Poemas de Higorca Gómez


Siria ¿existes?

Vuelvo de nuevo a mi tierra, miro…
veo un horizonte sombrío, vacío
y pienso ¡ya nada queda!
Un silencio profundo, unas raíces…
raíces de un árbol caído, inerte, sin vida,
yace en la tierra,
arropado por la arena que el viento,
el aire hasta él arrastra.
Miro a mi alrededor y pienso
¿qué me queda?
Siento un profundo dolor en el interior
¿será mi alma que se revela al ver
tanta muerte a mi alrededor?
Hasta el aire ha perdido el perfume
de las magnolias que había en el paseo;
no escucho voces de niños jugando al balón,
tampoco una madre llamando ¡niño ven!
¡Es la hora de comer!
¿Para qué llamar? No hay pan, ni caldo,
ni fruta que llene un plato…
¡para qué llamar! Si tampoco hay nadie
que me escuche gritar.
Miro al horizonte y veo el sol rojo que...
como si estuviese lleno de ira se esconde
¿Dónde vas?
Le pregunto alzando la mano
Al mismo sitio que tu me contestó llorando.
Siria ha muerto, la han matado.


Tristeza

Cabalgo sobre las nubes…
Los pies se hunden,
la mirada se pierde…
Se enreda entre colores del arco iris.
Miro desde arriba, y…
Veo desdén, angustia, dolor, agonía,
y, unos ojos que miran.
Hacía aquí, arriba.
Vuelvo a mirar, y…
Simplemente veo eso…
Unos enormes globos blancos,
con una mancha oscura central,
que miran, que piden
sin apenas pronunciar
¡Por Dios!¡¡un trozo de pan!!
¡Un vaso de agua, por caridad!
Solo veo vientres hinchados:
de tanta hambre,
De mucha miseria… agonía…
Que tienen a su alrededor
Sigo sobre las nubes…
Hundiendo mis pies,
enredando mi pelo entre colores
¿Qué colores son?
¡¡Ahora no veo ninguno!!
Mis ojos se han llenado de lágrimas
Y, lloro con razón.
Quisiera ser manantial,
para saciar su sed.
Llenar de agua sus cuerpos.
Porque quisiera ser pan, y…
Llenar sus estómagos de él.
¡Porque si fuese Dios…!
Les daría un maná que salvará
sus famélicos cuerpos…
Porque quisiera abrazar a esos niños,
que sintieran el calor del amor.
El calor necesario y humano
para seguir viviendo.
Bajaremos de esas nubes…
Miraremos cara a cara, el dolor
sin esconder la cabeza,
Dando siempre además de amor.
El pan, el agua necesaria
para calmar el hambre, la sed y el dolor.
Porque… ¿Existe Dios?


Lamentos de caracola

Dime caracola, estas junto a mi oído y…
escucho un lejano eco, son las olas del mar
que me traen allende suspiros,
llantos incontenidos,
de mil niños de frío ateridos.
Dime caracola
 ¿Qué más me traes hasta mi oído?
Llantos de sirena, que me van diciendo
como van muriendo también los árboles
muy lentamente ¡Ay dolor en mi pecho!
No quiero seguir oyendo cantes
de mal talante.
Quiero volar con mis alas extendidas
como esas aves que cruzan
el mar abierto
en busca de aires puros,
en pos de bosques nuevos.
¡No me hables más caracola!
No quiero oír tu llanto desconsolado
Quiero ser libre para llevar
en una cesta; pan, amor,
comida, cariño…
una bandera azul con letras blancas
con unas letras que digan: Paz, vida…
que se expanda por todo el aíre
que mis niños respiran.  


Aromas de enamorada

El aire huele azahar, a jazmín.
El sol viene y se va, juega con las nubes.
Las hojas se mueven en alocada danza.
El cielo parece llamarlas, las engaña.
Trozos azules, otros tristes, grises,
negrura que amenaza lluvia.
Luego llega la calma, tranquila, dulce
de nuevo el aire trae aromas,
aromas de un amante que no llega.
Son las ramas en alocada danza,
las que mueven esos dulces y frescos olores,
las que engañan una y mil veces,
al sol que viene, que se va
en espera de esa ansiada lluvia que no llega.
La dama sigue paseando
por entre matorrales de un jardín endiablado.


Muerte

Galopa caballo ¿no ves?
¡parece una tropa!
¡la muerte nos ronda!
Caballo alazán.

Galopa,
¡dicen que es una mujer!
¿qué roza?
¡el beso que da es mortal!
Galopa.

¡Vuela caballo alazán!
Nos tocan, nos dañan,
¿cabalgan? ¿son guadañas?
Galopa.
Los campos
¡también las montañas!
¿Nos siguen?
¿que cantan?
El himno mortal.

¡Las verdes praderas!
¡color sin igual!:
¡galopa caballo!

Caballo alazán.


