Poemas de Higorca Gómez


Nubes rotas

Nubes rotas en mil pedazos,
dejan caer sus lágrimas,
tristes,
sobre el pueblo dañado.

Todo da vueltas alrededor mío,
pienso en esos días plenos de sol,
de alegría,
que atrás han ido quedando.

¡Bendita lluvia,
bendita y necesaria!

Sentada tras los cristales
mientras la veo caer
vienen a mí,
recuerdos de otros tiempos.

Cuando ves el desdén de
algunas personas,
de gentes ajenas unas,
cercanas otras.

Las que se acercan
tratando de hacer daño,
¿Por qué?,
¿no pueden ser felices de otra forma?

¡Pobres almas!,
que vagan por la vida
sin dejar que esa bendita lluvia
les limpie el alma.

¡Pobres infelices!
Los que piensan
que, por tener arrugas, ya
no sirves para nada.

No se dan cuenta que cada una de ellas
es parte de sabiduría adquirida.

¡Lluvia, limpia el alma de la gente impura!
de esa forma verán más claro,
les cambiara la vida.



La flor del jazmín

Jazmín cuajado de flores blancas
te mueve el viento, 
desprendiendo aromas que embriagan.

El sol acompaña la mañana,
anunciando tranquilo,
la anhelada primavera.

Y vemos, como las desnudas ramas
se cubren 
de tiernos brotes verdes,
savia que corre,
por todas sus venas.

Mientras exhalan la dulce fragancia
de sus bellas flores blancas.  
Elegante jazmín, 
que el aire mece sus ramas.



El claustro

Me gusta el silencio del claustro.
Ese lugar de recogimiento.
Me encuentro a mí misma.
Me siento persona…
Aun estando sola.
Esa soledad en el claustro.
Mirando a través de los cristales.
Quedándome quieta
para admirar profundamente
el color majestuoso de esas…
majestuosas cristaleras.



Buceando

Buscando en lo más hondo del alma
encuentro un baúl lleno de tesoros.
Mirando al horizonte lejano.
Veo árboles que en sus ramas
empieza a despuntar la vida.
Mirando en lo profundo de tus ojos,
encuentro unas pupilas encendidas.
Miro al cielo azul impenetrable,
veo nubes que se desplazan,
que empiezan a dar vueltas.
Horizonte lejano, profundo.
Árboles que dicen estar vivos.
Pupilas transparentes,
que no guardan secretos,
diciendo, ¡te amo!
en todo momento.
y… todo me da vueltas al pensar
que nada es como yo lo veo.
Qué tengo clavado en mi interior,
esos horizontes, esos árboles,
el cielo, las nubes y el mar.
¡Ay! quién pudiera caminar,
sobre las nubes, o sobre el mar.
Colgar de una rama, los recuerdos.
Decir en voz alta, te quiero,
y… no morir jamás.
No morir para poder seguir,
mirando tus ojos clavados en mi.
Escudriñar en el baúl
para saber todos tus secretos.
Ver en las ramas sus flores crecer.
Ver esas nubes llorar…
Sentir el agua mojando mi piel.
Respirar profundo para
sacar el baúl y recordar…
grandes momentos pasados junto a ti.



Siria ¿existes?

Vuelvo de nuevo a mi tierra, miro…
veo un horizonte sombrío, vacío
y pienso ¡ya nada queda!
Un silencio profundo, unas raíces…
raíces de un árbol caído, inerte, sin vida,
yace en la tierra,
arropado por la arena que el viento,
el aire hasta él arrastra.
Miro a mi alrededor y pienso
¿qué me queda?
Siento un profundo dolor en el interior
¿será mi alma que se revela al ver
tanta muerte a mi alrededor?
Hasta el aire ha perdido el perfume
de las magnolias que había en el paseo;
no escucho voces de niños jugando al balón,
tampoco una madre llamando ¡niño ven!
¡Es la hora de comer!
¿Para qué llamar? No hay pan, ni caldo,
ni fruta que llene un plato…
¡para qué llamar! Si tampoco hay nadie
que me escuche gritar.
Miro al horizonte y veo el sol rojo que...
como si estuviese lleno de ira se esconde
¿Dónde vas?
Le pregunto alzando la mano
Al mismo sitio que tu me contestó llorando.
Siria ha muerto, la han matado.


