Poemas y relatos de Beatriz Belinchón


El tronco torcido

Igual que tú crecí en la vida.
Si fuera árbol, sería torcido.
Para dar sombra en el camino,
reverenciando la vía transida.
Mi vida es canto elocuente,
vicisitudes diferentes a las tuyas,
superaciones mudas y mudas,
aspiraciones muy consecuentes
con la lucha por dar sentido
a mis dolores presentes
y a mis abrazos valientes,
a una felicidad bien conseguida.
Lloras por un fracaso.
Mis días cuentan con ello.
Pero… en mis duelos lo bello
y lo agrio se dan el paso.
Vivir funámbula, tal vez.
Tal vez sabes lo que es el delirio;
entre locura y cordura, el equilibrio;
entre nombre y sombra, entre el ser y no ser.
No he podido una carrera.
Mi destino es resistir.
Mi salud es sonreír
ante mis propias barreras.
Y si pocos hay, consuelos,
vendrían de la comprensión
de los míos, que en tensión
viven mis males con duelos.
Consiguiendo el acercamiento
entre normales y enfermos,
yo no sería tan “muermo”,
y la pena se iría… al viento.
Represento una parte de la vida
molesta, difícil: los “raros”,
pero no estéril. Sin reparo
me siento viva y bendecida
porque… el dolor me hace fuerte
y el amor se robustece
hacia todo y me parece
que tan excelente es mi suerte,
pues amar con adversidad
duplica el valor de la fuente.
Mirémonos de frente a frente.
¡Vivamos claramente la amistad!


El rumbo del corazón

Cuando la mente arguye
y los sentidos mienten,
en pros y en contras fluyen,
los rayos del corazón,
que dan a la cruel sinrazón
un rumbo que construye.

Y cuando el ladrido huye
a causa del mal que siente,
el corazón lo convierte
en otra nueva ilusión;
en trabajo y en amor
el corazón lo revierte.

En caballero, he de verte,
convertido con tesón.
En el cielo, he de tenerte
como amigo o como amor,
para darle siempre, siempre,
la razón al corazón.


Hermanos y hermanos

Hay, a ratos, actitudes que duelen
del hermano que no se alegra por ti.
Y hay personas que creen que huelen
interés donde el amor es feliz.
Hay hermanos de vida y hermanos de sangre
y, a veces, de ninguno los hay.
Cuando el alma el alma se alegra, o cuando la pena es grande,
sus oídos se alejan y el aire
se puede cortar.
No te cortes, amigos, con puñales de otros
que nunca conocerte quisieron,
que el hermano que no hable “nosotros”,
así mismo y al amor murió
y sus lazos no hirieron al alma inocente
que, presente, su calma plasmó.
Hay motivos por los que alegrarse.
Compartida la dicha es mejor.
Y, si al darla, no quieren mudarse,
Son tan pobres como el roedor
que se come su queso a solas,
atrapado en su triste rincón.
Hay hermanos que ocultan su arte de amar
suponiendo útil la precaución.
¡Y es que amar es volar y el vuelo disfrutar,
¡Confiando en quien lleva el avión!
Hay hermanos que no discernieron
el amor, del interés o de la vacuidad.
No quisieron conocerte y mintieron
de dar y recibir caridad.
Hay hermanos tan huecos de dulzura;
¡hay hermanos tan fríos y sin paz!
No conciben, de la vida, que haya ternura;
no conciben ni dan felicidad,
más que la del “yo mismo” y “yo puedo”,
sin creer en las dádivas de la amistad.
Para ellos no se hizo la alegría.
Reina, en su seno, sequedad.
Retorcieron su alma y filosofía,
Enrareciendo la fe y la bondad.
Como en ellos no hay jugosas emociones,
sólo el tiento para en nadie confiar,
desdibujan el amor, las ilusiones,
y la brisa se trastorna en rechinar.
Hay hermanos que sólo creen que estás con ellos
para obtener un fruto de interés
y no ven, de la vida, lo gratuito y bello,
que es el querer, que es el querer.
Si te encuentras con varios de esa raza agria,
no les sirvas la sopa de tus victorias,
y menos al alcance de la mesa.
Que se busquen y que hablen sus historias
y que llenen el vacío con sus presas.
Pues es raza de caza apátrida.
Si te encuentras con un rancio conocido,
no malgastes tu intención de acomodarle
pues prefieren el asiento puntiagudo.
Ni cojines ni calor van a agradarle.
Y es que tienen en un método muy duro
el saber, ¡y saberte no han querido!
Si te encuentras con aquel que quita brillo
a las pocas o las muchas bendiciones
que las parcas tejiendo te conceden,
no estropees con soplidos tu flequillo.
No es que rían a menudo, ni que penen.
Es que… ¡no saben de amores!  



