Jorge Castro Aparicio, poema

Blanca luna


Un millar

de promesas desvalidas

acompasaban

tus envenenadas

tardes de octubre.

Jugábamos a jugar

a un juego

en el que no quería participar,

desfigurando

lo que nunca pude ocultar,

sentimientos

abarrotados

de nobleza y

lealtad.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                       

Nunca supe jurarte

otra cosa

que no fuera darte amor,

es lo que sentía,

es lo que siento,

solo sé amarte,

es lo único que he aprendido

en toda mi vida.

 

Cuando te miro,

no me miras,

y

si lo haces,

tus labios callan,

todo acaba en un adiós.

 

Ya me he ido,

con mis notas

de lamento,

a una llanura desierta,

a abrazarme,

pusilánime,

a orillas de un poema

que nunca leerás.

 

Escribo cartas

para no mancillar

el brillo resplandeciente

que blanco puro

cubre a la luna,

no osaré a sollozar,

mis lágrimas

no son dignas

 

de rozar su

honesto y prosélito corazón.

Luna, mi Luna,

postras tu sonrisa

junto al reloj hiriente,

sepultado entre

oscuras y traicioneras

horas de la noche.

Estoy atado,

teñido de manchas,

cada vez

que emergen

las hienas

en el crepitar

de mis ojos.

Otra vez,

una más,

empuño la pluma,

mancharé papel

de sucia tinta

en unos versos

que declaman

lo imposible que será,

volver a reír

bajo la lluvia.