Juan Calderón Matador, poemas

Únicamente blanco o negro

Ahora que ya bajo la escalera,

qué lejos se me antoja

aquel tiempo en que todo

debía ser

de un blanco inmaculado

o un negro riguroso.

 

Ahora esos colores

se han llenado de esquinas

y mis ojos, de agua,

un líquido tan turbio

que me va emborronando los peldaños

y me llena de sombras y de dudas.

 

El huracán de la memoria

ha pasado arrasando las certezas.


Hambre de jíbaro

Llegó sin anunciarse,

igual que una visita impertinente,

y ocupó las veredas de mi cuerpo

con saña de tormenta.

Su dictadura impuso, sin que yo

pudiese dar un grito y reaccionar.

 

Yo, que nunca dejaba

arañar mis murallas ni de lejos,

fui pelele en sus manos.

 

Me inoculó el veneno de los miedos,

su dedo acusador me señalaba,

llenándome de culpas,

y me azuzaba las paredes

para que me aplastasen,

me prohibió el alimento

y, con hambre de jíbaro,

me dejó reducido a casi nada.

 

Hace ya algunos meses

que el monstruo de la depresión se ha ido

mas todavía llevo

sus vivas dentelladas en la mente.


Acantilados de la ausencia

Yo soy un hombre alegre

borracho de tristeza,

y todos los tejados

derraman llanto sobre mí.

 

Soy un niño asustado ante la vida,

ese bosque con lobos

que debo atravesar en plena noche,

una valija que no encuentra

tu mano en este viaje.

 

¿Dónde están las palabras

que solías decirme

al hablar el idioma de los besos?

 

¿No ves que sin tu nombre

me engullirán los altos precipicios?

 

No quiero despeñarme

por los acantilados de la ausencia,

pero cuando te llamo

recibo bofetadas de silencio.

 

Si no regresas pronto,

tal vez tan sólo encuentres

un riachuelo de lágrimas

entre cantos rodados

repitiendo tu imagen.


Pasen y sean

Tengo un mar interior

con aguas putrefactas

que no supieron encontrar

el cauce de mis ojos,

un mar que  tomó forma

en las horas tempranas

del alba de mi vida,

unas aguas que desbordan dolor

y ulceran mi recuerdo.

 

Yo andaba por las calles,

como todos,

me asomaba al abismo de los libros,

como todos,

me bañaba en el río de los juegos,

como todos,

hurgaba entre los velos del futuro,

como todos,

pero no amaba como todos,

una osadía imperdonable

que me hizo prisionero

en aquel zoo humano

que estaba tan de moda por entonces.

 

A veces no es preciso

estar entre barrotes

para sentirse dentro de la jaula,

para notar la burla que te busca

como un escupitajo,

mientras los altavoces cacarean:

“Pasen y sean

               testigos,

                           señoras y señores,

de la gran insolencia de este humano

que tiene el corazón en rebeldía.”


Juan Calderón Matador es miembro de la Unión Nacional de Escritores de España.