Salud y verdad/granos y gusanos

Ese blanco pañuelo caído tal vez de unas manos…
me enseñan, de las lágrimas, el rincón de un humano
que ofreció, lleno de grietas, un insulto muy vano;
a destiempo, una queja que quebró a otro ser hermano.

¡Compartes Tierra, pueblo, calle o rellano
y te miras igual, en espejos, los granos!
¿Por qué, por qué gritaste un tropel de ira insano,
de torpezas verbales a ese, que no es cercano,
por la caca del perro, o la prisa, tan temprano?

¿Y, al paisano, a quien tampoco amas, vas ufano
prometiendo besos, suertes y piropos profanos?
¿Por qué, fulano a mengano, y a su cuotidiano
no lanza salud y verdad, y sí los gusanos?

¿Por qué no, de sabios, doctos, educados y ancianos,
imitarnos el arte de convivir, ciudadanos?
De ofrecer el pañuelo caído de unas manos…
pues no aguantan el peso de otro día espartano. 


Niña y el tiempo

Tu Dios no te ha olvidado.
Reina en abismos celestes.
¡Agreste niña, no prestes
tus ondas al huracán airado!

Te sé huérfana de amores
y te paseas por los muelles,
por las ventanas y, cuando llueve,
llueven en ti mil corazones.

Te paseas por la dicha
de un día de abril, piropeado.
Ahíta de sol, el sol anclado
a tu carita de luz, por ti se agita.

Por ti requiebra, y llueve, y llueve…
¿Será que hiciste mal las maletas?
¿Que aún le lloras? ¿Por él apuestas?
¿Y, de tu pecho, la pena, el clima mueve?

¿Vivirá un Dios por ti afectado,
cambiando el curso de cada nube?
Si ríes, todas sus aguas sube;
si lloras, llora tu Dios amado.

Desde las cumbres, hoy no ha atrevido
a florecerse, el clima malo.
En unos meses se ha vuelto ralo,
porque tu alma aún no ha florecido.

¡Alegra a tu Dios, oh, bella, y canta!
¡Virgen de las estepas, de monte herido!
Pues, por empático, a ti se ha unido.
¡Dulce de las dulces, niña de plata!

No quiere Dios acostarte triste.
Quiere que mudes tus ansias chatas.
Por las montañas va, ata que ata,
todos los aires de lamentos que diste.

Alboreará un día tranquilo.
Para que rías, sólo por eso.
Mándale un beso, mándale un beso.
Para que Él ría, pues está en vilo.


Violeta, poeta y mujer

La violeta es caprichosa.
Caprichosa es la violeta.
Profunda como la rosa
y ácida como la fresa.

Caprichosa es la violeta.
La violeta es caprichosa.
Su perfume es mejor cosa
que el incienso anacoreta.

La violeta es caprichosa.
Caprichosa es la violeta.
No vio a aquel poeta
que la regaló a una diosa.

Caprichosa es la violeta.
La violeta es caprichosa.
En su bienestar, golosa;
En su cumbre, muda y quieta.

La violeta es caprichosa.
Caprichosa es la violeta.
Salvaje, humilde, poderosa.
Creíble, sencilla y pomposa.

¡Dame tú de mi violeta
y, al oído, diré hermosa
canción de olvido y graciosa
cuna de prietas

ligazones, que al olor de la violeta,
caerás en las tentaciones,
de abrirme, en tus oraciones,
tu corazón de poeta!


