Bruma en la fuente de la montaña

Relato de Javier Holmes

El bosque del valle no conseguía abandonar la espesa negrura de la bruma y ceder el paso a la claridad del sol. Era mediodía y los haces de luz solar luchaban contra la niebla intentando irradiar la casita de madera con una gran chimenea adosada que sobresalía dos metros por encima del tejado cobrizo. Ésta, la chimenea, nacía desde el suelo impecablemente empedrada, pero desde hacía varias semanas no salía humo por su oquedad. El viento zarandeaba a su antojo, haciéndolo girar, un molinillo de forja repujada que coronaba la salida del humo inexistente. Dos coquetas ventanas presidían su fachada frontal, como si de dos ojos curiosos se tratase, tras las cuales sendas cortinas de encaje filtraban la claridad del valle. Desde ellas se divisaba, difusamente, dos montañas de ladera pronunciada que aún permanecían con nieve, a pesar de que la primavera se había presentado hacía ya más de dos meses.

Lucía descorrió la cortina de la ventana de su habitación y, como todas las mañanas, apoyando sus codos en la poyata permaneció ensimismada admirando las dos colosales fortalezas que frente a ella custodiaban el valle. Su madre le había prometido que esa misma mañana las dos irían juntas a disfrutar de una excursión a través de una senda salpicada de abetos y gigantes pinos de tronco negro. Además, recogerían arándanos y enebro. Camino a la cumbre de una de las dos montañas, la de perfil menos escarpado, el periplo culminaría en una antigua fuente de piedra alimentada por el agua del deshielo sobre la que, le había contado su madre, se contaban innumerables leyendas. Estaba impaciente y ese día dedicó menos tiempo de lo habitual a la contemplación del bello paisaje que tenía ante sí. Bajó con su cesta de mimbre en la mano ávida de iniciar el viaje y, a la vez, temerosa de que los cúmulos de nubes que habían decidido descender hasta lo terrenal les impidiera acometer su propósito.

El desayuno estaba preparado, como todos los últimos días, en la cocina sobre una pequeña banqueta de madera de no más de treinta centímetros de altura y con tres patas. Un tazón de leche le esperaba caliente y, de rodillas ante él, lo tomó con ambas manos llevándoselo a la boca con ansia. Llamó a su madre, pero el único sonido que recibió por respuesta fue el ladrido de Caín, su perro labrador color canela que jadeaba al otro lado de la puerta esperando poder entrar.

Volvió a llamar a su madre, pero nada rompió el insoportable silencio del interior de la casa. Lucía optó por abrir la puerta a su perrito que, a pesar de ser un cachorro, tenía ya la fuerza de un león y le abrazó efusivamente para regocijo de éste. “¿Dónde está mamá, lo sabes Caín?”. Por respuesta sólo recibió los húmedos lengüetazos de su perrito.

El frío aliento del valle se empeñaba en entrar por la puerta, sin haber sido invitado, e inundaba el interior con una desapacible y fría nebulosa.

Tomó el desayuno, apesadumbrada por la ausencia de su madre, y fregó el tazón. Después lo dejó de nuevo sobre la banqueta diminuta de la cocina para que éste se secase. Su madre no llegaba. No podía estar lejos, el cuenco aún conservaba la leche caliente cuando Lucía había llegado a la cocina, por tanto su madre no tardaría en regresar. Aunque se empezaba a preocupar. Temía que la niebla densa del valle la hubiera desorientado y vagase perdida tratando de encontrar la casa. Miró nuevamente por la ventana pero lo único en movimiento eran las hojas de los árboles que trataban sin victoria de espantar a la niebla y alejarla de sus dominios. Los pájaros revoloteaban en busca de semillas e insectos, pero ese día no se escuchaban sus trinos. Caín la abstrajo de su observación con el ruido de las uñas de sus patas delanteras que maltrataban la madera de la puerta de entrada en un frenético impulso por salir. ¿Había alguien allí?

