Poemas de Francisco Javier Romero Alanzabes

Declaración de intenciones

Es un otoño distinto.

Las persianas gritan,

el cielo se calla,

las farolas susurran y el agua emana.

 

Hay viento en tu pelo,

rayos por cada mirada que nos cruzamos.

¿Qué son las tormentas a tu lado?

Si cuando el único desastre que existe

es tu ausencia.

 

Contigo todo está perfecto, 

como si el sol fuera tuyo solo

y de nadie más.

 

La tempestad es lo más parecido

a un poema sin hacer,

una madrugada rota por las fuentes.

 

Y vaya suerte que Madrid

tenga acogida para un beso

en este diciembre gélido.


Para que luego me digas que nada es para siempre.


No importa la vida

En esta playa que presume de luna en tus ojos

se esconden los secretos mejor guardados de tu mirada,

esa con la que me acercas al frenético abismo de observarte.

 

La vida no importa tanto contigo,

el mundo es para todo contigo,

contigo las montañas que, esclavas de tu palabra,

edifican nubes para llegar a tu clímax de belleza.

 

Los charcos se secan, las luces se encienden,

las noches se peinan de rosas,

tus labios deseo, tus manos de seda,

futuro imperfecto de la segunda persona

del singular de “cuando quieras me besas”.

Sabes lo que es el universo cuando sueñas que todo va a ir bien,

que todo es como tú quieres que sea

y que logras conquistar con un gesto

lo que nadie consigue con todo.


Inclinación

Las estrellas son la poesía escondida.

Miro la luna y con sus destellos me va dibujando tu nombre.

Te quiero como la tierra al agua,

como los jardines al sol,

como los jabalíes encharcándose en los montes.


Ya lo sabe el viento,

que correteaba sigiloso por las calles dejando el silencio.


Y el mar, suntuoso escándalo nocturno,

porque no le hace falta botellas náufragas para saber mi mensaje.


Te quiero como punto de partida,

como crecen las plantas erguidas luciendo naturaleza,

como aquellas montañas que desean la nieve para calmar a las tierras inquietas,

cubriendo su esencia de belleza.


Quiero decirte que te quiero,

que mis cataratas de amor siguen su curso límpido y transparente hacia las aguas puras que bañan tu recuerdo.

Por eso te quiero,

porque las caídas de las hojas

empezaron con las ramas gimiendo,

recreando nuestros pétalos,

imitando nuestros bailes con sus vuelos hacia el suelo.


Odio a la gente que pega voces en los bares

Odio a la gente que pega voces en los bares.

Se piensa que la barra es una subasta de hombría.

La odio también porque algunas van despeinadas.

se piensa que su cabello

es un matorral después de una tormenta.

También te odio a ti a veces,

sobre todo desde que sabes que la poesía

ya no te huele el rastro.

 

Me dan pena los perros por las calles

en busca de sus particulares sueños americanos

en los que imaginan un hogar lleno de luces

y de comida abundante.

 

Odio a la gente que no hace ciudades en sus salones,

que no hace musicales en los baños,

que no hace las paces en el espejo.

 

Rechazo a la gente que se calla lo que piensa

¿Acaso los volcanes silencian su erupción?

Odio a la gente que bebe güisqui cuando no es de noche

y cuando tiene algo que olvidar se le olvida

lo poco que pueda tener.

 

Odio a la gente de sonrisas de alquiler,

de miradas postizas

y de besos mediocres.

Odio a toda persona que odia,

por eso me odio solo a veces.

 

Odio las bodas programadas,

los tatuajes que significan nada,

odio tu forma de ausentarte,

las bibliotecas llenas de polvo,

las estanterías llenas de recuerdos de los 80.

 

No me gusta el Mercadona

y el manoseo de la gente loca en las cajas

como si fuesen ballenas que van varando por el temporal

en cualquier playa llena de ruidos.

No me gustan las colas gigantes para el cine,

ya que no soporto las películas que me recuerden a ti.

 

Odio máximo a la sopa fría,

al olor a frito de las cocinas de feria,

a los sombreros verdes de sombra

en cabezas cuadradas.

Odio los relojes parados

y el sonido angustioso de la navidad.

 

Odio el arcoíris porque no aparece cuando lo necesito,

odio los trenes pintados,

las manos sucias,

las charcuterías con carteles viejos.

 

Odio a la gente que pega voces en los bares

porque de ellas -inconscientemente-,

voy cogiendo cada una de las letras de tu nombre.