Romanza del amor entre Marcelo y Florita

Rubia y alta era,
Dama bien nacida,
Rosas sus mejillas,
Su alma sin mancilla.
De salvajes crines,
Pródigo frontón,
Iba un mocetón
Ufano en maitines.
Vióla y feneció
Por sus lindos modos.
Su capa arrojó,
Non pisara lodos.
Por prenda perdida,
Prendada quedó.
La dama rendida
Pronto le cubrió.
Amándose estaban
En un arroyuelo.
Un pez coleaba
Y sedujo a Marcelo.
Florita, ofendida
Que sus dos ojuelos
Fueran menos buenos
Que ese pecezuelo,
Ramatazo al vuelo
Más tirón de pelos.
¡Pobre de Marcelo!
Que el pez fue a coger,
Pensando en placer
Después del papeo!
Un potro alazano
Marcelo anheló.
Florita, a su amado;
El capricho aceptó.
Mas, viendo los cuartos,
Después de comprar
Tres pares de botas
Y el bello animal,
Echó mano al cuello
Del lindo zagal,
Más bien zagalote,
Que toda la dote
Dispuso a gastar
Sacando del bote
De hacer el ajuar.
¡Causó tal rebote!
Florita escuchaba
De madre consejos;
Saberes de viejos,
Y ¡tanta verdad!

(CANCIÓN)
Bello amor, nacido del Cielo,
Gran talento ha de llevar.
Trae, Amor, bravuras y holganzas,
Tiempos de reír y llorar.

El amor tiene solaz
Y entre sus bosques hay cien mil remansos.
Si los dos se vuelven mansos
Pueden nadar.
Buen cortejo es,
Si dura muchos años.
Y si dura hasta el final,
Mejor amor vendrá.

Bello amor, nacido del Cielo,
Gran talento ha de llevar.
Trae, Amor, bravuras y holganzas,
Tiempos de reír y llorar.

Prestos a los celos son
Esos amantes que poco confían
Del amor que día a día
Con ellos va.
De inseguridades
E infidelidades
Líbrense los esponsales
Con harto hablar.

Bello amor, nacido del Cielo…

Amor y dinero son
Dos amantes muy bien avenidos
Pero la fortuna mora
En el corazón.
Si haberes los hay,
Mucho mejor será la cena.
Pero si no los hubiera,
Comed pasión.

Bello amor, nacido del Cielo…

Los amores son de dos;
No son de tres ni son para cuatro.
La familia es para un rato
Y poco más.
De la sangre hay lazo
Y de afinidad.
Más fuerte es el del abrazo
Que dos se dan.

Bello amor, nacido del Cielo…

De los hijos hay que hablar,
Que son retamas en un regio tallo,
Pero nunca las raíces
Que alimentar.
Que el amor del lecho
Sea siempre prioritario:
No los hijos propietarios
Del sabanar.

Bello amor, nacido del Cielo…

Cuan suave la vejez
Va entrando lento y sin mirar razones,
Pero no en los corazones
Que saben ver.
Pasión, lealtad,
Compromiso y amistad
No son piel ni carne son
De caducidad.

Bello amor, nacido del Cielo,
Gran talento ha de llevar.
Trae, Amor, bravuras y holganzas,
Tiempos de reír y llorar.
(FIN DE LA CANCIÓN)

Tan buenos intentos
De abrir los oídos
A miles de amigos,
De voces y libros,
Perdieron el tino
De haber de escuchar
Al lindo Marcelo,
Que su buen sentido
Con sólo un latido
Bien supo explicar.
Y… luego… ¡a un batido
Para merendar!
Cuatro churumbeles
Viven en la casa:
Tres, viendo la tele,
Queriendo, Marcele,
Ver qué es lo que pasa.
Tele ver no puede
Porque el trío alegre
Noticias repele.
Viene la Florita
Con el cuarto nano.
¡Llega berreando!
“¡Ay, cosa bonita!”,
Dice la mamita.
Y cuando Marcelo
Dice: “¡Esto no es justo!”,
“¡Tú sí que eres bruto!”,
Replica bufando.

Bello amor, nacido del Cielo,
Gran talento ha de llevar.
Trae, Amor, bravuras y holganzas,
Tiempos de reír y llorar. 



El tulipán

Entre los cacharros y los amontonados trastos, delante del gastado castaño piano, allí se erigía el tulipán. Allí depositaba esbelto su rosácea copa, izado el tallo con un ascendente leve empuje retorcido, entre sus hojas lánguidas, luchando por crecer, parécele que bastante ajeno al desorden de la vida y de aquella habitación que inundaba una plaga de musas.

