Poemas y relatos de María Luisa Carrión


Dulce mujer

Dulce mujer
junto a la mar descalza.
Siendo tú la rosa
que un día
durmió en mi regazo.
Días dichosos
que regresáis de lejos,
¡casi olvidados!
hoy os traen, las alegres olas
de mis años risueños.
Me encuentro ahora
en una vereda,
¡estoy dichoso!
Siento que soy una estela,
en el silencio de la sombra.


Besos antiguos

Mis manos van trazando
estos versos que el olvido
borrará sin duda.

¿Se llevarán los años
tantas ilusiones?
Besos antiguos
que no han muerto.

¡Dudo si fue cierto,
quizás esté soñando!

Aquella casa de mis abuelos
blanca y rosa
como mi inocencia
aún sin despertar.
Conservando intacta
mi original pureza.

Siento una proximidad
que me estremece
y me pregunto
si es verdad que fui joven.
Hoy, sólo soy poeta.



El ritmo de la vida

¿Para qué vuelve a sonar 
la  música del mundo
si no es para sentir
el ritmo de la vida en el alma?

Se contrae la garganta del tenor, 
canta con una laringe rota.
Nuestro oficio no es nuestro destino,
el alma es lo que cuenta.

Más allá al final del mar
está la isla que busca el navegante,
no sé qué espera encontrar en ella
yo sólo vine aquí para cantar.

Encontré rotas las cuerdas de la guitarra,
me sentí vacía, desolada… 
ella no sabe que su sonido me hace feliz.

La música y el baile,
el gozo de estar juntos
dan sentido a mi vida, 
más se detuvo la música…
y con ella, todo el ritmo de la vida.



Ese mar de amor

Sin apartar mis ojos de los tuyos
de mirar vivo y profundo,
azules como un cielo recién estrenado.

Aquella niña de inmaculada inocencia
que hasta ese momento fui,
supo que todo estaba escrito.

El universo se había detenido,
piel y alma se habían aliado…
dejándome llevar por mi debilidad.

Con la mirada de una amante fiel, 
mi cuerpo comenzó a sentir 
un primitivo latir de vida.

Ese mar de amor  que me habitaba,
guardaba en mi interior
un corazón desbocado.

El destino es nuestro, es de nuestra medida.
Si te quedas a mi lado siempre seré,
el aire que necesitas.



Abrazada a tu recuerdo

Duermo abrazada a tu recuerdo.
Las dudas son culpa de la mente.
Sólo el corazón las despeja
siendo el único que a gritos habla.
Tu felicidad
es la meta de mi esfuerzo.
Un rayo de amapolas
incendia nuestro amor.
Me rindo ante el olvido.
Nos llaman desde el umbral
de un sueño detenido y
lloro por los dos.
¡Escucha!
que mi corazón
grita tu nombre y…
por los dos beso.
Escucha con cautela
el silbido del viento,
que dibujó mi beso en el agua
una paloma.


Tiempo de rosas

Los días que vendrán
ya vinieron,
pienso que el verano
va a quedarse para siempre.

Los días poco a poco
van menguando,
un día cuando vuelvas
me buscarás en vano.

No te exigía nada,
el egoísmo se aclimata,
querer no sabe cualquiera,
¡Hice del orgullo mi bandera!

La amistad se confunde
muchas veces con amor,
sólo he sido una más…
el circulo se ha cerrado.

De aquel tiempo de rosas
nada queda,

cuando vuelva a nacer,
desnudaré mi alma. 



La Reina 3

En el Madrid de principios del siglo XX las noches de lujuria estaban servidas a gusto de los señoritos, enviados muchos por sus padres a estudiar –lo cual no hacían- viviendo a tope, siendo la mayoría de ellos los típicos mujeriegos y vividores.

Solían ir a un cabaret de los de moda de la época donde cantaba una joven gitana muy guapa. Esteban no pudo resistirse a sus encantos ya que ella sabiéndose joven y bella, aumentaba con sus bailes provocadores a la vez que con las letras picaronas y sensuales que solía cantar. El quedó prendado hasta el punto de ir todas las noches a su actuación.

La gitana a la que por nombre artístico le pusieron “La Reina” estaba casada con un hombre de su misma raza al que la prometieron cuando era aún una niña, como es costumbre entre familias de esta etnia.

Casada en contra de su voluntad, era infeliz, sintiéndose explotada y utilizada por su marido, al que no le importaba que ella coqueteara con otros hombres si con ello ganaba dinero, que se gastaba más tarde, con su amante.

Esteban era un señorito andaluz que estaba en Madrid para estudiar según creían sus padres, pero su destino cambió cuando conoció a La Reina. Casualidad que ella también se enamoró de este joven moreno de ojos verdes y unos labios carnosos que le cortaban la respiración a la joven de tez morena, con un pelo negro como el azabache desbordante de sensualidad por todos los poros de su cuerpo, y gracia hasta decir basta. Estaban enamorados y no cabían dudas hasta el punto que el marido de ella que siempre la incitaba a ser sensual con los hombres que acudían al cabaret, llego a prohibirle que este fuese a su camerino y aceptase obsequios. Algunos de ellos muy valiosos.

Pasado un tiempo, Esteban que había dejado de ir a las actuaciones de La Reina por no comprometerla, le hizo llegar una carta con un amigo en la que le daba una dirección y hora donde poder verse, ya que no podía sacarla de su vida sin más. Estaba dispuesto a todo por esa hermosa gitana que lo estaba volviendo loco.

Acudió con mucho riesgo a la dirección que él le había indicado, pensando que estaba segura, pero lo que ignoraba era que su marido celoso de ella la hacía seguir por un amigo y compañero de fechorías, siendo estas de muy baja moralidad.

Los dos decidieron en esa cita huir a otro país, llevándose al hijo que tenia de su marido, sin importarles lo que pudiera pasarles. El compraría los pasajes para Argentina en un barco que salía de Barcelona llegando allí en tren, siempre en el más estricto secreto.

Cual fue la sorpresa de La Reina aquella noche cuando su marido le pidió que se pusiera el vestido más bonito, se pintara como nunca para la actuación, alegando que quería se hiciese aún más famosa. Ella accedió para no hacerle enfadar y esa noche La Reina salió al escenario, tal  y como su nombre la definía. Puso el cabaret en pie y los aplausos no paraban de sonar, -algo nunca visto- para el agrado del dueño del local, ya que esto le suponía fama y más ingresos, llegando a pensar que había hecho una gran adquisición contratando a La Reina.

El vestido era rojo  y del mismo color se puso dos claveles en el pelo, recogiendo la preciosa melena en un lado, quedando los claveles junto a la nunca y despejando su precioso cuello.

Al final de la actuación, como por azar, vio que Esteban se encontraba entre el público y su cara cambio de color, pero inmediatamente su marido estaba a su lado vestido muy elegantemente sin perder su estilo gitano y, comunicó al público asistente que La Reina se despedía, porque tenía pensado salir para otros países a llevar su arte.    Ella ensombreció de repente pensando que no podía mantenerse en pie y de un momento a otro caería, -cosa que ocurrió- pero no fue por su voluntad. Su marido obligo a Esteban a que estuviese presente en el momento que el con una navaja le pincho en el cuello a La Reina delante de todos junto a los claveles, que le habían retirado el pelo dejando el cuello libre para su brutal puñalada.

Así murió La Reina, pero lo hizo en brazos de Esteban, ya que su marido huyó como un cobarde, dejándola tirada en el suelo desangrándose. Aun tuvieron tiempo de darse el último beso.