El rincón de las despedidas

Las avenidas sin semáforos,
la baranda del paseo marítimo mojada,
las nubes juntas y revueltas
y la noche que aparece callada.

La playa derrama algas oscuras,
el agua está fría y sucia,
el viento desnuda las palmeras
y levanta olas furias.

La mañana casi no llega,
tímida, con pocas luces,
mientras cabalga la espuma
sigilosa hacia la urbe.

Este cuadro de espera
ya derrama una despedida.
A la tarde, saboreando las brisas,
cerraré los ojos
abandonado a mi suerte.


Naufragio

Mira, para que no te pierdas:
allí donde pestañea el alba
y madruga la tarde invernal,
donde la noche baila amor sólo para ti
te espero sujetando mi corazón tembloroso
con mis manos encrespadas por tu ausencia
y mis lágrimas que publican lo que el alma está callando.

Mira con tus pupilas devastadoras
los restos de este naufragio,
los besos encallados,
la orilla anegada de esta playa sin corales,
los acantilados donde se ahogan las entrañas de tu recuerdo,
el matrimonio de mi soledad con tu eco,
el abismo desastroso de quererte.

Mira desde las cuevas heladas de tu poderío
si los sueños se dispersan en silencio
en los túneles excavados con tus palabras,
si te espero como a los cielos un sol
o como dos lunas al mar,
con mis cálculos activos de un enamorado principiante
y estas titánicas ganas de ti.

Mira en cada viernes del calendario
nuestra imposible matemática llena de posibilidad,
la urbe iluminada por tu halo,
nuestra casa llena de licores y tabaco de liar.
Dime si tenemos que ir por partes
o viajar a Marte,
o buscarte en cualquier parte para estar juntos toda la vida.

Observa en este árido desierto
la avidez de mis dedos agrietados
sobre las hiedras que cubren tu imaginaria estatua.
Mis párpados, montículos ingrávidos,
reclaman un oasis, una señal.
Apaga mis latidos y compra mi alma
en este inhóspito supermercado de cadáveres.

Y cuando venga a morderme la muerte
te hablaré de este amor sangrante que cae exánime
en los prematuros jardines del otoño.


Normalidad

Que no protesten los silencios mientras nos miramos como si nada.
Que fluya el beso, el verso y el verbo en plural.
Que no te hagas la estrecha
cuando vengan curvas rectas hacia tu cuello,
ni te pongas las mechas en tus párpados de animal.

Que no sea la soledad el secreto de siempre,
e ilumina la noche con la luz de tus ojos feroces.
Que la rutina puta de nuestros sábados sea la fruta mordida,
la bombilla en coma,
el mechero de tu cuerpo,
el papel del cigarro liado,
tu prodigiosa saliva en mi saliva.

Y después,
entre semana,
si quiere que vuelva la urbe a la humanidad,
y la humanidad a la urbe,
tú al hábitat de mi recuerdo
y yo hasta las 7 de la mañana en tu cueva,
en tus tardes fulgurantes,
en tu hastío insoluble.


Esdrújula

Pusiste los puntos sobre las íes,
propusiste puntos para las cicatrices,
te puse una vocal en mi abrazo
y propuse ser consonante en tus textos.
Pasaste palabra
y metiste esdrújulas con hubiésemos y quisiéramos.
Quisiste ser el morfema perfecto con tus interrogaciones,
mientras yo era tu lexema preferido cuando creabas tus propias exclamaciones. Ponías los dones en mayúscula con técnica.
Te hacías suposiciones en retóricas pluscuamperfectas.
Bravo, sin ser romántica.
Creabas literatura mística, misteriosa,
a veces infumable y otras generosa,
con recursos estilísticos propios para una lengua mágica,
tórrida y nada insípida. Majestuosa tu práctica lingüística,
tu sólida analítica de las cosas,
tu cálida sonrisa al recitar unas cuantas estrofas arrítmicas.
De película y lo mío de sátira,
en definitiva parecías lúdica.
Encumbrabas a la fonética a la cumbre más álgida,
era tu diversión favorita hacer de una llana una sobreesdrújula.
Tú siempre tan minuciosamente silábica,
haciendo una parábola de frases aleatorias
para desembocar en historias metafóricas.
Tú siempre tan tremendamente melancólica
cuando acertabas a expresar lo que sentías con tus gráficas.
Soberbia, magnífica.
Por eso ahora te llamas esdrújula
mientras yo trabajo en tus esferas lánguidas y perfectas.
Maravillosa tu dinámica de acentuar, espléndida.
Etcétera.