Las musas, sea dicho, descartaban su danza aérea por el espacio del cuarto, para acercarse al bello ser y besarlo. Y él dormía olvidadizo, olvidadizo de aguas y de luchas, mostrando con estiramiento su supremacía sobre las pasiones, olvidadizo de contiendas y con un único afecto, su frágil timidez en calma, es decir, su elegancia.

La calma la aportaba él, su pausado dueño escritor, ése que introducía las musas entre paredes. La frágil timidez la aportaba ella, su última conquista, una muchacha de mirada titilante y confundida a veces.

En el reino del tulipán se hacían el amor, un gran amor enajenado del tiempo y de la edad, un gran amor como una pequeña isla, la isla donde él la albergó después del naufragio.

Un día ella huyó a Valencia, dispuesta a nadar contra la corriente de cuidar a su familia, y hasta las cinco le esperó en la cafetería de la estación de ferrocarril. Su mente jugaba a confundirla: “Él no vendrá”.

“Preciosa, aquí estoy”, la sorprendió, dándole su tierno y cálido beso, por la nuca, raptándola de su extravío, a las cinco en punto.

“¡Estoy salvada!”, suspiró… y la vida se puso de nuevo en marcha. Y en su marcha tuvieron un hijo, un tulipán soberano.



Estás envejeciendo

Mariana era capaz, desde joven, de pintarse a ciegas. Conocía a la perfección el óvalo de su cara, la línea ascendente de sus pestañas, esa mueca que acompañaba su sonrisa, con tal de no pintarse los labios demasiado gruesos.

De pronto, una mañana no pudo reconocerse a sí misma, cuando se miró de veras en el espejo, sin automatismos. La edad se estaba haciendo de notar. Su rostro se había transformado. No podía explicarse cómo y en tan poco tiempo. Sus pómulos finos en antaño eran ahora los de un bulldog. Sus mandíbulas ya no eran rectas. La carne colgaba.

Fue a pintarse los ojos. ¡Qué horror! ¿Cómo podría disimular su falta de juventud? Entonces comprendió a las estrellas de cine, o a los emperadores preocupados por la inmortalidad, porque… ¿qué había hecho ella para merecerla?

No había dedicado su vida a nada, no aprovechaba el tiempo, y encima… ahora… sus pieles sin consistencia, colgando, le recordaban que su tiempo no era infinito, que se perdía inexorablemente, que los minutos pasaban, devorándole la vida. ¿Y qué había hecho? ¿Había tenido hijos? No. ¿Había labrado una profesión? No. ¿Había dado al mundo alguna obra suya? No. ¿Entonces?

Le costaba salir de la cama. Le gustaba arrinconarse en su “chaise-longue”, debajo de la manta, en invierno y así dejar que su cabeza se llenara más de “nada”. Ya no era productiva.

Todos estos lamentos le vinieron como una tormenta, todos a la vez. Las paredes de la estancia se derrumbaban sobre ella, como aludes, cubriendo un grito que ella no quería ahogar. Y salió a la calle. Un poco se animó, pero el cataclismo interior continuaba. Lejos de culpabilizarse, hizo lo contrario: quiso regalarse un premio y se compró una barra de carmín para labios, que se tomó tiempo en elegir.

-Ha salido una crema de contorno de ojos fantástica. –Dijo la dependienta, que observaba a Mariana en su pretensión de lucir más guapa. –Lleva cafeína y quita las bolsas de los ojos.

Mariana se asustó, pensando en que, además, podían salirle bolsas en los ojos, y se compró la crema. Tenía miedo a envejecer.

Pensó también en su pereza. La pereza le hacía perder el tiempo y, así, envejecer en balde.

-Ahora, cuando vuelva a casa, voy a obligarme a hacer algo: la comida, escribir, leer aquel libro que tengo apartado en la camita… ¡algo! No puedo perder más el tiempo.

Pero, de regreso a casa, le sorprendieron, en medio del camino, dos ancianos hablando, sentados en un banco. Detrás del banco había una tienda con su escaparate; y se quedó mirando el escaparate, aunque su intención era escuchar la conversación entre ellos. Un poco de política, unas quejas acerca de la juventud, ¡nada, lo acostumbrado!

