Ramoncillo y Remedios

Relato corto de Rafael Pérez

Las  sombras ganan terreno a la tarde y un fuerte olor a jazmines  viene de la colina que hay frente a mi casa. Hace días llegó el verano y cada noche regala una pausa de reposo a la gente de mi barrio, que cobra vida, cuando después de la cena  bajan a la calle con sus sillas y la ilusión puesta en la brisa que, a rachas, viene del mar. Se forma el corrillo, comienza la tertulia, el botijo de agua pasa de mano en mano, algunos cuentan su vida  y las abuelas en su rincón susurran tristezas. Esta noche me trae el recuerdo de aquellas otras, ya lejanas, en las que viví personalmente una humilde  pero  dramática historia con gran contenido humano  y que tuvo por protagonistas a Ramoncillo y Remedios.

Todo empezó cuando Ramoncillo llegó corriendo, muy asustado, a un grupo de vecinos que tomábamos el fresco y dijo con palabras entrecortadas:

-Acabo de ver un fantasma alrededor de la Iglesia, andando en silencio, y despidiendo fuego por sus ojos-

Algunos le miraron con sorpresa, otros continuaron  su duérmela, y alguien murmuró en voz baja:

-Debe estar bebido-

Casi nadie creyó en sus palabras, aunque en lo más profundo de sus conciencias quedó latente una llamada de alerta, un firme sentimiento de misterio, de mal augurio, de miedo. Más de uno durmió mal  aquella noche.
Hay que decir que Ramoncillo era un chico con una malformación en la cabeza, algo aficionado a la bebida, y su aspecto físico estaba al otro lado de la belleza. Tenía frecuentes ataques epilépticos  y desde hacía años andaba mendigando por el barrio, además de perseguido por algunos zagales que se divertían riéndose de él y tirándole piedras. Con frecuencia se le veía sentado en una esquina al lado de Remedios, vagabunda de edad indefinida, carniseca, siempre a la espera de cualquier comida que llevarse a la boca.

Compartían forma de vida en buena convivencia, aunque eran invisibles al resto, y sabían que su camino,  a esas alturas, era solo de vuelta. Pocos días después el fantasma fue visto de nuevo, por Juanico “el  Cañas”, (vendía caña de azúcar), visión que le originó un susto del que tuvo que recuperarse en Urgencias.

El miedo se apoderó del barrio de tal forma que a medianoche el silencio y la soledad dominaban las calles y placetas, las luces se apagaban y las casas cerraban muy temprano  sus puertas y ventanas. Algunas familias se fueron a otros sitios de la ciudad y se ofrecieron velas al Señor de los Favores;  en las casas menudearon las “mariposas de aceite”, luminarias temblorosas en el humilde recinto de un tazón que,  junto a los rezos, querían atemperar a las ánimas benditas. Ramoncillo pronto supo que Remedios también  se iba del barrio:

 -Para mí no hay más esquinas,  me voy-

Y Ramoncillo, mirándola  entristecido,  solo contestó:-Te marchas de mi lado, creo que no te importo nada-.

– Sí me importas, no te olvidaré. Algún día volveré a por ti con mucho dinero-, y aligerando el paso no pudo oír el:

–Eres mi única  amiga

que Ramoncillo lanzó al aire. Las autoridades de la ciudad no dieron la menor importancia al suceso, pero ésta pasividad no tranquilizó a nadie  y se creó una especie de comité para resolver el problema; lo formaron Don Pedro el cura, Serafín dueño de la fábrica de chocolate, y Don Blas, médico retirado. En una reunión de éste comité con los vecinos se acordó organizar vigilancia nocturna para localizar al fantasma si aparecía de nuevo. El tío Lucas, carnicero, se opuso a éste acuerdo por considerar que todo era una chiquillada sin trascendencia y que lo mejor era quedarse en casa sin preocuparse de nada más; no prosperó la enmienda porque la mayoría quería resolver ese misterio que traía soliviantado al vecindario.

Aquella misma noche localizaron al fantasma cerca de la Iglesia. Las alarmas se dispararon y un grupo numeroso de personas pudo verlo, guardando las distancias que el miedo y la curiosidad requerían. Tras unos instantes de titubeo, aquella figura blanca emitió un imperceptible siseo y repentinamente se iluminaron sus ojos con una luz que despedía chispas de fuego. Su imagen  resplandeció con mil reflejos.

Pocos segundos después el fantasma empezó a arder.

El pánico cundió entre los vecinos, algunos huyeron despavoridos y otros permanecieron clavados al suelo sin capacidad de reacción, viendo como aquel espectro se cubría de llamas y lanzaba terribles gritos de inmenso dolor.  Solamente  Ramoncillo reconoció aquella voz, ese alarido trepidante de angustia, de terror, y sin pensarlo se lanzó sobre el fantasma, que para entonces era una antorcha viva. Lo abrazó,  intentando apagar el fuego que consumía aquel cuerpo tan querido. Finalmente un profundo silencio rodeo al numeroso grupo de vecinos que, poco a poco se acercaron a Ramoncillo. Todos vieron horrorizados al fantasma, que no era otro sino  Remedios, con quemaduras por todo el cuerpo, así como restos a medio quemar de dos bengalas  y de una túnica blanca con lentejuelas de todos los colores. Don Blas, el médico, se hiso cargo de los primeros cuidados y se fue con ella en la ambulancia. Don Pedro esbozó una bendición y una oración que nadie siguió. Pude sentir la soledad violenta de Ramoncillo, su abandono, anhelando quizás ser sombra  y en las sombras encontrar a Remedios, su única compañera, para soñar juntos, dar la vida por olvidada y sentir la nada al mismo tiempo. Tuvo fuerzas para decir:

-Llorad si podéis, pero vuestras lágrimas no quitarán mi dolor-

Esa misma noche supimos que la policía había detenido al tío Lucas, el carnicero, por posesión y venta de carne ilegal, sin control veterinario. En su declaración confesó que había pagado a Remedios para que actuara como fantasma con el objeto de amedrentar a los vecinos e impedir que hubiera testigos innecesarios en las calles mientras se hacía el traslado de la carne,  del almacén a la carnicería.

Las últimas sombras de aquella noche se iban deshilachando lentamente cuando los vecinos, recogiendo pena y algo de vergüenza, se dispersaron en silencio. Una luz tenue empezaba a pintar de nuevo el paisaje antiguo de mi barrio. Volviendo a mi casa respiré el aire  puro de la mañana, pude oír el trino fugaz de las golondrinas  y el murmullo de la brisa primera, ese airecillo fresco que llega con la amanecida.

Remedios murió una semana después de estos sucesos. Ramoncillo curó las quemaduras de sus manos y cara y no volvió a verse por el barrio. Murió tiempo después en un centro de rehabilitación de alcohólicos. Días antes de morir me contó que por las noches, desde la ventana de su habitación, veía un fantasma en el acantilado, resplandeciente en su maravilloso blancor, que le  sonreía con  sus inmensos ojos de fuego antes de desaparecer mar adentro. Han pasado muchos años y algunos ancianos  cuando se les pregunta por Ramoncillo y Remedios dicen, muy serios, que viven en la esquina de un barrio del firmamento.

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