Tristeza

Cabalgo sobre las nubes…
Los pies se hunden,
la mirada se pierde…
Se enreda entre colores del arco iris.
Miro desde arriba, y…
Veo desdén, angustia, dolor, agonía,
y, unos ojos que miran.
Hacía aquí, arriba.
Vuelvo a mirar, y…
Simplemente veo eso…
Unos enormes globos blancos,
con una mancha oscura central,
que miran, que piden
sin apenas pronunciar
¡Por Dios!¡¡un trozo de pan!!
¡Un vaso de agua, por caridad!
Solo veo vientres hinchados:
de tanta hambre,
De mucha miseria… agonía…
Que tienen a su alrededor
Sigo sobre las nubes…
Hundiendo mis pies,
enredando mi pelo entre colores
¿Qué colores son?
¡¡Ahora no veo ninguno!!
Mis ojos se han llenado de lágrimas
Y, lloro con razón.
Quisiera ser manantial,
para saciar su sed.
Llenar de agua sus cuerpos.
Porque quisiera ser pan, y…
Llenar sus estómagos de él.
¡Porque si fuese Dios…!
Les daría un maná que salvará
sus famélicos cuerpos…
Porque quisiera abrazar a esos niños,
que sintieran el calor del amor.
El calor necesario y humano
para seguir viviendo.
Bajaremos de esas nubes…
Miraremos cara a cara, el dolor
sin esconder la cabeza,
Dando siempre además de amor.
El pan, el agua necesaria
para calmar el hambre, la sed y el dolor.
Porque… ¿Existe Dios?


Lamentos de caracola

Dime caracola, estas junto a mi oído y…
escucho un lejano eco, son las olas del mar
que me traen allende suspiros,
llantos incontenidos,
de mil niños de frío ateridos.
Dime caracola
 ¿Qué más me traes hasta mi oído?
Llantos de sirena, que me van diciendo
como van muriendo también los árboles
muy lentamente ¡Ay dolor en mi pecho!
No quiero seguir oyendo cantes
de mal talante.
Quiero volar con mis alas extendidas
como esas aves que cruzan
el mar abierto
en busca de aires puros,
en pos de bosques nuevos.
¡No me hables más caracola!
No quiero oír tu llanto desconsolado
Quiero ser libre para llevar
en una cesta; pan, amor,
comida, cariño…
una bandera azul con letras blancas
con unas letras que digan: Paz, vida…
que se expanda por todo el aíre
que mis niños respiran.  


Aromas de enamorada

El aire huele azahar, a jazmín.
El sol viene y se va, juega con las nubes.
Las hojas se mueven en alocada danza.
El cielo parece llamarlas, las engaña.
Trozos azules, otros tristes, grises,
negrura que amenaza lluvia.
Luego llega la calma, tranquila, dulce
de nuevo el aire trae aromas,
aromas de un amante que no llega.
Son las ramas en alocada danza,
las que mueven esos dulces y frescos olores,
las que engañan una y mil veces,
al sol que viene, que se va
en espera de esa ansiada lluvia que no llega.
La dama sigue paseando
por entre matorrales de un jardín endiablado.


Muerte

Galopa caballo ¿no ves?
¡parece una tropa!
¡la muerte nos ronda!
Caballo alazán.

Galopa,
¡dicen que es una mujer!
¿qué roza?
¡el beso que da es mortal!
Galopa.

¡Vuela caballo alazán!
Nos tocan, nos dañan,
¿cabalgan? ¿son guadañas?
Galopa.
Los campos
¡también las montañas!
¿Nos siguen?
¿que cantan?
El himno mortal.

¡Las verdes praderas!
¡color sin igual!:
¡galopa caballo!
Caballo alazán.



