Poemas de Ana María Lorenzo


Tras la ventana del fortín

Había un barco que cruzaba
bajo la ventana del fortín.
El sol salía ahora,
salía desde el mar.
Y el viento sur seguía
el deshilachado velado rojo
de los perdidos ojos 
que miran las aves volar. 
Día tras día,
agotado y sin aliento,
cautivo de paredes gruesas,
moría lentamente, 
y sólo el mástil veía quieto
cuando paraba el motor en seco. 
Me golpeo el pecho,
como soplo de tormenta
que agita la débil mente
y veo inclinada el asta 
y la proa goteante.
Hubo un tiempo 
donde pasé flotando a la deriva
por el verde esmeralda.
Nueve ocasos de refulgente luna.
Blanca espuma saltaba 
y el mar callaba. 
Ahora miro por el hueco abierto,
prisionero como Dantes en su mazmorra.
Y pintadas parecen las aguas claras;
adormilas las olas quietas. 
Agua y más agua…
En todas partes. 
Cercando las toscas rocas.
Lejano el horizonte...
El faro escondido.
Y la boca seca.

Agito el brazo tras el hueco,
pido piedad a los albatros.

Gotas de risa floja

Es fácil reír
entre coléricos elementos,
bañada en rojo vino
y entrañas de cordero.

Navego en la curiosa barca
bajo la estrella de la mañana.
Chalana de deseos
donde se ven veloces alas
hacia los hirvientes manantiales
en combate de boxeo.

Toma los cielos, Musa,
que es como coger las rosas
que cayeran de mi pluma.
Chispas embriagadoras de empeños,
de versos divididos en sueños.

Velo.
He aquí la soledad.
Pienso en la felicidad
como ancla entre luceros.
Siento.
Bebo de la copa rota
y floto tocada por los besos.
Miro,
y arrecia el viento.

Suelto el cabello al aire.
Soy poeta iluminada.
Soy viuda vieja.
Soy gota de risa floja,
inquieta.


Al Cristo de Velázquez

Caí en trance cuando te vi
con tus brazos abiertos.
Íntimo, doloroso y cruel
pero lleno de ternura.

El sueño duerme tu rostro
con esa luz de luna clara,
abriendo al mundo tu pecho,
sin latidos, pero no muerto.
Fue el amor quien llevó de la mano
el pincel de Velázquez.
Aventura que sobrevive
resignado en el salón del Prado
Nazareno que sucumbiste
de pleno agrado.
¿Qué piensas hoy al mirarnos?
Espejos de tu corona de espinas.
Blanco tu cuerpo
en esta noche oscura.
Solitaria esta tierra yerma
de corazones apaisados.
No hay ojos que por ti velen
con el rigor de la pureza,
y aún el dulzor aparece en tu rostro
¡Tan callado! ¡Con tanta belleza!
Néctar pongas de eternidad
en el corazón humano
aun cuando parezcas inerte, apolíneo
y clavado con cuatro clavos.
Espiritualidad y misterio
que haces sentir
a la fuerza de las fuerzas,
el temblor del dolor humano.
Alarde de maestría
de un frontal tan sereno,
que hace al humano sentimiento
sentirse pequeño.
Conciencia que supo el maestro,
mostrar al mundo tu bravura,
que duerme apacible y sola,
esperando la respuesta del hombre.
Velada noche para el mundo,
luz en la pintura.


Sueños de guijarros

Visión agridulce
del precio de la libertad.
Colgados penden los anhelos,
en un frágil volar de posibilidad.
Interrogantes fluyen en cascada.
Velada realidad,
que aunque cotidiana,
se ignora para evitar 
las pesadas anclas del arrastre 
donde la imaginación duerme
en jaula gris.
Extraña sensación de libertad cautiva.
Ave de poco sentimiento 
que grita en las alturas 
para caer en avalancha de frustraciones.

Sueños de guijarros 
en los recodos de los arroyos. 
Por un rato sin precio
cuando lo hacen sin conciencia;
por otro la realidad cobra su cuota
de amargura con creces.

Volar, andar… sin aprender,
estulta falta de sentido común.