento que la había asustado y seguía su marcha, no tenía fuerzas ni para gritar.

De pronto se encontró frente a un río, se paró mirando a su alrededor, con la respiración jadeante y los ojos considerablemente abiertos ¿de quién tenía miedo?  No le dio tiempo ni a ver bien su cara. Pero si pudo notar un pestilente olor que le salía de la boca no podía parar, debía cruzarlo eso sería su salvación.

No lo pensó y se dispuso a atravesar aquel camino de agua turbulenta; le pareció que no era muy hondo y siguió adelante.

Cuando iba por el centro noto que sus pies perdían el equilibrio, se asustó cayendo y dejando su cuerpo aletargado, sin fuerzas el agua la arrastraba río abajo.

¿Hasta dónde llegaría? No recordaba haber rastreado nunca aquel camino y menos el río, ahora no podía pararse a pensar tenía que salvarse ¿qué hora sería, se darían cuenta sus padres que no había llegado todavía? ¿Cómo la encontrarían?

Algo la paró, estaba exhausta, se aferró con fuerza aún sin saber que era. Casi se puso de pie, fijándose más pudo darse cuenta de que una pequeña barca estaba varada, al revés, no atinaba a pensar, de pronto se encontró fuertemente agarrada a ella.

Le fallaban las fuerzas, no sabía dónde estaba, intento subirse, si pudiera darle la vuelta.

Abrió un poco los ojos, temblaba y estaba bañada en sudor, su madre estaba a su lado; fue entonces que se dio cuenta de que estaba la luz encendida, de un salto se sentó en la cama buscando afanosamente las zapatillas que recordaba llevaba puestas, su madre la contemplaba perpleja, pero sin decir nada esperando a que despertase bien; por fin lo hizo y abrazándose con fuerza rompió a llorar.

Todo había sido una tremenda pesadilla. Había gritado y su madre se levantó asustada para saber que estaba pasando; así terminaba una larga noche perdida en un extraño bosque que ella siempre aseguraba conocer muy bien.

Dicen que los sueños están en nuestros subconscientes y las más de las veces nos desbordan llevándonos a un fuerte caos. Eso mismo le paso a nuestra protagonista, era el soto de un lugar conocido, pero del que nunca nos podemos llegar a confiar.   

Higorca Gómez Carrasco está galardonada con el escudo de oro de la Unión Nacional de Escritores de España.

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