Poemas de José Antonio Fernández


A veces

A veces creo no tener edad ya para escribir versos.
Que a través de las rimas -lo confieso- hay veces que me pierdo:
bien empeñándome en que Dios sea o no cierto;
bien buscándome en ese tú donde tantos días ni yo mismo  siquiera ahí permanezco;
bien rebelándome contra ese silencio que tanto detesto;
bien riéndole las gracias no sé cual niño muerto.
Lo confieso, es cierto. Siento vergüenza -ahora que lo pienso-
de mí mismo, y sí, confirmo que no tengo edad
ya para jugar con las rimas.

Y es que vivir no perdona.
Sin ir más lejos anoche volví a darme de bruces con un mendigo.
Pero a diferencia de entonces, en esta ocasión no tuve sueño.
Como entonces, se despertó el susodicho, confuso,
pero en lugar de sonreírme sin nadie dentro,
se me abalanzó para clavarme un tremendo insulto en la mandíbula.
Paradójicamente,  y creyéndome más débil que él,
me disculpé sonrisa en boca
y me perdí corriendo hasta la taberna más cercana.
Después de varias horas,
cuando creí tener la cabeza
lo suficientemente entumecida,
me despedí de los presentes
y con tanto disimulo que casi me engaño a mí mismo;
a renglón seguido me refugié en una hoja de papel
hasta afilar toda astilla posible con la que arañarme el alma.
Creyéndome más desdichado que nadie,
con más ecos de dolor que nadie revotándome en las venas que cualquier semejante,
sonreí satisfecho, poema al ristre...Hasta este amanecer,
que caí en la cuenta de que no había nadie dentro,
ni mendigo ni dios a la intemperie.

Y porque vivir no perdona,
creo ya inútil escribir endecasílabos
o encerrar lo evidente -aunque duela al más cursi- en conceptos
de parcial significado, siendo como creo serlo,
un poeta de tantos, con solapa y bombín inadecuados.

(Y es que digo: ¿para qué hacer música de los miedos?
¿Para qué engendrar un silencio dolorosísimo
e impalpable, tan profundo, que nadie conoce
-ni yo mismo-¿
¿Qué sentido tiene
tratar de hallar lo desconocido a través de un verso?)
Y porque me sé miserable,
o callo o me sincero, que va siendo hora de saber
que un poema en nada se asemeja a una cruz -sirva o no
para redimir por ejemplo al desprecio-;
he de saber de una vez por todas -que ya voy teniendo edad-
que de nada sirve deletrear un soneto:
porque sabed -y así me entero-
que hay hambre en la calle;
que de sed, muertos;
que no sonríen los mendigos en arte menor
por ejemplo.
Sepamos por vergüenza
que si sobran elegías de bella rima y confusas metáforas,
en el fondo,
nuestro alrededor está sembrado de rastrojos,
de tanto sueño como nos acecha.

Y no es una amenaza.


Carta a mi hermano

Aunque he sido ciego
-y según me han dicho
probablemente seguiré siéndolo-,
he decidido enviarte mis manos.
No le digas a nadie,
ni a ti mismo,
que están cortadas de raíz:
cuenta la intención.
No olvides dejarlas correr libremente
entre tus ropas
como hilos teñidos de seda
que no procuran otra cosa
que descubrir agujeros al uso
o remiendos a medio desprender
que ayer, míos, desenterraste.
O quizá zurcir los rotos.

Tal vez esté ciego,
y manco,
y cojo.
Pero es mejor de ese modo:
no tener
cuando no he sido
antes de volverme polvo.

Aunque sea ciego,
no me culpes:
sólo soy uno de todos.
Permíteme que ablande tu almohada
antes de irme lejos
para que sueñes conmigo.

Despídeme de mí mismo.
Pero no me abraces.
Enciende mejor tus ojos
y dame aquel guante blanco colgado en la pared
-mira dónde señalo-
Dime ahora adiós con mis propias manos
pero sin apartar los ojos:
es fácil perderse siendo nadie.
Cuando esté lejos puedes quedártelas
como tuyas.
También los ojos y los pies.
Donde voy no necesito nada.
Ahora dime hasta nunca.
                                                 Tu hermano


Pero el mar

¿A qué hundir los pies en ese horizonte
inhóspito o mar estéril de arena?
¿A qué extenderse frente
a mis ojos
como un espíritu que se diluye
para acabar proyectándose luego
a ras del cielo, así,
como contemplativo?
¿O qué fue de aquellas dunas de arena
floreciendo en el suelo
como rosas de duda
o deslizándose minuciosamente
hacia la noche pura?
¿O qué de aquella luna
implacable
saboteando de azul las aceras?

Pero el mar.

Mar como rescoldo de luz o estatuas
de sal sacudiéndose de las olas:
desde le seno profundo
a la superficie: como promesa
gravitando desde el hueso del dátil.
Como oasis circundando el planeta
con hambre es cada esquina.

Pero el mar.

El mar rendido al hombre
como serpiente piadosa que tiende
pan al hambriento desde
el eco de una palmera invertida.

Pero el mar.

El mar sin más.