Poemas y relatos cortos de Matteo Barbato

En el silencio

No sé

si es sabiduría,

verbo callado

o calma aparente.


No sé

si es afán de búsqueda

o huida eficaz.

  
No sé

si es una ofrenda divina

—eterna e inmóvil—,

un lugar intransitable

o una certeza inmaterial.


A veces pienso que el silencio

es una respuesta necesaria.


Así enmudezco:

el alma fluye

y se abandona al aire manso

y al ardor del océano,

a su presencia indescriptible

y al movimiento certero

de su vaivén.


A veces el silencio me habla

con su altavoz —el viento—

y su boca —la marea—

me besa en la orilla

y mi vida se baña en unas aguas

que aclaran mis porqués...


Soy como perro fiel que nada en su sueño,

me fijo en la verdad azul del mar.

Quizá dejarse respirar, abandonarse a un constante vaivén

de entrega y posesión,

sea la respuesta.



Nos(otros) 

Nosotros

Sombras 

De nosotros mismos 

Ecos 

Más ecos 

Sombras de otros ecos 

Quizá almas únicas

Quizá reflejos


Somos otros 

Hasta tropezar 

Con una sombra familiar 

Con la resonancia adecuada 

Encontrándonos 

En la certeza de otra piel 

En la claridad de otra mirada.



Noche de niebla

La niebla me observa
con sus ojos húmedos;
difuminando mi perfil
mezcla el color de la lluvia 
con la sequedad despavorida.
Su rostro transparente
me acaricia
como la silueta de un sueño
y sus palabras,
sus sudorosos textos,
son lágrimas que lucen en una noche de alma.
El cielo se pigmenta de ceniza
(la vida oscura se asoma desde el llanto)
y mi alma dormida
hierve
como mezcla de vahos y suspiros.



A veces agrada que nos hiera

Adivinanza Invisible a humanos panoramas, dueño de la pasión y soberano de las almas, guerrero implacable y sensual impostor...

Es apocalíptico, idílico en sus batallas, poético en sus derrotas, proviene de la vida antigua y su futuro es el recuerdo eterno.

Camina sin pausas y perdura más que el hombre, revive en una palabra de dos sílabas, grande como el universo.

Sus cárceles son aposentos dorados, su malogro es un edén perdido: después de Eva todo hombre le busca a través del pecado.

Llega a los hemisferios de nuestra conciencia gracias a las curvaturas de su afán, nos arropa con su vértigo y se esfuma en el crepúsculo si soñamos con su llegada. Su condena es un silencio que nos persigue omnipresente, su dicha es una geometría que se mide con caricias.

Somos suyos: su esfinge anida en el pecho y se ancla en la memoria de unos días que ya no volverán. Somos esclavos de sus abrazos llanos y buscamos la chispa de sus besos de pólvora: somos una muchedumbre de corazones rotos a la espera de estallar, paseamos por los precipicios del volcán hasta que Cupido llegue a salvarnos.

Nuestros cuerpos ansían su felicidad y... le regalamos como ofrenda todas nuestras sonrisas en un arcón de esperanza.

Y...  no nos importa el precio de la herida avalada con llantos, ni las promesas incumplidas remendadas con inundaciones de letras tristes: todos ansiamos la borrasca impetuosa de sus aguas, la tierra prometida de sus versos, el soplo ligero de su brisa, hasta que nuestros latidos expectantes y desbocados, enloquezcan en el infierno de sus impulsos.

Somos mendigos sedientos del manantial del amor: cuando falta la resonancia vibrante de su estrépito, falta el fulgor de su poderío. Amor, amor todopoderoso, todo es amor, la vida es sentimiento.

Contemplo el eclipse de la blanca esfera de la noche, espero un alba repleta de promesas, rezo al todopoderoso sentimiento y a su morada gitana para suplicarle el secreto de su esencia. Pero solo creo que si hoy existiera Cupido sería un asesino y yo le pediría morir de su mano con la promesa de bailar con su olvido. Porque lo que nunca dice un poema es que ser valiente es enfrentarse a la herida que volverá a derrotar mi pecho y que el amor, ese AMOR bendito que preside nuestras almas es tan noble que a los vencidos les deja atesorar sus reliquias.