El club de Alejandría

Relato corto de Jorge Moyá Olcina

Los tres amigos, descansando cómodamente sobre la mesa, mantenían una animada conversación por saber quién de ellos era considerado como el más importante para la sabia mujer que pronto haría su aparición en la sala de estudio.

    —Oye, tú, Ingo, siempre me he preguntado de dónde proviene tu nombre. Mira que es raro… —quiso saber el cálamo, ese utensilio, similar al lápiz moderno, que utilizaban en época antigua.

    —Pues, para que te enteres, tubito de caña —contestó irónica la aludida—, resulta que soy la hija de Ingenio Grande y de Creatividad de Obras, por eso me llaman Ingenia Grandes Obras, y resumido: Ingo. Soy ese halo que inspira a los grandes pensadores, científicos y sabios. Estoy a su lado aunque ellos, en este caso ella, no me vean. Así que imagina si soy importante. ¡Puedo volar a través del espacio y del tiempo!

    —Uy, mira esta —intervino el papiro—. Pues yo también puedo viajar a través del espacio y del tiempo. Si me tratan y conservan bien, los mensajes e interesantísimos textos científicos que nuestra amiga escriba sobre mí, se podrán transmitir a generaciones venideras y llegarán a los confines del mundo.

    —Sí, sí, ya, rectángulo delgaducho —bromeó la pluma dirigiéndose al papel—, pero si yo no te acaricio expandiendo la negra tinta sobre ti, formando palabras y oraciones, tú te quedarías en blanco por los siglos de los siglos.

    —¡Dejad ya de discutir de una vez, que está a punto de venir y hemos de estar dispuestos para ella! Aquí, la única realmente imprescindible para la mujer a la que servimos soy yo, esa mezcla de intuición, inspiración y pensamiento crítico. Que sepáis que la última vez que fui a visitar a Venus, pasando antes por la Luna (porque recordad que, como ser etéreo y abstracto que soy, puedo trasladarme más allá de nuestro firmamento), el planeta me dijo, en secreto y al oído, que vio a nuestra sabia señora observándolo con suma atención utilizando ese instrumento al que los humanos llaman astrolabio, y que ella les ayudó a mejorar.

    —¡Qué me dices! —exclamó el papiro— ¿Y qué te contó Venus que hizo después ella?

    —Pues que estuvo así un buen rato, mirándole con sus grandes y expresivos ojos ambarinos —contestó Ingo—, dibujó una amplia sonrisa complacida en su rostro, y fue hasta esta mesa a anotar algo sobre tu superficie.

    —Es verdad, es verdad —dijo el cálamo entusiasmado— ¿Acaso no lo recuerdas, amigo papel? Yo sí. Me tomó entre sus dedos, me introdujo en el tintero y trazó multitud de números que componían operaciones aritméticas y también tramos de líneas curvas, formando varios círculos y elipses sobre tu piel sepia. Lo que hizo fue extraordinariamente preciso y hermoso a la vez…

    —Yo jamás podré verlo… —musitó con cierta tristeza el papel—. Soy como un rostro sin una superficie de metal pulido a la que mirarse.

    —Pero siempre podrás oírlo… —le contestó Ingenia Grandes Obras, imprimiendo ternura a sus palabras—, porque siempre habrá alguien a quien nuestra querida maestra lea en voz alta lo que en ti haya impreso. Yo, sin embargo, nunca sabré qué se siente al saberse tocada, acariciada, por sus manos, pues siempre seré invisible para ella, como el soplo de viento que mueve sus cabellos… Así que, a pesar de mi sabiduría, en cierta manera os envidio…

    Ante estas últimas palabras los tres amigos quedaron en silencio, pensativos. Un silencio que se extendió a todo lo largo y ancho de aquella espaciosa estancia repleta de armarios recubriendo sus paredes y en los que se disponían rollos y libros en todas y cada una de sus baldas. Cuatro amplios ventanales intencionadamente ubicados del este al oeste de la gran habitación, que mantenían iluminado el espacio desde que el sol aparecía y desaparecía, dejaban en esos momentos penetrar la luz tenuemente anaranjada de esa última hora en las hermosas tardes de Alejandría, previas al inicio de la primavera.