-La vida cuesta, -escuchó hablar entonces al párroco con una señora a las puertas de la iglesia.

“¡Claro, Dios! ¡Dios tiene respuestas!”, se dijo para sí, y se apresuró a penetrar en el templo.

-¡Querido Dios!, ¡respóndeme!, ¿en qué puedo usar mi vida?

“¡Amaaaa…!”, gritó una voz grande, resonando en las bóvedas. Mariana miró hacia arriba y había desaparecido la piedra. En su lugar, el cielo se extendía. Una gran mano atravesó el fondo celeste, una gran mano que brillaba. Le indicó que la siguiera. Mariana no podía mover su cuerpo del banco. Pero notó cómo se elevaba y se adentraba entre las capas gaseosas del cielo, siguiendo a la mano radiante. Llegó a una escuela de almas. Escuchó a un ser esbelto, con cara dorada pero sin rostro, decir: “Amar es vivir; vivir es amar”. Mariana se preguntó cuánto amaba ella, y entonces volvió a quedar atrapada en su cuerpo, que despertó. Abrió los ojos y salió de la iglesia, dando gracias. Había estado muy bien por unos segundos largos. Dejó de preocuparse por su aspecto físico y empezó un voluntariado para llevar bebidas calientes para indigentes.

De vez en cuando se miraba al espejo. Empezó a usar la crema esa de contorno de ojos. Pero, claro, ¡no hacía milagros! El único milagro fue su viaje al cielo, volviendo a la vida en segundos, sin morir, sabiendo que tanto vivir como morir son dos maravillas, y conociendo que aquí nada es perenne. La inmortalidad la tenemos por el hecho de ser creados. La inmortalidad no se compra con un hueco en la Historia. Y nuestras obras son pasajeras. Mariana perdió la vanidad.



Y el beso fue devuelto

Un cuatro de noviembre, de hace catorce años, en 2003, mi padre y mi madre estaban feliz y plácidamente en casa. Mi padre, Federico, veía la televisión mientras mi madre, Carmen, estaba en la otra esquina del salón, del amplio salón propio para una gran familia de muchos hijos, en un rinconcito. Allí tenía su máquina de coser y Carmen se concentraba en sus labores. Aunque el salón fuera grande estaban los dos juntos y se acompañaban. Como ocurre con los matrimonios que duran mucho tiempo. Estaban sintiéndose, en silencio, el uno al otro.

De repente mi madre oyó una respiración fuerte. Provenía de mi padre. Se levantó de la máquina. Mi padre la vio acercarse pero no podía moverse ni decir nada.

-¡Federico! ¿Qué te pasa?

Y papá no respondía; solamente respiraba con dificultad y con angustia.

-¿No será otra de tus bromas? ¡Mira que me estoy preocupando!

Imagino la verdadera ansiedad de mi padre, por ver a mi madre así y no poder decirle: "Sí, es una broma". No. Esta vez no era una broma. Y también estaba asustado, comprendiendo que algo andaba muy mal, aunque lo último que vi de él fue pasar la frontera de la vida a la muerte con una sonrisa de paz y cargada de cariño hacia mi madre, una sonrisa de gratitud por encima de todo, para luego desvanecerse su expresión hacia la quietud de un rostro sin vida, puesto que su alma, en pocas horas,  abandonaría su cuerpo. Cada muerte es singular.

Mi madre dice que mientras estuvo los cuatros días enchufado con cables por todo el cuerpo para mantener con las constantes vitales su cuerpo ya muerto y dependiendo de unas máquinas y de la respiración artificial, en la unidad de enfermos muy graves, ella se dio cuenta de que un soplo de ánima aún quedaba en él, lo que mi madre nombra como el Yo Interior de mi padre.