El baúl de los recuerdos

Buscando en lo más hondo del alma
encuentro un baúl lleno de tesoros.
Mirando al horizonte lejano
veo árboles que en sus ramas
empieza a despuntar la vida.
Mirando en lo profundo de tus ojos,
encuentro unas pupilas encendidas.
Miro al cielo azul impenetrable,
veo nubes que se desplazan,
que empiezan a dar vueltas.
Horizonte lejano, profundo.
Árboles que dicen estar vivos.
Pupilas transparentes,
que no guardan secretos,
que dicen ¡te amo! en todo momento.
Todo me da vueltas al pensar
que nada es como yo lo veo.
Qué tengo clavado en mi interior,
esos horizontes, esos árboles,
el cielo, las nubes y el mar.
¡Ay! quién pudiera caminar,
sobre las nubes, o sobre el mar.
Colgar de una rama, los recuerdos.
Decir en voz alta, te quiero,
y… no morir jamás.
No morir para poder seguir,
mirando tus ojos clavados en mí.
Escudriñar en el baúl
para saber todos tus secretos.
           Ver en las ramas sus flores crecer.
Ver esas nubes llorar…
Sentir el agua mojando mi piel.
Respirar profundo para
sacar el baúl y recordar…
           grandes momentos pasados junto a ti.
Me siento a esperarte mientras miro
el viejo árbol ¿Recuerdas?
Aquél que nos daba sombra los
tórridos veranos, sentados nosotros
¡Tampoco existe el banco!
Todo se ha ido perdiendo ¿Recuerdas?
También nosotros nos perderemos un día
quizás hablen de aquellos ¿que se querían?
Cogidos de la mano seguimos caminando
Ya no está el viejo árbol, ni el banco
tu pelo está blanco ¿y él mío?
Mi cara ya no está tersa ¿Recuerdas?
Siempre sonreía, era feliz,
soy como el primer día mientras…
tenga la suerte de verte junto a mi
todos los días, sentir como palpitas,
esas son amor mío tus caricias.


Amando hasta el final

Cierro los ojos y veo:
Un atardecer rojizo
Un roble esperando
Un banco para sentarse
Un sombrero de paja
Un abrigo que espera
Un bastón que aguarda
Una luz en la distancia
Una estrella que brilla
Una larga espera
Una melena muy blanca
Unas piernas que no llevan
Unas lágrimas que corren
Unas manos que acarician
Una larga, muy larga barba
Unos labios que musitan
Unas palabras que abrazan
Unas personas que aman
Unos dedos que se entrelazan
Se sientan en el banco, hablan.
De pronto todo se queda en blanco.


Poema dedicado a Córdoba

¡Dicen que eres morena!
¿Por ser gitana? ¿Gitana o mora?
Confundida pregunto
¿Qué sangre corre por esas… tus venas?
¡¡Yo diría que eres Sultana!!
¡¡Córdoba!! Me vuelves loca.

Dicen las gentes
¡¡Ay, señora!!
A mí, más me parece, de ojos rasgados,
                                    oscuros.
Con labios frescos, rojos,
de un rojo carmesí, de … tez blanca y fina…
¡¡Córdoba!! Me vuelves loca.

No eres gitana, ni mora,
Córdoba eres… ¡¡Sultana, y señora!!
El río Guadalquivir te besa,
sus aguas frías y puras sirven,
para dar tu baño diario.
Para besar, esa, tu piel tan fina.
También para limpiar ese bello manto,
que dicen: es, de oro y brocado.
¡¡Córdoba!! Me vuelves loca.

Candelas te alumbran en noches oscuras
colgadas en almenas para que no te deslumbren.
Solo tú, sultana, señora.
Brillas en esas noches sin luna.
¡¡Córdoba!! Me vuelves loca.

¡¡Qué gran derroche señora!!
De hijos celebres pariste,
Que echaste sobre tu arena,
imborrables nombres que…
a su tierra llevaron por bandera.
Pintores, poetas, que enamoraron
a tantas y tantas mujeres bellas.
Y, también las pintaron, por  suerte de ellas
¡¡Córdoba!! Me vuelves loca

Si yo pudiera pisar tus piedras
para siempre aquí viviera.
¡¡Córdoba!! Cantar quisiera,
llenar tú aíre de notas.
Callar al pisar la grandeza
de una Mezquita tan nuestra.
¿Cuántas y cuantas culturas
pisaron, Córdoba está tu tierra?


Lagunas, lagunares

Agua, tranquila, serena, espejo que espera,
colores que cambian al igual que las horas
que van transcurriendo para concluir el día.
Agua transformada en laguna por donde pasean
tranquilos los patos, los ánades, mirándose
mientras se peinan y arreglan sus hermosas plumas.
Agua que brota del corazón de una tierra,
tierra llana donde el sol se mece cada mañana,
donde guarda sus colores cuando se marcha.
Agua en La Mancha; verde, azul, amarilla…
todo depende de qué hora sea del día.



Silencio

Silencio..., silencio..., silencio... por favor.
Que nadie hable, que todos callen.
Que el silencio también se oye...
Y escucho con dulzura la hierba crecer.
La hierba que piso sin querer,
esa hierba verde,
fresca, que, al amanecer,
sus gotas de rocío me acarician los pies.
Silencio..., silencio..., silencio... por favor.
Que nadie hable, que todos callen.
Que el silencio también se oye...
en la quietud de ese prado,
unos vienen, otros van, mirando...
¡sí!
Mirando por doquier,
están viendo
que entre la hierba,
las flores crecen también.
Amapolas, margaritas, rosas...
Rosas rojas, blancas y amarillas.
Esas no tienen espinas,
simplemente acarician.
Son como besos,
dulces besos...
dados en las mejillas.
Silencio..., silencio..., silencio... por favor.
Que nadie hable, que todos callen,
que el silencio también se oye...
y escucho con dulzura la hierba crecer.
Esa hierba que piso sin querer.
Esa hierba verde,
fresca, que, al amanecer,
sus gotas de rocío me acarician los pies.