Lucía corrió apresurada hacia la puerta esperando ver la silueta de su madre al otro lado del umbral. Pero cuando la abrió no vio otra cosa que el silencio y la desesperación ocultos tras la bruma. Allí no había nadie. Ni tan siquiera los pajarillos que, espantados al oír el crujido de la puerta al abrirse, habían huido hacia la alta copa de los árboles desde donde impacientes esperaban el momento de poder continuar con su natural tarea.

“¡Mamá!”, gritó al viento. Pero éste tan sólo le devolvió un susurro lejano que no fue capaz de descifrar la pequeña. “¿Dónde estás?”, gimoteó más que gritar. Las lágrimas le empezaban a atenazar sus cuerdas vocales y de su boca sólo se escuchaba la agonía del lamento.

Caín salió corriendo tras un conejo que, despistado, se había acercado demasiado. Sabía que resultaría inútil llamarle así que se conformó con verle alejarse mientras la dejaba abandonada. Se metió de nuevo en la casa olvidando dejar la puerta abierta para que, cuando su perrito color canela regresara, pudiera entrar. Esperaba que no se perdiera entre la oscura sombra que los árboles proyectaban sobre el suelo del bosque. Y siguió pegada a los cristales de la ventana agazapada tras las cortinas de su habitación. Al otro lado del cristal, las nubes jugueteaban entre ellas chocando entre sí a escasos metros de sus ojos, negándole el paisaje con el que todas las mañanas se deleitaba antes del desayuno. La niebla no cejaba en su empeño y provocaba una congoja en Lucía que comenzaba a ser insoportable. Preguntó inquisitivamente a las montañas que en ese momento se le antojaron a la niña dos enormes fresones con la puntita manchada de nata. Pero éstas, al igual que el viento, sólo le correspondieron con un casi imperceptible e indescifrable bisbiseo.

El sonido de una lágrima al chocar contra la poyata de la ventana distrajo su mirada a través de los cristales. Estaba llorando. Se metió en su cama de nuevo y, como hacía las noches en que las pesadillas le asaltaban sin permiso previo, se acurrucó en su cama, bajo la colcha, y cantó canciones. Las mismas que su madre le cantaba cuando era más pequeña. Ya cada vez menos. No recordaba cuando fue la última vez que se las escuchó.

Desde su refugio oyó el ruido de un motor que se aproximaba. Descendió las escaleras apresurada, abrió la puerta, pero lo único que allí había era un pequeño aeroplano que apenas consiguió divisar y que surcaba las nubes en dirección a las dos montañas. Nada más, ni rastro de su madre. “¿Dónde estás mamá?”, trató de gritar desesperadamente, pero su voz ya estaba quebrada por el llanto y su boca sólo expelió un gutural sonido similar a un quejido.

Se acostó de nuevo. Llevaba unos días que le dolía mucho la cabeza y dormía más de lo habitual. La misma niebla que desafiante campaba por el valle, su valle, ahora se había instalado dentro de su cabeza impidiéndole razonar. Y con ella se durmió, abrazada a su muñeca de trapo, temiendo enfrentarse de nuevo a las horribles pesadillas que le acosaban durante la noche.

A la mañana siguiente se sucedió el mismo ritual. Lucía después de contemplar las dos colosales montañas a través de su ventana, bajó y vio su desayuno, caliente, en un tazón sobre la pequeña banqueta de madera en la cocina. El día había amanecido más claro que el anterior, pero la bruma de su interior permanecía dentro de su cabeza. Llamó a su madre, recordaba que le había prometido ir esa mañana de excursión, pero no estaba en casa. Gritó, mas por respuesta sólo obtuvo los ladridos de su perro Caín que arañaba la puerta tratando entrar en la casa. Abrió y le preguntó por su madre. Caín meneaba su colita y agitaba sus patitas contra el suelo. Estaba especialmente revoltoso esa mañana. Se oían voces a lo lejos y más ladridos de perros, pero Lucía estaba débil y confusa. Había tenido sueños horribles de los que no quería acordarse. Sueños que le costaba diferenciar de la realidad. Contempló las impasibles montañas mientras confundía los sonidos que le llegaban con los cantos que su madre le obsequiaba por las noches. Gritos que, poco a poco, se oían más cerca. Ladridos más cercanos. Los dueños de las voces se aproximaban, pero ella ya no los podía escuchar. Su cabeza estaba confusa y los párpados cedían de forma irremisible. Las fuerzas flaquearon como venía siendo habitual en los últimos días y cayó al suelo inconsciente ante los desesperados ladridos de Caín.