El baúl de los recuerdos

Buscando en lo más hondo del alma
encuentro un baúl lleno de tesoros.
Mirando al horizonte lejano
veo árboles que en sus ramas
empieza a despuntar la vida.
Mirando en lo profundo de tus ojos,
encuentro unas pupilas encendidas.
Miro al cielo azul impenetrable,
veo nubes que se desplazan,
que empiezan a dar vueltas.
Horizonte lejano, profundo.
Árboles que dicen estar vivos.
Pupilas transparentes,
que no guardan secretos,
que dicen ¡te amo! en todo momento.
Todo me da vueltas al pensar
que nada es como yo lo veo.
Qué tengo clavado en mi interior,
esos horizontes, esos árboles,
el cielo, las nubes y el mar.
¡Ay! quién pudiera caminar,
sobre las nubes, o sobre el mar.
Colgar de una rama, los recuerdos.
Decir en voz alta, te quiero,
y… no morir jamás.
No morir para poder seguir,
mirando tus ojos clavados en mí.
Escudriñar en el baúl
para saber todos tus secretos.
           Ver en las ramas sus flores crecer.
Ver esas nubes llorar…
Sentir el agua mojando mi piel.
Respirar profundo para
sacar el baúl y recordar…
           grandes momentos pasados junto a ti.
Me siento a esperarte mientras miro
el viejo árbol ¿Recuerdas?
Aquél que nos daba sombra los
tórridos veranos, sentados nosotros
¡Tampoco existe el banco!
Todo se ha ido perdiendo ¿Recuerdas?
También nosotros nos perderemos un día
quizás hablen de aquellos ¿que se querían?
Cogidos de la mano seguimos caminando
Ya no está el viejo árbol, ni el banco
tu pelo está blanco ¿y él mío?
Mi cara ya no está tersa ¿Recuerdas?
Siempre sonreía, era feliz,
soy como el primer día mientras…
tenga la suerte de verte junto a mi
todos los días, sentir como palpitas,
esas son amor mío tus caricias.



Amando hasta el final

Cierro los ojos y veo:
Un atardecer rojizo
Un roble esperando
Un banco para sentarse
Un sombrero de paja
Un abrigo que espera
Un bastón que aguarda
Una luz en la distancia
Una estrella que brilla
Una larga espera
Una melena muy blanca
Unas piernas que no llevan
Unas lágrimas que corren
Unas manos que acarician
Una larga, muy larga barba
Unos labios que musitan
Unas palabras que abrazan
Unas personas que aman
Unos dedos que se entrelazan
Se sientan en el banco, hablan.
De pronto todo se queda en blanco.



Poema dedicado a Córdoba

¡Dicen que eres morena!
¿Por ser gitana? ¿Gitana o mora?
Confundida pregunto
¿Qué sangre corre por esas… tus venas?
¡¡Yo diría que eres Sultana!!
¡¡Córdoba!! Me vuelves loca.

Dicen las gentes
¡¡Ay, señora!!
A mí, más me parece, de ojos rasgados,
                                    oscuros.
Con labios frescos, rojos,
de un rojo carmesí, de … tez blanca y fina…
¡¡Córdoba!! Me vuelves loca.

No eres gitana, ni mora,
Córdoba eres… ¡¡Sultana, y señora!!
El río Guadalquivir te besa,
sus aguas frías y puras sirven,
para dar tu baño diario.
Para besar, esa, tu piel tan fina.
También para limpiar ese bello manto,
que dicen: es, de oro y brocado.
¡¡Córdoba!! Me vuelves loca.

Candelas te alumbran en noches oscuras
colgadas en almenas para que no te deslumbren.
Solo tú, sultana, señora.
Brillas en esas noches sin luna.
¡¡Córdoba!! Me vuelves loca.