    El cálamo, al tiempo, rompió el silencio:

    —Escuchadme bien: dejemos de lloriquear. Al fin y al cabo, cada uno de nosotros somos imprescindibles para ella dentro de nuestras limitaciones. Ingenia, tú eres invisible pero representas esa fe fuerte e inquebrantable que infunde a la gran filósofa, matemática y astrónoma que es nuestra amiga, la inspiración necesaria para sentirse segura y determinada en su camino, en la defensa de sus ideas. ¿Acaso no fue ella quien dijo: «Defiende tu derecho a pensar, porque incluso pensar de manera errónea es mejor que no pensar»? Pues eso. Y tú, amigo papel —continuó el lapicero de cuña en punta—, ¿qué sería de mí si tú no existieras? ¿Dónde plasmaría ella sus ideas, sus cálculos, sus descubrimientos? ¿En las paredes, en el suelo, o quizás en aparatosas tablillas de arcilla endurecida como hacían los antiguos sumerios al comienzo de la escritura? Puf, qué tontería. Yo, humildemente, soy el instrumento, ese hilo conductor del que se sirve para transformar la idea en realidad física y tangible, en mensaje. Así que os invito a que dejemos de quejarnos y sintámonos todos igualmente importantes.

    Entonces, los tres compañeros de fatigas llevaron a cabo un esfuerzo sublime. El cálamo comenzó a moverse desde la esquina de la mesa donde se encontraba, hasta el centro de la misma, allá donde estaba el papel, al tiempo que este levantaba una de sus esquinas sutilmente en un intento por abrazar a su amigo. Ingenia, por su parte, se desplazó sobre ellos velozmente, de un lado a otro, provocando una suave brisa que los arrulló a ambos.

    En ese preciso instante, las dos grandes hojas de madera del estudio se abrieron súbitamente y la mujer, de la que instantes antes hablaban, entró con determinación aun con los impedimentos propios de la edad, haciendo volar los pliegues de su túnica acompañando al rápido avance de sus pasos. En el acto, el cálamo volvió a rodar hasta su posición inicial, el papel se dejó caer apresuradamente sobre la tabla e Ingo dejó de moverse para acudir solícita y leal al lado de su admirada amiga. Para la mente atenta de la científica, aquellos sutiles movimientos no pasaron desapercibidos, quedó quieta por unos instantes frente a la mesa, con la vista puesta sobre ella, y al cabo de unos segundos, les dedicó una sonrisa cómplice, susurrándoles:

    —Queridos amigos, os doy las gracias por estar siempre ahí, dispuestos a servirme. Quiero que sepáis que llegan tiempos difíciles y no sé cuántas estaciones más podremos estar juntos, en esta amada habitación en la que tantas horas hemos pasado, entre estos pergaminos, rollos y libros que contienen tanta sabiduría e inquietudes de quienes en ellos plasmaron su conocimiento. Entre ellos, yo… —La señora dirigió su mirada entonces hasta el ventanal más orientado al oeste. Encaminó hacia él sus pasos vacilantes. Ingenia la siguió. Y las dos se asomaron. La mujer apoyó las manos en el alféizar y elevó su rostro al cielo. La luna llena de marzo comenzaba a iluminar pausadamente con su manto de luz plateada los tejados de la parte de la ciudad que se extendían frente al edificio. La noche se presentaba sin nubes, y los astros y planetas que tanto habían sido observados por la erudita se mostraban en toda su plenitud, con total claridad.

   Ella cerró los ojos y suspiró. Pensó que ojalá los hombres que en sus respectivos ámbitos gobernaban la ciudad, llegaran a un acuerdo, y los graves disturbios y enfrentamientos acontecidos en los últimos días, debido a sus luchas por ostentar el poder religioso y civil, se vieran abocados a un fin pacífico mediante el raciocinio, la bondad y la empatía…

    Alejandría, la célebre y hermosa urbe que debía su nombre a uno de los mayores conquistadores de la historia, la ciudad donde ella, filósofa, matemática, astrónoma, instructora, había nacido, no se merecía eso.

    Abrió los ojos y, a pesar del resplandor de las llamas del fuego destructor que se elevaban en la distancia sobre las plazas de algunos barrios, unido a los gritos lejanos de las turbas enloquecidas, se obligó a albergar cierta esperanza.

    Más tranquila, la mujer entornó los postigos y se giró, acercándose de nuevo hasta la mesa. Prendió la mecha del candil con la llama de la vela de la pequeña palmatoria que le gustaba mantener siempre encendida y se sentó con gesto cansado pero erguida en su querida cátedra. Cogió su amado cálamo dispuesta a dejar escrito, sobre esa preciada cuartilla de papel virgen, su último descubrimiento, antes de marchar a su casa para descansar. Pero de repente se detuvo, le pareció escuchar un algo, un rumor, un bisbiseo continuo como el sonido de las olas calmadas del mar sobre la orilla de la playa… Intrigada, agudizó el oído y prestó atención… Y no le cupo ninguna duda. Eran tres voces conocidas, cercanas, que le susurraban al unísono:

    —Hipatia… ¡Gracias, Hipatia…! Hipatia de Alejandría…

    E Hipatia les correspondió con una sonrisa.