Un día más tarde, en la cama de un hospital de edificio antiguo, recubierto de piedra granítica, una niña de siete años se recuperaba en una cama de barrotes metálicos y colchón desgastado. El tablero sobre el testero de la cama informaba de su cuadro clínico: anemia como consecuencia de haber pasado más de un mes tan sólo alimentada por la leche que sobre un tazón le dejaban todas las mañanas. En una pequeña mesilla, junto a la cama, había un periódico. En el titular de la primera página rezaba: “La niña que fue rescatada ayer en la pequeña casa de la montaña, la de madera con la gran chimenea de piedra, se recupera favorablemente. Se cree que salió con su madre de excursión por una ruta de difícil accesibilidad. Eligieron mal el día y cabe suponer que una densa niebla les invadió durante la travesía, en lo más alto de la ladera, y ambas perdieron el rumbo. Lamentablemente la madre ha aparecido muerta en la fuente de piedra, probablemente se golpeó en su cabeza con los muros al acercarse a beber agua. Quizá por un desafortunado tropiezo ante la falta de visibilidad. Se cree que la niña volvió a la casa y se refugió en ella confusa como debía estar. Aún se desconoce cómo pudo llegar sola de vuelta y cómo se ha alimentado durante estos días. ¡Misterios de la naturaleza! Lo que sí se conoce con certeza es que su perro, de raza labrador, todas las mañanas acudía al pueblo solicitando auxilio. Hasta que dos vecinos le siguieron, pasado un mes del fatal suceso, y dieron con la niña en estado de inconsciencia ante la puerta de su casa.”

El médico que la estaba atendiendo decidió tomarse un momento de asueto, cerró la cortina para que el incipiente sol no turbase el descanso de la pequeña y se sentó en la silla aledaña a la cama. Cogió el periódico y pasó las páginas distraídamente sin mostrar demasiada atención a la letra impresa. En la cuarta hoja del diario, un pastor declaraba haber visto una manada de lobos por la zona, probablemente estaban criando ya que las lobas venían acompañadas de varios lobeznos. La noticia urgía a los poderes públicos a organizar una batida para hacer desparecer tan dañino animal, al cual convenía erradicar de la zona decía el redactor con saña. El doctor se levantó, acarició la cara de la pequeña Lucía que aún estaba muy débil y continuó su ronda de visitas satisfecho por la evolución de su paciente.

Esa misma mañana, la loba gris con motas blancas que habitualmente se venía distrayendo cautelosamente de la manada, visitó la casita de madera y se introdujo en ella a través de la ventana trasera que habitualmente permanecía abierta, como venía haciendo desde hacía aproximadamente un mes. Comprobó con satisfacción que el tazón que había dejado el día anterior estaba intacto y lleno de su leche ya fría, y supo que el encargo de aquella mujer cuya silueta se confundía con la niebla, estaba ya concluido.
Un mes antes, estaba cazando con la manada cerca de la fuente de la montaña y una figura indefinida surgida entre la negrura de la bruma, le rogó que guiase a la pequeña niña hasta la casa de madera en el valle y que le cediera parte de su leche. No pudo negarse a ello. Ella también era madre.

Ahora podría dedicarse íntegramente a su camada, su misión había acabado.

FIN

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