Poemas de José Antonio Fernández

Carta a mi hermano

Aunque he sido ciego
-y según me han dicho
probablemente seguiré siéndolo-,
he decidido enviarte mis manos.
No le digas a nadie,
ni a ti mismo,
que están cortadas de raíz:
cuenta la intención.
No olvides dejarlas correr libremente
entre tus ropas
como hilos teñidos de seda
que no procuran otra cosa
que descubrir agujeros al uso
o remiendos a medio desprender
que ayer, míos, desenterraste.
O quizá zurcir los rotos.

Tal vez esté ciego,
y manco,
y cojo.
Pero es mejor de ese modo:
no tener
cuando no he sido
antes de volverme polvo.

Aunque sea ciego,
no me culpes:
sólo soy uno de todos.
Permíteme que ablande tu almohada
antes de irme lejos
para que sueñes conmigo.

Despídeme de mí mismo.
Pero no me abraces.
Enciende mejor tus ojos
y dame aquel guante blanco colgado en la pared
-mira dónde señalo-
Dime ahora adiós con mis propias manos
pero sin apartar los ojos:
es fácil perderse siendo nadie.
Cuando esté lejos puedes quedártelas
como tuyas.
También los ojos y los pies.
Donde voy no necesito nada.
Ahora dime hasta nunca.
                                                 Tu hermano


Pero el mar

¿A qué hundir los pies en ese horizonte
inhóspito o mar estéril de arena?
¿A qué extenderse frente
a mis ojos
como un espíritu que se diluye
para acabar proyectándose luego
a ras del cielo, así,
como contemplativo?
¿O qué fue de aquellas dunas de arena
floreciendo en el suelo
como rosas de duda
o deslizándose minuciosamente
hacia la noche pura?
¿O qué de aquella luna
implacable
saboteando de azul las aceras?

Pero el mar.

Mar como rescoldo de luz o estatuas
de sal sacudiéndose de las olas:
desde le seno profundo
a la superficie: como promesa
gravitando desde el hueso del dátil.
Como oasis circundando el planeta
con hambre es cada esquina.

Pero el mar.

El mar rendido al hombre
como serpiente piadosa que tiende
pan al hambriento desde
el eco de una palmera invertida.

Pero el mar.

El mar sin más.