El cobarde


Poema de Antonio Carmona

Huyen
los ríos del rugido de la montaña. Yo también,
maltratando a los mapas. Busco
brisa para las velas, ritmo para los remos,
espadas cruzándose en películas mudas y silencio,  
que lo que no es silencio hiere. Miro 
las ventanas encendidas en Manhattan
y el último recuerdo de los ciegos, el fuego.
Miro máscaras. Aprendo 
a ser menos y en ello estaba, 
cuando escuché un balido y balé
para el desconcierto de los lobos. Era el momento,
y firmé mi rendición condicionada.
«Y me llamas cobarde y no lo niego,
desertor y no lo niego». Le dije:
«Cuando me llamas cobarde y me envalentono,
y mantengo que sólo hay una Tierra y un solo hombre,
combato con la palabra el filo de la ignorancia».

Le dije:
«Cuando me señalas y gritas
que deserté porque no soporto
pisar charcos de sangre, aciertas.
Cuando me llamas cobarde, aciertas».
(A qué mentir
si mi rostro tenía el temblor de un terremoto).
Le dije que sí.
Que me había hecho poeta para confesarme,
para no tener intermediarios,
porque el último trayecto
hay que recorrerlo sin compañía.
Le dije
que Gamoneda lo escribe y acierta,
desde muy hondo:
«mi manera de amarte es sencilla:
te aprieto a mí
como si hubiera un poco de justicia en mi corazón...»

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