Poemas de Rafael Pérez


Máscaras

Me miré al espejo y lo vi,
y a otros mil, sin nombre, mudos,
como arañas implacables
persiguiendo mi mirada
con su seda gris.
Hay días que soy otro,
y a veces, otros mil disfrazados de mí.
Y me da miedo sr tantos
para tantas veces morir.


Extravagancia

Guardo aquel verso antiguo que saluda
la honda locura  de un fe sin cielo.
Guardo  la palabra que quedó muda,
congelada en un silencio de hielo

y  ahora  reclama de mi voz consuelo,
un soplo de vida, cálida ayuda
que libere su primitivo anhelo,
su ofrenda  viva de libertad desnuda.

Guardo la palabra como un diamante
de luz y ritmo para un poema nuevo,
cuando da igual perderse en el camino,
cuando, ya cansado, mi alma renuevo
y alimento el deseo extravagante
de vivir libre, sin  ningún destino.


Mientras respiro

Así es la vida: una línea curva
con cambio de dirección permanente,
un dúo paralelo de amor-dolor
y, a veces, una duda indecente.
Así es la vida: física pura,
curva de días, arpegio del tiempo,
agua, sal y fatiga,
huella del veneno que las horas
prestan para el camino.
Así es la vida: vaivén continuo
distancia sin piedad entre cualquier dios
y su experimento.
Por eso, al andar, tengo miedo,
y grito, y no oigo mi eco
sino un murmullo negro de viento malherido
que me arrastra  por el suelo
a quien sabe  que montón de olvidos.


Ausencia...
(In memoriam de mi hijo Carlos)

Ausencia de ti, soledad continua,
Desterrada tu luz y todo deseo,
Presentido el acero que se hundía
En la carne viva de tu cuerpo
¡Donde  los días que te faltaron!,
Cuando el sol era un racimo de sueños
Y temías perderlos en ese río
Que funde su plata en la mar amarga.
Tu ausencia  es un grito en mi alma
Y un frío distinto arranca mis lágrimas.
Ausencia de ti, soledad continua,
Tus ojos cerrados buscan  espacios
Miran infinitos en la noche larga.


Queridas quimeras

Quiero tachar atardeceres grises,
rutina de días en blanco y negro.
Rasgar las entrañas de la costumbre,
volar al aire abierto de colores
de un arco iris urdido en misterio.
Quiero escuchar los rumores del viento,
y los Blues lejanos que lleva dentro.
Quiero alcanzar la ribera del tiempo
y robar el fugaz rayo de luna,
-mujer de blanco que buscaba el poeta-
Quiero ¡ya!, que resuciten los muertos
conocer el corazón de los hombres
vivir sin miedo, vivir para siempre
en el santuario antiguo de mi cuerpo.



Una tarde de verano

En mi patio vive una vieja higuera
que da sombra al calor delirante
de las sedientas tardes de verano.
Una fuente de mármol, en el centro,
me mira y pone sordina al agua.
De lejos, el rasgar de una guitarra.
Silencio de sol y sombra en mi patio,
la hamaca dispuesta, el mundo… distante.
Zumba la abeja, se aletarga el día
el tiempo pierde paso, y un gorrión bebe
fugazmente en  la fuente de mi patio.
El día, cansado de horas escapa,
acaba la siesta, la Luna encuentra
su hatajo, y una compasiva brisa
trae en su vuelo, olor a espliego del campo.



Atardecer en el Parque Grande

Cuando llegué, los vi: ciegos y lejanos,
en otra dimensión, sin reglas.
Se besaban como dos locos en un festín de placer,
en la avalancha descarada de un deseo
que incendiaba la tarde en el Parque  Grande.
A su alrededor, la vida era solo un paisaje:
una hilera de ocas entraba en la acequia
y trazaba caprichosas curvas en el agua.
Arriba, entre ramajes, un pájaro invisible
ensayaba acordes en pentagrama de aire.
Y aquella pareja, extramuros del tiempo,
cuando ya me iba,
seguía escribiendo versos con la luz de sus labios,
sin tregua, prorrogando la tarde
con su beso interminable.


Tu sonrisa, tu mirada

Tu sonrisa es silencio que acompaña,
que brinda por la vida.
Tu sonrisa es esperanza curva
en fresa de tus labios, fragancia para mi alma.
Y tu toda, en tu honda ternura anclada,
eres amor, sonrisa,
presencia y latido en mis noches largas.

Tu mirada es un vivero de azules,
saeta al viento que abre las venas de los sentidos,
un producto de perfecto acabado
hecho en iris de fuego.
Tu mirada lleva insinuada la luz,
la distancia que delata, que da forma al deseo
y desgarra la intemperie del tiempo.
Tu mirada es aroma de aquella rosa
que un marchoso airecillo, con un beso,
luego…siempre... la roza.