Hay personas que cuentan que ante la muerte su alma abandona el cuerpo y desde arriba observan y oyen... por eso digo que cada muerte es singular. Y no creo que existan reglas para todos iguales a la hora de morir. Pero me ha gustado la observación de mi madre, pues aunque durante cuatro días, estando entubado y asistido vitalmente por las máquinas, pero en realidad ya sin autonomía y aparentemente muerto, mi madre percibía que un pequeño remanente de conciencia aún dormitaba en su interior. Mi padre fue un héroe en su muerte. Sonrió. Ése fue su último regalo para la vida (y para mí), cuando supo que ya no había remedio y que se enfrentaba a lo que más teme el ser humano: el paso a otra vida. Mi padre vivió en paz y murió en paz y sin miedo. Por eso digo que fue un héroe y, como siempre, optimista. Pero os narro los hechos.

Cuando llegó la ambulancia mi padre estaba casi inconsciente. Había tenido una fuerte y mortal embolia cerebral, o un infarto, o un ictus. Fulminante. Le había afectado los miembros, paralizándolos; el habla... la cara... sólo pudo respirar (y de esa manera avisó a mi madre), pero por poco tiempo.

Regresé yo a casa después de mi trabajo y vi esta truculenta escena. Los del equipo de la ambulancia ya estaban en casa. Nadie podía contestarme. No había tiempo. Mas yo ya me daba cuenta. Mi cuñado, Joaquín, también estaba allí. Mi madre le había llamado para llevarnos a las dos al hospital, siguiendo a la ambulancia.

Llegamos al hospital. La ambulancia paró. Abrieron las puertas traseras y de ahí descendieron la camilla que sujetaba el cuerpo de mi padre. Antes de que le bajaran de la ambulancia, mi madre y yo ya habíamos salido del coche de Joaquín, para poder verle la cara. Yo ya supe que sería la última vez que se la vería con vida. En cuanto entrara en el hospital mi padre apagaría sus fuerzas. Ya estaba resistiendo demasiado. Como digo, el infarto fue fulminante.

Pude verle la cara y eso agradezco a la vida porque, aunque ahora esté relatándoos esto con lágrimas de emoción y pena, lo último que vi de él fue un legado, una lección alegre para lo que me resta de vida, hasta que también llegue mi hora. No sé si seré capaz de sonreír como él hizo a mi madre, venciendo su parálisis. ¡Fue un milagro!

¿Fue Dios quien me habló a través de su gesto paranormal? ¿Fue el alma de mi padre que yo vi en mi desvelo? ¿Estaría viendo mi padre o su alma seres agradables del más allá? No sé si seré capaz de repetir yo su gesta en mi hora.

Eso pasó entre las ocho y nueve de la noche de un comienzo frío de noviembre. A partir de ese momento respetábamos el horario de visitas de la UCI (Unidad de Cuidados Intensivos), que era tres veces al día. Cada uno de nosotros, siete hermanos, entrábamos cuando podíamos. Mi madre entraba siempre, como es lógico, y en primer lugar. Mi padre fue perdiendo pulso en la sangre y en el cerebro y mantenían su cuerpo con aire gracias a unos pulmones artificiales, en realidad, una máquina extraña fuera de su cuerpo. A mí me parece que murió el cuatro de noviembre, aunque lo declararon muerto cuatro días después, tras dos encefalogramas planos seguidos. Desenchufaron las máquinas que hacían que su tórax se hinchara y deshinchara, como si él estuviera vivo durmiendo. Pero algo vivo sí había. Veréis por qué.

Cada vez que mi madre le hacía su visita se despedía de él con un beso respetuoso, es decir, en la mano, en el hombro, en el pie con una caricia... "Hasta luego, Federico."

La última vez, cuando pararon las máquinas, se lo pensó mejor y le dio un beso en los labios sonrosados aún. Un beso de amantes.

Pasaron las exequias, pasó el entierro y quien pudo volvió a su vida normal. Todos decíamos que sentíamos la presencia de mi padre. El despertador de mi hermano se encendía todos los días a las seis de la mañana, hora en que solía levantarse mi padre en vida para ir a trabajar, a pesar de que mi hermano desconectaba la alarma todas las noches y nunca escuchaba Radio María. El despertador se volvía a encender solo.

Pasada una semana después de nuestro fatídico ocho de noviembre, mi madre, en una duermevela lógica de quien no se ha acostumbrado aún a media cama vacía, vio descender el cuerpo de luz de mi padre hacia ella para darle un beso. Entonces sí se despidió. El cuerpo lo tenía luminoso, pero los labios... eran... de carne... sonrosados...