Cartas de Molay

Carta de Juan A. Pellicer

Introducción a la Cartas Epistolares

El género epistolar, cuya forma de expresión tradicional es el texto que comúnmente conocemos como carta, es uno de los más libres que existe dado que abarca una gran cantidad de temas y propósitos, expuestos de manera diversa, siempre y cuando cuente con un destinatario a quien va dirigida la carta y sus respectivos encabezamiento, saludo y despedida. Sus límites dependen de la información que transmite y del tipo de carta.  Al tratarse de una “conversación” retardada, implica la utilización de rasgos propios del lenguaje oral, que se acentuarán más o menos según el tipo de carta. En su elaboración intervienen, además, otros tipos de escrito: la narración, la descripción y la exposición. La carta es la manifestación estrella del género epistolar. La literatura habla del género epistolar, pero no lo incluye dentro de la consideración de los géneros mayores y ha sido catalogada de subgénero, junto con el diario, autobiografía y las memorias.

La carta puede ser real o ficticia. La historia de la literatura nos da buen ejemplo de ello. Muchos escritores, acuden al truco de haber encontrado el principio de una carta, que es la que ha dado lugar a su narración (recordemos la novela Lazarillo de Tormes y tanta otras). También encontramos cartas dentro de otras obras (narrativas o teatrales). Incluso existen obras literarias que son un conjunto de cartas.

En los Siglos de Oro fue muy común entre los escritores la epístola poética.

Los autores ilustrados del siglo XVIII vuelven los ojos a este género. Recordemos las Cartas filosóficas, de Voltaire o Cartas marruecas de José Cadalso o Cartas eruditas y curiosas del Padre Feijoo. En el XIX destaca la obra de Bécquer Cartas literarias a una mujer:


Oda a la vida

Mi querido Mario, tus letras, que desde mi solitaria y particular “celda” comprendo y comparto, no me dejan indiferente. Me hablas de cómo te sientes, de cómo estás llevando tus días de soledad. Me cuentas que a veces –más de las que te gustaría- te sientes cansado de preguntar y preguntarte. Que te sientes preso de la decepción, el asombro y la perplejidad. Que cada vez comprendes menos la ¿realidad? que te rodea…

Aunque no lo creas, leyéndote me encuentro muy cercano a ti porque una extraña sensación, -complicidad/solidaridad-, se adueña de mis sentimientos. Una sensación que paradójicamente me conforta porque en ella descubro, o quiero descubrir, -que para el caso será lo mismo- que formamos parte de ese aparente “ejercito vencido de nómadas y miserables”; de seres humanos unidos ante la misma preocupación que tanto daña… De personas cuya única posesión es su maltrecha dignidad.

Leyéndote me resulta imposible no hablarte de lo que no vemos y sin embargo está. Mejor aún, lo que realmente me resulta imposible es no compartir contigo esta esperanza que sólo es perceptible a los ojos del corazón. Esas miradas que nos hablan desde los silencios.

En una mirada podemos hallar los mundos que habitan entre nosotros. Mundos donde todo cabe, inimaginados; mundos que lo fueron de paz siendo en este presente la guerra, el conflicto, la tensión, los odios, las envidias… y todo lo que nos separa, su único idioma. Donde la locura y el sinsentido se apoderan de todos los momentos, también los hasta ahora reservados para el alma. Mundos donde la palabra parece haber perdido su valor y también su fuerza. Mundos que nos roban el aliento llevándonos por caminos que nunca quisimos recorrer.

¡Fue tanto lo perdido por negarnos, por intentar seguir siendo lo que siempre quisimos ser!

Son días donde el desánimo encuentra morada y reino en cada uno. Donde las preguntas –todas-  parecen quedar sin respuestas.  Donde los derechos –muchos- se sienten pisoteados, o peor aún, ignorados. Días donde el cielo sentimos se nos queda pequeño para poder clamar y la tierra se avergüenza de ser nuestra madre.

En este barrizal de estulticia nos encontramos mi querido amigo. En este aparente callejón sin salida donde igual da mirar adelante o hacía tras. En este mundo que los “dueños de la malicia y la necedad” se han empeñado en construirnos como si nos gustara.  Perdidos. Confundidos.

“El sueño de los que están despiertos, -decía el clásico- era la esperanza” .  Y así debe ser querido Mario. La Esperanza, aquella que ponemos en nuestros amaneceres, no la otra con que cerramos nuestros días. La primera nos regala la sonrisa, nos hace un poco más fuertes y más mi querido amigoexclaviza, nos hace dependientes y vulnerables.nuestros cada d que sñ que veo, pero con los  libres; la segunda nos esclaviza, nos hace dependientes y vulnerables.  

La vida, en su caprichoso devenir nos juega estas pasadas. Nos tiene reservados estos momentos de luces y sombras. A veces los caminos parecen desaparecer bajo nuestros pies quedándonos abrazados a las dudas y los temores.  Se marchan los amores; lejos van quedando los amigos; se olvidaron los abrazos…  y poco a poco parecen apagarse las luces de nuestro particular “escenario” donde tantas representaciones fueron merecedoras de anónimos aplausos, y donde fuimos capaces de romper con la fuerza de la emoción la “cuarta pared” que quiso separarnos. 

Dicen, y yo me lo creo, que la felicidad no está fuera sino dentro de nosotros. Que la libertad tiene que ver con lo que pasa en nuestro interior y no tanto con lo que acontece de puertas afuera. Dicen, y me lo creo, que otros vivieron la paz entre las letras, y dicen, y también esto me lo creo, que muchos encontraron “sus respuestas” en las preguntas que “parían” sus poemas.

Te invito a que juntos nos sumerjamos a través de la poesía en busca de las nuestras.

Acepta, mi querido amigo, estos versos que un día un poeta acaso sin saberlo dejó escritos para ti y para mi.

Estrofas de Oda a la vida (Pablo Neruda)
“… Vida, los pobres

poetas
te creyeron amarga,
no salieron contigo
de la cama
con el viento del mundo.

Recibieron los golpes
sin buscarte,
se barrenaron
un agujero negro
y fueron sumergiéndose
en el luto
de un pozo solitario.

No es verdad, vida,
eres
bella
como la que yo amo
y entre los senos tienes
olor a menta.

…”

Con este dolor que ya pasó, recibe un abrazo.

Juan A. Pellicer
(J. de Molay)

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