Poemas y relatos cortos de Matteo Barbato

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Aún te pienso

con el rostro de siempre

JOSÉ ÁNGEL VALENTE

 

El pasado revive en sus calles,

mi avance se pierde en su memoria:

un camino de imágenes

revolotea por las avenidas de mi mente.

 

Mis dedos hurgan en las estrías del tiempo,

se abren paso a través de los muros

de una casa de antaño

—confundo estoicamente lo que soy

con el ruido fantasmal de los recuerdos—.

 

Mi abuela, ama de casa,

me espera con la comida enmohecida;

mi abuelo, marinero,

sigue evocando las travesías de su barco fantasma;

mis amigos, de visita,

me reciben alegres

pese a la distancia de nuestras biografías;

mis padres atesoran la infancia del tiempo en la mirada.

 

Contemplo la expresión ensimismada del pasado…

Soy el turista de un pretérito imperfecto:

su lluvia finísima

regresa sin tocarme,

su caricia se aleja

sin marcharse.

 

La humedad del puerto transpira en la piel

y el paseo marítimo me carcome

con su barniz color melancolía.

 

Vuelvo a mi ciudad natal:

llevo mi tierra a cuestas

—sigo añorando el mar—,

soy sarcófago de su alma oxidada,

cuerpo ausente entre vosotros.


Recuerdos de arena y sal

Recuerdo estar frente al mar

entre el son de las olas

y el vaivén de la conciencia,

en un territorio sin fronteras

hablando con su melodía sin verbo,

oyendo resonancias que sobreviven a las distancias.

 

Recuerdo el sol desnudo caerse

y el mar de sombra vestirse

en un bucle de amor que acariciaba mis pies

en un paseo de orilla y luna.

 

Recuerdo agradecido

los pensamientos escurridizos que volaban con la brisa,

los abrazos abandonados al agua

y la transparencia de la calma;

aquella blanca espuma

que te cubría con sus huellas,

y la marca de tus pies

que la mano del mar borraba junto a la orilla.

 

Recuerdo de aquellos días de amor,

tejidos y después desechos

como el olor del mar,

aquel cántico de aguas sedosas,

aquellas canciones de sentimientos y estrellas,

aquella espiral de cielo y marea

que suspiraba silenciosa.

 

Y hoy

vestido de agua y de recuerdos,

—como si me bañase en su literatura—,

entro en el abismo de una mirada sin idiomas,

en la biblioteca del corazón de las aguas,

llena de rincones y respuestas,

 y vuelvo a recordar 

 cómo el mar me bautizó al amor

junto con la sal de su tierra.


Saudade   

Siento que lo nuestro existe,

aunque no pasó nunca.  


Extrañas cercanías 

 

A la memoria de mi abuelo

 

El recuerdo se esconde

en la sombra de los días

y cada noche es un ojo infinito,

negro y sin párpados.

 

Su mirada,

un centinela incómodo,

escribe en el aire tu memoria 

y los astros,

puntos ensimismados e imposibles,

manejan la cartografía de mis sueños.

 

Eres la luz,

esperando al otro lado de la vida,

la no-presencia

que susurra escondida cuando el viento

pasea su nostalgia.


Luces de la ciudad  

 A la memoria de Charlie Chaplin

 

El amor no puede explicarse, 

vive de un lenguaje mudo 

cuando los ojos tienen voz.

 

El color de la vida  

Vuelve la brújula del tiempo, 

se agrieta la piel

abriéndose al pasado, 

penetra en mí

la luz de lo que fuimos. 

Hago sintaxis de memorias, 

mezclo las pérdidas 

y los pronombres posesivos, 

vierto las palabras, 

reúno los celos y las caricias,

descubro los silencios soleados

de las fotografías.

El presente es un momento ínfimo 

que muere sin despedirse, 

la libertad,

un fracaso lleno de futuro. 

Somos sombra sin piel,

silueta de aire y silencio,

sueños entumecidos, 

susurros oxidados, 

tristeza de unas nubes 

que aguardan su llanto para mañana.

Nos queda el abrazo 

y la lentitud, 

la libertad de entregarnos 

al color de la vida.


Lo sagrado y lo profano 

Fantasías confitadas de algodón,

pensamientos en duermevela 

que se elevan a la altura de las nubes,

voces en almíbar, 

ecos divinos que trazan su legado.

Nuestra mente se relame,

la memoria de la carne

segrega sus carencias,

y el vientre ávido se enciende 

aproximándose al eros:

la sensualidad desenfrenada

nace como promesa de futuro,

es un sismógrafo interior infestado de sirenas,

los impulsos laten 

y buscan a tientas la llama del temblor.

Buscamos lo sagrado 

desde la oscuridad del precipicio

y, tras el esfuerzo, 

tras el dolor, 

segregamos la luz 

con el rocío que brota desde los ojos.

Somos ángeles caídos:

el pecado,

nuestra culpa más codiciada,

reluce con descaro:

nuestro cuerpo se hace hoguera.  


Un disparo de fuego rubio 

Las nubes se abren a la luz 

y yo cierro los ojos imaginándola:

entro en un territorio ávido de domingos, 

en un atardecer inmóvil que observa,

en un instante detenido

que el espejo del mar embellece,

en una tarde anaranjada

que funde sus colores 

con la belleza dorada de su pelo.

 

Caminamos de la mano

y nuestros pasos van hacia el mar, 

hacia la comarca del deseo,

hacia el roce codiciado 

(para atendernos con caricias). 

Es tarde, pero no existe el tiempo: 

atesoro como eterno

el aroma del instante mínimo,

me dejo ceñir por el consuelo de su pecho,

me rindo al magnetismo de su boca, 

soy siervo del juego hambriento de sus labios.