¡¡Qué gran derroche señora!!
De hijos celebres pariste,
Que echaste sobre tu arena,
imborrables nombres que…
a su tierra llevaron por bandera.
Pintores, poetas, que enamoraron
a tantas y tantas mujeres bellas.
Y, también las pintaron, por  suerte de ellas
¡¡Córdoba!! Me vuelves loca

Si yo pudiera pisar tus piedras
para siempre aquí viviera.
¡¡Córdoba!! Cantar quisiera,
llenar tú aíre de notas.
Callar al pisar la grandeza
de una Mezquita tan nuestra.
¿Cuántas y cuantas culturas
pisaron, Córdoba está tu tierra?



Lagunas, lagunares

Agua, tranquila, serena, espejo que espera,
colores que cambian al igual que las horas
que van transcurriendo para concluir el día.
Agua transformada en laguna por donde pasean
tranquilos los patos, los ánades, mirándose
mientras se peinan y arreglan sus hermosas plumas.
Agua que brota del corazón de una tierra,
tierra llana donde el sol se mece cada mañana,
donde guarda sus colores cuando se marcha.
Agua en La Mancha; verde, azul, amarilla…
todo depende de qué hora sea del día.



Silencio

Silencio..., silencio..., silencio... por favor.
Que nadie hable, que todos callen.
Que el silencio también se oye...
Y escucho con dulzura la hierba crecer.
La hierba que piso sin querer,
esa hierba verde,
fresca, que, al amanecer,
sus gotas de rocío me acarician los pies.
Silencio..., silencio..., silencio... por favor.
Que nadie hable, que todos callen.
Que el silencio también se oye...
en la quietud de ese prado,
unos vienen, otros van, mirando...
¡sí!
Mirando por doquier,
están viendo
que entre la hierba,
las flores crecen también.
Amapolas, margaritas, rosas...
Rosas rojas, blancas y amarillas.
Esas no tienen espinas,
simplemente acarician.
Son como besos,
dulces besos...
dados en las mejillas.
Silencio..., silencio..., silencio... por favor.
Que nadie hable, que todos callen,
que el silencio también se oye...
y escucho con dulzura la hierba crecer.
Esa hierba que piso sin querer.
Esa hierba verde,
fresca, que, al amanecer,
sus gotas de rocío me acarician los pies.



En un bosque extraño

Caminaba casi descalza, las zapatillas se habían roto de tanto andar por aquel escabroso camino de piedras y lodo.

Llevaba horas sin descansar, no quería, no podía parar, debía seguir adelante aun estando agotada.

Se hubiera sentado tranquilamente en una de aquellas piedras en las que ella acostumbraba a descansar cuando salía por aquel inmenso bosque que tan bien conocía; vivía muy cerca en un caserón que había ido pasando de una generación a otra y que cada una de ellas habían ido adaptando a su propia comodidad.  

Desde muy pequeña siempre en compañía de sus hermanos y, muchas veces con sus primos que solían visitarlos cuando tenían vacaciones del colegio, recorrían aquella vorágine de caminos, de ramas entrelazadas donde se escondían un montón de “animalillos” que ella reconocía y… según parecía también ellos ya que no se asustaban al acercarse.

Con el paso del tiempo fue creciendo sin perder el hábito de pasear por aquel encantador lugar; era como bien decía, su paraíso personal, su jardín con un sinfín de plantas, de flores que en primavera bullían por salir de sus “caparazones”; al igual que la hermosa alfombra que formaban las tímidas violetas ¡daba pena pisarlas! Le gustaba recoger unas pocas formando un ramillete que le entregaba a su madre con la mayor ilusión.

Aquel domingo se había quedado sola en la casa solariega, siguió su ritual saliendo a la hora en que el sol acariciaba con sus tibios rayos; era la mejor para dar su paseo cotidiano.

Le fascinaba ver como los pajarillos empezaban a tejer sus nidos en matorrales y árboles.4

Al mismo tiempo los arbustos de hoja caduca empezaban a brotar, y cuando llegaba a la altura de los madroños, disfrutaba mirándolos, eran especiales podían tener el fruto rojo y sus flores blancas con forma de tulipa, le gustaba coger alguno y comérselo mientras seguía su camino; y los rosales silvestres, que se encontraban en un rincón protegidos florecían ¡Qué bien olían! Y más al mezclarse con el romero y el tomillo.

