A Luis Rosales


Poema de José Antonio Fernández García

Pude leer en su solapa una cruz…

Llevo años -toda una vida- lanzando las manos al camino con la esperanza de que se me cumpla el deseo de su existencia,
pero siempre -mis manos- o se repelen entre sí o se mienten guante al puño
para llegar, al fin, a parte alguna.
Además de las manos, incluso perdí los ojos -y se me fueron libres
de sexo y raspaduras en la espalda- en la búsqueda de cualquier horizonte
más o menos medio lleno de luz,
pero siempre van y vienen y se me plantan en la nuca
con gafas de sol
y los bolsillos vacíos de lázaros al uso.

Pero además de las manos y los ojos,
fui lanzando al cabo de los años otros miembros de mi cuerpo
a esa búsqueda de Dios,
pero
con el paso de los días acabaron cada uno de ellos
perdidos al volver la esquina o a confundirse con la gente;
y si alguna vez consiguió alguno alcanzar un monte de olivos,
acabó perdido o confundiendo “la palabra” con un mero periódico
en la copa de un árbol sin madurar,
sin cruz  ni espinas en sus páginas.
Alguna vez,
incluso,
dos o tres miembros -los pies y las manos por ejemplo-
al chocar uno contra el otro o  ambos a la vez,
han sonreído uno al otro,
como dando a entender que comprenden el olor
de los ojos tras el cristal. Pero entonces
se alerta el cerebro, y como un santo inquisidor pregunta:
-¿Qué es todo?,
y ante tanta luz, naturalmente, los miembros se desorientan, se
ciegan en la espesura,
y la noche los amamanta como niños que lloran.
Queda al menos, sobre el cráter de algún que otro sueño,
un picotazo minúsculo de color púrpura
que desgraciadamente
la luz de la mañana rompe contra la cama
hasta disiparlo por completo.

Pero ahora está Luis, a lomos del poema eterno,
donde sobran las preguntas
y no hay respuesta que quede insatisfecha,
más allá de los miembros -por ejemplo la mano-;
más allá, mucho más lejos aún de mí, muy por encima.
Por todo ello, no creas, no te pido -sé
muy bien que no puedo ni debo hacerlo-
que desgranes la palabra,
ni que detengas la sombra de una vela
o de un velero en cualquier isla desierta;
ni por supuesto que rimes -sí y no-
en mitad de un sinalefa sin ánimo de lucro.
Te pido, eso sí, Luis,
que me definas a lo largo de una elegía
de a pie de calle la nada: bien como eco de silencio
bien como un quizá a expensas de un sucede.
No por nada, solamente
para no perderte de cara a ti
-que verso a verso creo conocerte-
y así tal vez saludar a Dios, si es posible, en tu nombre.