El reflejo

Relato corto de Rosa Rodríguez Núñez

Valentín de 38 años, salió a la calle descuidado, con sandalias tan desgastadas que a duras penas se podría adivinar el color; los pies con costras y las uñas ennegrecidas, con un pantalón pajizo, manchado, como siempre. El aceite del filete de la noche anterior se lo había colocado, esta vez, en el muslo; la camisa de manga corta, que en su origen era blanca, mal abrochada, con lunares de grasa y otros ingredientes que hacían más repulsivo su aspecto. del día anterior, el descafeinado, el valium, deprelio y tegretol, como todos los días, que su hija Sole le había preparado, a pasear por la Calle Real de su pueblo, Hormiguilla, y recorrer los tres bares abiertos para repetir el ritual de costumbre: el anís Castellana, las mahous antes de las comidas, el sol y sombra inmediatamente y los cubatas antes y después de la cena.

Valentín era bajito, 162 cm, encorvado, cabezón, nariz gorda y una boca de dientes desaliñados con restos de comida y  en las comisuras de los labios babas permanentes.

En su casa, de techos bajos,  de dos dormitorios mal ventilados, cocina pringosa, salón sombrío de paredes desconchadas,  una mesa que cojeaba de vieja cubierta con un mantel del mismo pelaje que los pantalones del protagonista, tres sillas con los asientos agujereados de anea y un aparador donde se guardaban muchos secretos, un baño donde el óxido se había instalado utilizado para todo lo que no fuera lavarse... no había espejos. Los odiaba. Reflejaban su lamentable figura, hasta el extremo que, siendo un adolescente de 16 años, vio su rostro en el cristal de un retrato del abuelo que colgaba en el harapiento salón de su casa y, víctima de su propia apariencia, quedó perturbado. Esta enajenación le llevó a hacer algo horrible: violar repetidas veces a su propia hermana, Lucía, una calurosa siesta de julio, en el gallinero de la destartalada casa, arrojándola sobre una manta mugrienta y, con movimientos convulsivos irrefrenables, dejó impregnado en la piel y entrañas de Lucía su saliva, sudor rancio y fluidos viscosos, siendo el gallo y las gallinas testigos de ese trastorno transitorio, recluyendo a Valentín quince años en el manicomio de la capital.

Lucía, dio a luz a Sole nueve meses después. Una vez que el parto se realizó, Lucía se suicidaba arrancándose la piel a tiras con las tijeras de podar, a media tarde en el gallinero, en el mismo sitio donde había sido poseída por Valentín. La sangre corría entre el pienso y la inmundicia del pajar liberándose así de la humedad que le había calado, hasta el tuétano, su hermano, en el acto salvaje. 

La vuelta al pueblo le fue difícil a Valentín. Transcurría el tiempo sin cicatrizar el horror en los habitantes del lugar. Los chicos del pueblo se burlaban de él. Los que conocían la aberración que Valentín cometió, murmuraban y recordaban una y otra vez aquel hecho que consternó años atrás a los vecinos, a más de uno se les ponía el vello de punta cuando su pequeña mano con uñas negras les colocaba sobre el hombro al hablar escupiendo sobre sus cara.

Sole había vivido con una tía, Mariana, hermana de su desquiciado padre, en la casa del incesto, soportaba los cuchicheos, nadie olvidaba que era la hija del engendro. 

Los chicos jugaban en la calle Real a medio día, para ver quién lanzaba piedras más lejos. Una de ellas rompió el cristal de una de las ventanas del Casino. Salieron a ver qué había ocurrido todos los que bebían el vino de esas horas al oír el sonido de vidrios rotos, entre ellos, Valentín. Se acercaron y en uno de los trozos rotos, Valentín, vio proyectada su imagen. Empezó a caminar sin sentido. Comió las lentejas que Sole, su hija de 22 años, le había cocinado y, nervioso y sin control,  tiró a la joven en el suelo mugriento de la cocina repitiendo la misma escena que años antes hiciera con su madre encima del resto de lentejas que habían caído del plato . Sole recibió un golpe en la nuca con el pico de la mesa y, desangrándose poco a poco al tiempo de ser devorada por su padre, murió antes de que Valentín terminara de moverse convulsivamente y rociara de secreciones todo el fresco cuerpo de la joven.

Salió Valentín a la calle a tomarse sus cubatas de la tarde y, el valium, deprelio y tegretol de la noche, los tomó en el Psiquiátrico de la Capital cambiando el ritual que había realizado hasta ahora por paseos más rápidos, mecánicos, agua fresca, con la mirada perdida, baboseando aún más y embelesado con las polillas que revoloteaban alrededor de la luz.

Ya no sentirían más el asco al depositar su mano de uñas negras en el hombro.

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