 

La pasión furtiva me vence y me desnuda,

el cuerpo marino,

sedoso y sediento,

nos cautiva: 

sus manos anhelan el tacto de la carne… 

su vaivén barre los inviernos 

y las olas enredan nuestros ojos. 

 

Acaricio su propósito: 

puedo asir su cuerpo húmedo 

sabiéndome a salvo de toda lluvia;

puedo detener el tiempo deleitándome,

de algún modo cohabitarla, 

iluminar su boca oscura 

y descubrir el pecado,

desvestirla del deseo atrapado entre sus piernas 

y hacerlo mío.

El agua se hace fuego,

el placer nos funde en uno,

luego nos abandona.

 

Ahora lo sé:

después de la cumbre 

—de su mirar—

todo es efímero.


Desde la orilla                   

Locura de olas y recuerdos

en vaivén repetido,

desenfreno interminable,

dicha que no llega...

El recorrido extenuado

se rinde al polvo de la orilla.

 

Observo la lucha,

el intento de resurrección

de unas emociones trituradas y escondidas

bajo el océano,

la derrota de los barcos naufragados

y de unos amores perdidos en su vientre,

el olvido de las hogueras mojadas

— los fuegos extintos esperan en tierra firme,

las heridas vivas laten en mar abierto—,

la memoria de cicatrices

que trazan líneas de dolor

a lo largo de una geografía

que se extiende como el recuerdo...

 

El mar continúa mezclándose para olvidar

— las aguas viven de llantos—,

sigue custodiando la historia

en sus profundidades,

la de unos labios

húmedos y sin nombre

que esperan ser rescatados.



Llega el invierno

Llega el invierno
 
con su abrigo frío

y los enamorados

sonriéndose

se desnudan

para combatirlo.


Elba

Te iba a nombrar,

como la isla donde mi vida comenzó a brillar,

aunque nunca llegue a poder amarte:

un seis de marzo tu ausencia

desvaneció mi sueño.

Iba a enseñarte ese mar

que me llenó de esperanza,

ese cielo y tierras que me dieron la vida,

pero solo me queda musitar tu memoria,

la de una mirada muda 

y sonrisas piadosas,

perdido en el vaivén de las olas

que hipnotizan tu frágil recuerdo.

Hoy tras años de soledad renovada,

náufrago en mis pensamientos,

sigues aquí cobrando vigor en mi vida,

sigues amarrada a mi soledad..


En el silencio

No sé

si es sabiduría,

verbo callado

o calma aparente.


No sé

si es afán de búsqueda

o huida eficaz.


No sé

si es una ofrenda divina

—eterna e inmóvil—,

un lugar intransitable

o una certeza inmaterial.

A veces pienso que el silencio

es una respuesta necesaria.


Así enmudezco:

el alma fluye

y se abandona al aire manso

y al ardor del océano,

a su presencia indescriptible

y al movimiento certero

de su vaivén.


A veces el silencio me habla

con su altavoz —el viento—

y su boca —la marea—

me besa en la orilla

y mi vida se baña en unas aguas

que aclaran mis porqués...

Soy como perro fiel que nada en su sueño,

me fijo en la verdad azul del mar.

Quizá dejarse respirar, abandonarse a un constante vaivén

de entrega y posesión,

sea la respuesta.



A veces agrada que nos hiera

Adivinanza Invisible a humanos panoramas, dueño de la pasión y soberano de las almas, guerrero implacable y sensual impostor...

Es apocalíptico, idílico en sus batallas, poético en sus derrotas, proviene de la vida antigua y su futuro es el recuerdo eterno.

Camina sin pausas y perdura más que el hombre, revive en una palabra de dos sílabas, grande como el universo.

Sus cárceles son aposentos dorados, su malogro es un edén perdido: después de Eva todo hombre le busca a través del pecado.

Llega a los hemisferios de nuestra conciencia gracias a las curvaturas de su afán, nos arropa con su vértigo y se esfuma en el crepúsculo si soñamos con su llegada. Su condena es un silencio que nos persigue omnipresente, su dicha es una geometría que se mide con caricias.

Somos suyos: su esfinge anida en el pecho y se ancla en la memoria de unos días que ya no volverán. Somos esclavos de sus abrazos llanos y buscamos la chispa de sus besos de pólvora: somos una muchedumbre de corazones rotos a la espera de estallar, paseamos por los precipicios del volcán hasta que Cupido llegue a salvarnos.

Nuestros cuerpos ansían su felicidad y... le regalamos como ofrenda todas nuestras sonrisas en un arcón de esperanza.

Y...  no nos importa el precio de la herida avalada con llantos, ni las promesas incumplidas remendadas con inundaciones de letras tristes: todos ansiamos la borrasca impetuosa de sus aguas, la tierra prometida de sus versos, el soplo ligero de su brisa, hasta que nuestros latidos expectantes y desbocados, enloquezcan en el infierno de sus impulsos.

Somos mendigos sedientos del manantial del amor: cuando falta la resonancia vibrante de su estrépito, falta el fulgor de su poderío. Amor, amor todopoderoso, todo es amor, la vida es sentimiento.

Contemplo el eclipse de la blanca esfera de la noche, espero un alba repleta de promesas, rezo al todopoderoso sentimiento y a su morada gitana para suplicarle el secreto de su esencia. Pero solo creo que si hoy existiera Cupido sería un asesino y yo le pediría morir de su mano con la promesa de bailar con su olvido. Porque lo que nunca dice un poema es que ser valiente es enfrentarse a la herida que volverá a derrotar mi pecho y que el amor, ese AMOR bendito que preside nuestras almas es tan noble que a los vencidos les deja atesorar sus reliquias.