Poemas de Ana María Lorenzo


Gorriones

Trabajadores de la migaja.
Gorriones de arrabales
tejen su nido
a pesar de los riesgos.

Relámpagos de pluma
se posan en las ventanas y balcones;
corretean por las aceras
y trinan a la alborada.

Al ritmo de las nubes,
van y vienen;
arrebatados y alegres
compañeros volantes de vida.

Sufridores de los vientos,
del frio intenso,
del caer de la lluvia,
corren a cubrirse bajo techumbre.

Escondidas sus cabezas bajo las alas;
mojadas sus patitas,
son frágiles esculturas
sin ruido.

De árbol en árbol,
tallas vivientes
irrumpen con sus voces la fresca mañana
y a las almas que escuchan sus cantos.

El gorrión ya está cansado.
Se deshojan los sauces.
Piquito de inocencia
que muere a la sombra de las flores.

Del libro "Bajo los altos cirros".


Salud, mundo

De las cosas políticas
y del loco delirio,
inhalo grandes bocanadas de humo.

Coser de las palabras
de un mundo sin conciencia.
Y me río de lo que muestran.

Y soy poeta gimiendo
con polvos para inválidos
e inconformismo para otros.

El negro cuervo
bate sus alas acusando
mi pereza.

También yo soy intraducible
como los parlantes de boca ancha.      
Me entrego al aire.
Me entrego al lodo.
Me pierdo y me detengo.

¿Dónde está la cosecha?

¡Mirad qué modo de vida ésta!
¡Mirad voltear al globo!
¡Mirad que tiempo de bobos!

¡Salud, mundo!
Entro en ti.
Camino.
Observo.
Y creo en lo que no se ve
y en las lejanas estrellas.

Me marcho. 


Libertad

No perdáis valor, amigos míos.
La libertad vendrá con silente paso,
caminando sin bastón.
Nada promete.
Con calma reina
en la orilla de allá, 
en la orilla de acá. 
Regocijada como pájaro en cielo azul.
Liberada de toda carga.
Independiente.
Extasiada en sí para el ser.
Suave, suave…
No es solamente el viento quien la anuncia.
Personas del todo extrañas
se esparcen en turba.
Aguardan a que todo pase
y rompan las cadenas que atan. 
Que el fresco trago del pozo
sepa tan bien 
como las despiertas causas,
donde la libertad no abandona
y sabe de los infundios.
¡Valor pues, amigos míos!
Que hasta que acabe todo,
no debéis cesar vosotros.


En el rincón de la sombra

De una sombra a otra,
nadie sabe que estás escondido.
Pareces crepúsculo de otoño
cargado de tímidos rayos, 
marchando por la existencia.
Viejo el rostro del pilar que te sustenta,
se despierta y mira
la hermosa estela que vas dejando. 
Quebrados ojos que te admiran,
explotan de amor como ciertos pétalos.
Ven, ven…
Y tu alma vuelve 
al sendero que marcó la vida,
abrazando y sonriente,
y los besos que se repiten.
Si me fuera volando,
volando sé acudieras
mientras flores nacieran 
a la luz de tu figura.

En el rincón de la sombra
está el hijo soñando.
Sombra que juega.
Sombra que crece.
Sombra que me sigue.
Sombra que me cuida.
Sombra pegada a mi sombra.
¿Cómo no amar a su sombra?



Tras la ventana del fortín

Había un barco que cruzaba
bajo la ventana del fortín.
El sol salía ahora,
salía desde el mar.
Y el viento sur seguía
el deshilachado velado rojo
de los perdidos ojos 
que miran las aves volar. 
Día tras día,
agotado y sin aliento,
cautivo de paredes gruesas,
moría lentamente, 
y sólo el mástil veía quieto
cuando paraba el motor en seco. 
Me golpeo el pecho,
como soplo de tormenta
que agita la débil mente
y veo inclinada el asta 
y la proa goteante.
Hubo un tiempo 
donde pasé flotando a la deriva
por el verde esmeralda.
Nueve ocasos de refulgente luna.
Blanca espuma saltaba 
y el mar callaba. 
Ahora miro por el hueco abierto,
prisionero como Dantes en su mazmorra.
Y pintadas parecen las aguas claras;
adormilas las olas quietas. 
Agua y más agua…
En todas partes. 
Cercando las toscas rocas.
Lejano el horizonte...
El faro escondido.
Y la boca seca.

Agito el brazo tras el hueco,
pido piedad a los albatros.


Gotas de risa floja

Es fácil reír
entre coléricos elementos,
bañada en rojo vino
y entrañas de cordero.

Navego en la curiosa barca
bajo la estrella de la mañana.
Chalana de deseos
donde se ven veloces alas
hacia los hirvientes manantiales
en combate de boxeo.

Toma los cielos, Musa,
que es como coger las rosas
que cayeran de mi pluma.
Chispas embriagadoras de empeños,
de versos divididos en sueños.

Velo.
He aquí la soledad.
Pienso en la felicidad
como ancla entre luceros.
Siento.
Bebo de la copa rota
y floto tocada por los besos.
Miro,
y arrecia el viento.

Suelto el cabello al aire.
Soy poeta iluminada.
Soy viuda vieja.
Soy gota de risa floja,
inquieta.



Al Cristo de Velázquez

Caí en trance cuando te vi
con tus brazos abiertos.
Íntimo, doloroso y cruel
pero lleno de ternura.

El sueño duerme tu rostro
con esa luz de luna clara,
abriendo al mundo tu pecho,
sin latidos, pero no muerto.
Fue el amor quien llevó de la mano
el pincel de Velázquez.
Aventura que sobrevive
resignado en el salón del Prado
Nazareno que sucumbiste
de pleno agrado.
¿Qué piensas hoy al mirarnos?
Espejos de tu corona de espinas.
Blanco tu cuerpo
en esta noche oscura.
Solitaria esta tierra yerma
de corazones apaisados.
No hay ojos que por ti velen
con el rigor de la pureza,
y aún el dulzor aparece en tu rostro
¡Tan callado! ¡Con tanta belleza!
Néctar pongas de eternidad
en el corazón humano
aun cuando parezcas inerte, apolíneo
y clavado con cuatro clavos.
Espiritualidad y misterio
que haces sentir
a la fuerza de las fuerzas,
el temblor del dolor humano.
Alarde de maestría
de un frontal tan sereno,
que hace al humano sentimiento
sentirse pequeño.
Conciencia que supo el maestro,
mostrar al mundo tu bravura,
que duerme apacible y sola,
esperando la respuesta del hombre.
Velada noche para el mundo,
luz en la pintura.



Sueños de guijarros

Visión agridulce
del precio de la libertad.
Colgados penden los anhelos,
en un frágil volar de posibilidad.
Interrogantes fluyen en cascada.
Velada realidad,
que aunque cotidiana,
se ignora para evitar 
las pesadas anclas del arrastre 
donde la imaginación duerme
en jaula gris.
Extraña sensación de libertad cautiva.
Ave de poco sentimiento 
que grita en las alturas 
para caer en avalancha de frustraciones.

Sueños de guijarros 
en los recodos de los arroyos. 
Por un rato sin precio
cuando lo hacen sin conciencia;
por otro la realidad cobra su cuota
de amargura con creces.

Volar, andar… sin aprender,
estulta falta de sentido común.