La Reina 3

Relato de María Luisa Carrión

En el Madrid de principios del siglo XX las noches de lujuria estaban servidas a gusto de los señoritos, enviados muchos por sus padres a estudiar –lo cual no hacían- viviendo a tope, siendo la mayoría de ellos los típicos mujeriegos y vividores.

Solían ir a un cabaret de los de moda de la época donde cantaba una joven gitana muy guapa. Esteban no pudo resistirse a sus encantos ya que ella sabiéndose joven y bella, aumentaba con sus bailes provocadores a la vez que con las letras picaronas y sensuales que solía cantar. El quedó prendado hasta el punto de ir todas las noches a su actuación.

La gitana a la que por nombre artístico le pusieron “La Reina” estaba casada con un hombre de su misma raza al que la prometieron cuando era aún una niña, como es costumbre entre familias de esta etnia.

Casada en contra de su voluntad, era infeliz, sintiéndose explotada y utilizada por su marido, al que no le importaba que ella coqueteara con otros hombres si con ello ganaba dinero, que se gastaba más tarde, con su amante.

Esteban era un señorito andaluz que estaba en Madrid para estudiar según creían sus padres, pero su destino cambió cuando conoció a La Reina. Casualidad que ella también se enamoró de este joven moreno de ojos verdes y unos labios carnosos que le cortaban la respiración a la joven de tez morena, con un pelo negro como el azabache desbordante de sensualidad por todos los poros de su cuerpo, y gracia hasta decir basta. Estaban enamorados y no cabían dudas hasta el punto que el marido de ella que siempre la incitaba a ser sensual con los hombres que acudían al cabaret, llego a prohibirle que este fuese a su camerino y aceptase obsequios. Algunos de ellos muy valiosos.

Pasado un tiempo, Esteban que había dejado de ir a las actuaciones de La Reina por no comprometerla, le hizo llegar una carta con un amigo en la que le daba una dirección y hora donde poder verse, ya que no podía sacarla de su vida sin más. Estaba dispuesto a todo por esa hermosa gitana que lo estaba volviendo loco.

Acudió con mucho riesgo a la dirección que él le había indicado, pensando que estaba segura, pero lo que ignoraba era que su marido celoso de ella la hacía seguir por un amigo y compañero de fechorías, siendo estas de muy baja moralidad.

Los dos decidieron en esa cita huir a otro país, llevándose al hijo que tenia de su marido, sin importarles lo que pudiera pasarles. El compraría los pasajes para Argentina en un barco que salía de Barcelona llegando allí en tren, siempre en el más estricto secreto.

Cual fue la sorpresa de La Reina aquella noche cuando su marido le pidió que se pusiera el vestido más bonito, se pintara como nunca para la actuación, alegando que quería se hiciese aún más famosa. Ella accedió para no hacerle enfadar y esa noche La Reina salió al escenario, tal  y como su nombre la definía. Puso el cabaret en pie y los aplausos no paraban de sonar, -algo nunca visto- para el agrado del dueño del local, ya que esto le suponía fama y más ingresos, llegando a pensar que había hecho una gran adquisición contratando a La Reina.

El vestido era rojo  y del mismo color se puso dos claveles en el pelo, recogiendo la preciosa melena en un lado, quedando los claveles junto a la nunca y despejando su precioso cuello.

Al final de la actuación, como por azar, vio que Esteban se encontraba entre el público y su cara cambio de color, pero inmediatamente su marido estaba a su lado vestido muy elegantemente sin perder su estilo gitano y, comunicó al público asistente que La Reina se despedía, porque tenía pensado salir para otros países a llevar su arte.    Ella ensombreció de repente pensando que no podía mantenerse en pie y de un momento a otro caería, -cosa que ocurrió- pero no fue por su voluntad. Su marido obligo a Esteban a que estuviese presente en el momento que el con una navaja le pincho en el cuello a La Reina delante de todos junto a los claveles, que le habían retirado el pelo dejando el cuello libre para su brutal puñalada.

Así murió La Reina, pero lo hizo en brazos de Esteban, ya que su marido huyó como un cobarde, dejándola tirada en el suelo desangrándose. Aun tuvieron tiempo de darse el último beso.

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