Era todo un placer recorrer aquellas tan rusticas avenidas ¿quién iba a pensar que aquel domingo iba a ser distinto, iba a ser un día de dolor inesperado?

Dominaba muy bien cada recodo de aquellos tortuosos caminos ¿Cómo no? ¡Si desde pequeña caminaba por ellos!

Nunca llegó a pensar que en uno se iba a encontrar con algo inesperado, doloroso y triste.

De pronto vio que en un rincón algo se movía, ¡será algún animalillo o un pájaro que se ha quedado enganchado en las ramas! se acercó para ver lo que pasaba, cuando estaba suficientemente cerca un hombre salió de aquella maraña y se abalanzo sobre ella.

Fue algo inesperado, empezó a gritar, pero era inútil nadie podía oírla estaba sola en todo aquel confín; lo único que podía hacer era defenderse con uñas y dientes, intentar soltarse y correr sin parar, no podía dirigirse a la casa, sería mucho peor.

Le arañó la cara, le dio patadas se soltó como pudo y empezó a correr, le notaba muy cerca, estaba delgada y corría, no podía parar, no debía hacerlo, no sabía que camino cogía, simplemente en su ceguera quería apartarse del lugar, debía encontrar ayuda, alguien que pudiera salvarla de aquel hombre que parecía una alimaña.

En su loca carrera no se dio cuenta que cada vez se alejaba más de la casona, se estaba perdiendo, ya no le quedaba ni esperanza, volvía la cabeza de vez en cuando y le parecía oler aquel aliento que la había asustado y seguía su marcha, no tenía fuerzas ni para gritar.

De pronto se encontró frente a un río, se paró mirando a su alrededor, con la respiración jadeante y los ojos considerablemente abiertos ¿de quién tenía miedo?  No le dio tiempo ni a ver bien su cara. Pero si pudo notar un pestilente olor que le salía de la boca no podía parar, debía cruzarlo eso sería su salvación.

No lo pensó y se dispuso a atravesar aquel camino de agua turbulenta; le pareció que no era muy hondo y siguió adelante.

Cuando iba por el centro noto que sus pies perdían el equilibrio, se asustó cayendo y dejando su cuerpo aletargado, sin fuerzas el agua la arrastraba río abajo.

¿Hasta dónde llegaría? No recordaba haber rastreado nunca aquel camino y menos el río, ahora no podía pararse a pensar tenía que salvarse ¿qué hora sería, se darían cuenta sus padres que no había llegado todavía? ¿Cómo la encontrarían?

Algo la paró, estaba exhausta, se aferró con fuerza aún sin saber que era. Casi se puso de pie, fijándose más pudo darse cuenta de que una pequeña barca estaba varada, al revés, no atinaba a pensar, de pronto se encontró fuertemente agarrada a ella.

Le fallaban las fuerzas, no sabía dónde estaba, intento subirse, si pudiera darle la vuelta.

Abrió un poco los ojos, temblaba y estaba bañada en sudor, su madre estaba a su lado; fue entonces que se dio cuenta de que estaba la luz encendida, de un salto se sentó en la cama buscando afanosamente las zapatillas que recordaba llevaba puestas, su madre la contemplaba perpleja, pero sin decir nada esperando a que despertase bien; por fin lo hizo y abrazándose con fuerza rompió a llorar.

Todo había sido una tremenda pesadilla. Había gritado y su madre se levantó asustada para saber que estaba pasando; así terminaba una larga noche perdida en un extraño bosque que ella siempre aseguraba conocer muy bien.

Dicen que los sueños están en nuestros subconscientes y las más de las veces nos desbordan llevándonos a un fuerte caos. Eso mismo le paso a nuestra protagonista, era el soto de un lugar conocido, pero del que nunca nos podemos llegar a confiar.