Los penúltimos rayos


Poema de Álvaro Cordón

Nadie vislumbra el momento
en que se diluyen, en las rendijas,
los penúltimos rayos, ya violáceos,
que abandonan la tarde que termina,
sin poner cuidado en los resquicios,
como sombra que se pierde entre neblina.

La opacidad avanza sin premura,
como un yo desconocido
que se oculta entre la bruma
de luces en difumino,
como un saludo apartado
sin adiós definitivo.

Motín de pájaros en las ciudades,
invasión de paseos y de avenidas
en jolgorio de trinos estridentes
tomando jardines y palmerales,
rompiendo grises en azules verdes,
quebrando la tenue paz de los parques.

Sobre el puerto las barcas, aún visibles,
alejan sus perfiles lentamente:
primero, lo recto de sus líneas,
sus letreros sin palabras;
después, se aleja el palaje
y los colores se apagan.
Las gaviotas se quedaron
como flotando en el aire,
sobrevolando el cénit de la noche
al margen del claror de las farolas,
como legión de lúctidos crespones,
batiendo: espumas y rumor de olas.

El cielo repliega su regio manto,
de negro terciopelo y de azabache;
en los rincones la luz es exigua,
las agujas del reloj marcan la hora;
en la orilla baila el runrún del agua,
y, el sueño del mar, duerme en su alcoba.

La calma, sin motivo aparente,
hace callar al silencio;
misterio, libertad de madrugada,
soledad en la inmensidad marina;
en el horizonte, despunta el alba,
y el fulgor de las estrellas amaina.

Se oye el canto en la incipiente mañana,
del clamoroso despertar del gallo;
el abrir de sus alas extendidas,
abanica reflejos estelares,
con quiquiriquiés de notas subidas,
a estilo de los últimos juglares.

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