El niño y el mendigo

Relato de Hasbia Mohamed

Anda por el asfalto de las grandes ciudades. Camina sin descanso, con el peso del saco de la vida en su espalda hasta la contractura. Bajo su espeso bigote, un cigarrillo tiñe de nicotina el vello de su nariz. Su mirada, descuida los escaparates, vehículos aparcados, y toda rata de cloaca. Una gorra de lana, cubre su cabeza rapada. Viste pantalón marrón, camisa ocre y chaqueta a cuadros. Viejas ropas no rotas, pero si arrugadas. 

En uno de sus paseos por la calle Murcia esquina con la avenida Carvajal, ve a un niño llorando que llama su atención. Mira de un lado a otro, por encima de su hombro dislocado y con el sonido casi descalzo de sus viejas botas, se acerca despacio. Callado y pensativo, contempla lágrimas empuñadas, mocos que recorren buscando su camino, manos que a modo de pañuelo limpia unas mejillas sonrosadas. Desde la ventana de un gran edificio de personas pudientes, una vieja embadurnada de maquillaje los vigila. Un gato se refugia debajo de un coche ante la amenaza de un perro que pasea con su amo. Tres hojas de un chopo que adorna la calle, se balancean al compás del aire fresco que, parece querer caer sobre la cabeza del niño. El viejo dio dos pasos adelante y con un desgastado periódico luchó contra ellas. Apenas ve. Por un instante, sintió que el niño corría peligro. Con su mano derecha donde se instalan desde hace tres años las quemaduras mal curadas de una hoguera, levanta la barbilla del niño, le mira a los ojos, y en ellos se refleja la vieja de la ventana. Seca sus lágrimas, y con voz ronca y espaciada, le pregunta.

¬Dime niño, ¿por qué lloras?                                                                       

El niño levanta el brazo y de una alzada retira las manos del viejo. Este, ante la actitud de la respuesta obtenida, le pregunta de nuevo.

¬ No temas, niño, no te voy a hacer daño, sólo quiero ayudarte. ¿Puedes decirme por qué lloras tan desconsolado que me estás rompiendo el corazón?

¬ ¡Perdón señor! no quiero romper el corazón de nadie, ya es bastante con el mío. Busco a mi padre que un día salió de casa y no volvió.

¬ ¿ Y cómo se llama tu padre? tal vez, le conozca y te pueda ayudar.

¬ Mi madre dice que se llama Dris Hammú.

¬ ¿Dris Hammú?

¬ Si, señor. Dris Hammú. Mi madre y yo vivimos en Bélgica. Un día, le pedí a Dios que si me llevaba donde está mi padre, no le abandonaría jamás. Y hace unas semanas que llegamos de vacaciones. Mi madre dice que mis abuelos viven cerca de aquí y mi padre vive con ellos, pero… No sabe dónde. Es la primera vez que venimos.

¬ y... ¿sabes cómo se llaman tus abuelos?

¬ No, pero conservo unas fotos de ellos que dejó mi padre, y los llevo siempre conmigo. Algún día, cuando encuentre a mi padre, los conoceré. Y entonces, les daré tantos abrazos cómo años tengo. Pero cada abrazo será de cada uno de los días que no pasé con ellos. 

El viejo, quedó asombrado de aquellas palabras. Comenzó a temblarle piernas y manos. El cigarrillo resbalaba de su boca. Medias babas caían, y medias quedaban anudadas en su garganta. Mientras, el niño sacaba del bolsillo de su pantalón las fotografías, y con la respiración entrecortada por sus lloros, le dice:

¬¡ Mire, mire señor!, estos son mis abuelos, ¿los conoce usted?.

El, con el dedo índice y corazón manchados y quemados de nicotina, cogió las fotografías, las miró de lejos, se las acercó para verlas mejor, y de sus ojos, un fino cristal vertía quedando atrapado entre sus pestañas. Miró al niño, y seguidamente, su mirada escapa del momento. Los recuerdos agolpan en su mente. Golpes tras golpes, señala un pasado muy lejano. Un armario lleno de trajes, aparatos audiovisuales, cámaras, fotografías, películas en blanco y negro, una caja y lapsus en su mente. También recuerda, aquellas rejas, un cable en su cabeza, balizas de líneas rojas y blancas seguidas de un camino embarrado. En silencio recordaba aquel hombre que hoy no es. El niño pasó una mano por sus cabellos, abrochó el primer botón de su abrigo, y con el puño de éste, limpió sus zapatos esperando que le devolviera las fotografías y le respondiera. En vista de que no respondía, decide quitarle las fotografías de sus manos, y muy enfadado, se aleja corriendo. El viejo reacciona llamándolo.

¬ ¡Espera, espera, pequeño!

Pero, no consigue que le escuchara y comenzó a seguirle los pasos. Llegó hasta el lujoso hotel Russaid, entró y tropezó con una señora rubia de elegante traje y sombrero de medio velo y que abrazaba a un niño. El, quitándose la gorra de lana, le pide disculpas.

¬¡Disculpe mi torpeza señora! -¿le hice daño?

La señora, levantó el velo de su sombrero, le miró atolondrada. Limpió las lágrimas y mocos de su hijo con firmeza, y se volvió de nuevo. Sus labios rosados deja ver sus blancos y bien cuidados dientes que, sorprendida al ver aquel hombre, quedaron abiertos sin mediar palabras. No podía creer lo que veía. Un viejo haraposo, pero limpio. Abrazó al viejo y éste le correspondió. Entonces, él viejo entendió aquello que no podía creer cuando veía las fotografías de sus padres ya fallecidos. Dris Hammú recuperó la vida perdida que, por la aduana de algún país, con descargas eléctricas en la cabeza quisieron borrar.

2º Premio del X Certamen Literario Ateneo Blasco Ibañez 2019.

Hasbia Mohamed es vocal honoraria de la Unión Nacional de Escritores de España.

Leer otros poemas y relatos de Hasbia Mohamed pinchando aquí.