Poemas de Ana Partal

Voz

Tiene voz de alondra,
la vida.
Caminaba dentro y fuera del contorno.
En la memoria imprecisa de un encuentro,
nunca hubo de permanecer
y en la cierta acabada luz
sabía.

Canto,
despacio canto que te alumbras,
cómo ciego cadalso te evidencias,
vendrá la mano voz muerte.
Forma, nombra quieta,
y no deslumbres los ojos de la alondra
desde el viento arrojado en las esquinas.

Peligro
Encierro
Tortura.

Tiene voz de alondra decía,
desencadenando las huellas
en el intervalo de yo soy y existes,
caminando con desenfado
por la primera línea de los ojos
y la última alondra inadvertida
juicio,
veredicto,
clemencia, y las manos empuñando
el costado de una tumba.


Fantasma

El Fantasma se dirige al mesón
lejano,
traspasa su cuerpo
una y otra vez con su dedo.
Contempla los sueños de los comensales.
Allá uno solo, otros tres,
otras varias,
y una también.
Los gestos, de allá y acá,
se ven agitados en sus ojos
en medio del salón,
oprime lo que le queda de alma,
y se marcha.
El fantasma frente a los ojos de todos,
Ve, oye,
con el mentón apoyado,
sobre el revés de su larga mano
caído los dedos y la mirada.
No puede palpar sus lágrimas,
no puede gritar sus cristales palabras.
No habita la mansarda,
da flores a su cuerpo,
se escabulle en un eco
y duerme sobre su alma.
Silueta de traje gastado,                                        
pasado sin nombre,
delgado pedazo de aire,
Transita, rehace la calle,
rota, sola, húmeda,
la calle ardiente y callada.
A horcajadas hurgó en sus huesos.
Con el aliento y sus sonidos fríos
en la tragedia del más inesperado día,
rozando las ventanas,
con sus mil lenguas y mil hazañas.
Leo sus ojos, oigo sus palabras,
en el banco blanco de la casa.
Cercenando la sonrisa,
desbaratando la caminata,
se pierde y a lo lejos se huele a madera quemada
chasqueando a gritos las llamas.
Olvidado.
desciende a las noches,
¡Despreciado,
se desplaza!


Faenas

Así debe pasar el tiempo,
de ellos,
los que caminan,
los que sonríen.
Ese hombre hilera de árboles.

Esas mujeres que ríen de plaza en plaza.
Ese perro que señorea sus pestes.
El trote que vibra en las mejillas
de las manos que atan presurosas
las tareas sabrosas del día.