Poemas de Norma González Peralta


“Ahora tenemos un calor magnífico e intenso y no corre nada de viento, es lo adecuado para mí. Un sol, una luz que, a falta de un calificativo mejor, sólo puedo definir con amarillo, un pálido amarillo azufre, un amarillo limón pálido. ¡Qué hermoso es el amarillo!

Vicent Van Gogh, Carta a Theo Nº 522.      

Natura morta en un instante de luz  

El atelier del pintor abre la ventana al mundo.
La quietud reseca del aire es testigo del momento.
El amarillo de cromo de las flores de Van Gogh
se hace magia en el tono pardo verdoso
de los tallos en el florero azul mediterráneo.

La luz intensa de un cielo apenas acariciado de nubes
abraza de fríos el amarillo, el naranja, los encuadra.
El mundo interior del pintor explosiona en estallidos
y se contiene en la tranquilizante sabiduría del azul.

¿Dónde estarán las manos tibias que cortaron los girasoles?
¿De qué campos aztecas vinieron sus semillas?
¿De qué llanos, de qué mesetas, de qué montañas?
¿Acaso aún vive en ellos Clítia, hecha flor por Apolo?
¿Dónde caerán sus óleos, las dos mil flores de su corona, 
las hormonas que dan un giro a sus capítulos?

Sólo sé que tus manos trajeron
 tres girasoles hace unos días.

Ya maduraron mirando al sol,
 estaqueadas en sus tallos sin abrigo,
marchitándose en esperas de simples flores,
agachando la cabeza para olvidar la vida,
 encerradas en la embriaguez de su propio ombligo.

Sólo sé que tus manos trajeron
 tres girasoles hace unos días.

Y sé, que hasta el próximo verano no volverán,
los estallidos amarillos.

Ekphrasis, 2018, inspirada en el cuadro Natura morta del pintor italiano contemporáneo, Nicola Migliore.



Mitología pasionaria

Te espío desde lo alto y veo
como el río te abraza
en sulfuros que suben
y siento, el manantial caliente
que bulle en silencio,
por las barrancas milenarias de tu espacio.

Las vidas te atraviesan en traqueteo armonioso
de pasos lentos, descalzos,
de historias de barro.

¿Quién abrió el corazón guaraní
de tu sangre salvaje,
de cruz de soles en tus selvas bravas?

El túnel del tiempo intenta acortar la frontera
entre tus orillas de sueños.

La vista se pierde en la tarde,
en el letargo de los gorriones
que desperezan las ramas.
Y de pronto, en el sopor que abrasa la siesta,
Venus prepara el baño de Marte.

El músculo se relaja
en la temperatura del agua.
Los dedos tocan cuerdas de guitarras
que resbalan por los muslos esclavos
del guerrero más bravo.

Envuelta en el vaho de su vestido transparente y blanco,
más cándida y dulce que el agua
veo a la diosa en un fondo de ceibos
en la tarde tumbada,
sumida en los pliegues de sus telas,
cayendo blandamente por los senos redondos de zumos
que chorrean por los rizos mojados.

Sus ojos de azúcar bosquejan una sonrisa y vigilan
el torso desnudo de Marte, sin armadura,
sobre su capa roja,
y tapa,
con un lienzo de libélulas
su corazón bélico,
su violencia, sus ansias.

Los faunos danzan y juegan con armas, con yelmos,
en un triángulo invertido
cerrado por sus lanzas.

Marte pasivo duerme y se transporta
en no sé qué sueño de hadas.
Venus ya ha desatado su broche de perlas
y en la tabla escribe con agua los grados del amor:
Frigidarium, Tepidarium, Caldarium y retrata,
la historia del Paraná
y sus barrancas.                                                     

Visiones, 2017.


Interno con rose

El espacio de la estancia marcaba
las horas, los minutos, los miedos,
las alegrías, las sombras,
la sencillez de los días,
el amor, la nostalgia, la candidez
que se deshoja como pétalos de rosas
en un altar de esperanza.

La cortina verde hacia un costado
se plegaba y descubría, tímida,
la luz tenue del comedor
donde la vida se gozaba.

Las rosas recién cortadas mareaban
la transparencia del florero y recordaban
el trino del rosal
que los pájaros habitaban.

Sus pétalos frescos explotaban esencias
de armonías en aquellas manos que,
sigilosas y diligentes, adornaban
el correr de los días, el trajinar de la casa,
el vapor de la sopa caliente
humeando en el plato.

Eran solo pétalos
que plancharon el mantel blanco
de puntillas bordadas,
que almidonaron las servilletas de lino
marcadas de labios de niños ahora gigantes,
que atestiguaron el choque de cubiertos
tintineando en la vajilla blanca,
que probaron el rojo del chianti
diluyéndose en el cristal de las copas
un fin de año,
que repartieron el pan en la mesa 
en partes iguales,
que hilvanaron la ternura
de las palabras, de las leyendas, los cuentos de hadas,
felices de velar con un traje de gracia
el murmullo de arrullos envueltos
en instantes.

Siempre bastará un perfume de rosas, madre,
aunque pasen los años
para devolverme tu esencia sin tiempo
y llenar de efímeros nostálgicos mi alma.

Ekphrasis, 2018.
Premio AlCAP de Poesía, Castellón, primavera 2018.


Embrujo del agua

El río se alisa en la cuenca baja,
boca arriba, estirado al sol,
deshilachando la luz
en prismas esmeraldas,
azules, topacios y malvas,
terciopelos del cielo
que al agua bajan.

El mundo se refleja
en el templo líquido y cavernario,
en las formas filosas, geométricas,
curvas y largas,
cuando me inclino 
en el puente
y estiro los brazos
y cae mi propia sombra
redonda, embriagada
y se hunde en espejos
de millones de gotas,
selladas en átomos de abrazos.

Ni la frontera que marca el retorno
a las constantes vitales,
a la esperanza, al ultimátum,
niegan este momento sin habla.

Es mío.

La luz desnuda mis alas 
como si leyera mi propio cuerpo
y creara el lenguaje.
La palabra precisa viene a la boca y nombra
lo que veo, toco, siento y huelo
y toda hecha un suspiro,
renazco.

(Visiones, 2017)         


Es Navidad

Es Navidad.
Voy corriendo a descorrer
la cortina de los sueños
hecha polvo en la ventana,
por si el cielo derrama su alegría
sobre los ángeles perdidos de los hombres
que ya no viven ni en nobleza ni esperanza.
Voy corriendo a descolgar
la injusticia de las calles
que no quede un solo niño
sin establo ni regazo donde
acunar sus sueños de duendes,
sin inocencia hecha pedazos,
sin estrella de Belén,
sin guía, sin rumbo, sin espacio.
Voy corriendo con mi alma pequeña
flotando en la mano abierta,
con ojos de asombro en la virginidad,
con la gracia de lo que renace cierto
entre lo sublime e inefable.
Voy corriendo a encender
las estrellas en el campo,
esas farolas de la huerta
que surgen glamurosas en la tarde
para que se quede prendida
tu plegaria de niño recién parido,
tu canto de protesta,
de grillo cansado
de durezas de escombros
que parten el brazo y seas
la voz que clama justicia
en la dignidad del trabajo,
en el reparto de panes,
en los ojos mendigos de bocado.
Que la noche iluminada de besos
sea el hambre que llene de ternura
los abrazos.

Es Navidad
en mi alma.
Ya no voy corriendo a ninguna parte.