Poemas de Álvaro Cordón

En la noche

Se pasea el olvido...
en la noche,
trazando líneas desdibujadas
sobre luces candentes;
deslizando pensamientos,
sobre papeles vacíos;
mirando luceros...
ebrios de brisa,
sobre negro terciopelo.

Brilla la oscuridad...
en la noche,
inquiriendo destellos celestes
sobre índigo azabache;
alentando miradas,
sobre planos infinitos;
contemplando colores,
quedos de misterio,
sobre horizontes ebúrneos.
Vuela el viento...
en la noche,
cruzando llanos turquesa...
sobre mares grisáceos;
soslayando inquietudes
sobre velero blanco;
cubriendo espacios,
invadidos de aleteos,
sobre vendaval intenso.

Suena un concierto...
en la noche,
dejando silbos sonoros
sobre la brisa marina;
intuyendo cascabeles verdes,
sobre las rosas  marfíleas:
abatiendo acordeones de bronce,
henchidos de alba,
sobre las horas violáceas.


Desesperanza

Quisieron bajar los ángeles hasta la orilla,
para atisbar las efímeras luces
que abandonaban las cercanas colinas.

Entre murmullos, el aire habla de voces
que dejan suspenso el llanto, sin calma.

Cerraron mis ojos ciegos,
abiertos a la barbarie
teñida en colores rojos;
salpicaron mi campo solitario
de pérfidos brotes grises y negros;
volaron, sobre los espacios ocultos,
leves céfiros de reflejos opacos;
cosieron, con hebras desajustadas,
los quejidos de gargantas y enojos,
ahogando palabras vacías de esperanza.

Crujieron las ramas de los árboles,
heridas por los gritos cautivos
de los pájaros sin alma.

Estalló el rumor del río,
bramando entre oscuras mareas,
tintado por los helechos
que lloraban sobre el agua.

Sacudió el temblor de sus tonos
quejumbrosos, de campana,
arañando los silencios
de las máscaras sin cara.

Entre los cielos, una raya,
de azul violeta manchada
con trozos blanco celeste,
tachaba, en el horizonte,
los futuros de la nada.


Siempre el mar


Si todos los marineros,
que navegan en el mar,
se fueran a vivir a tierra,
yo, me quedaría aquí,
como velero perdido,
sentado sobre su orilla,
junto a las gaviotas grises...
al píe de empapadas rocas,
donde las brisas y el aire,
se entretienen con las olas.

Se pierde la vista clara,
en las infinitas perlas,
que forma, al caer, el agua...
precipitada en cascada.

El mar, siempre el mar,
siempre el incansable vaivén
de espuma dorada y verde,
en la soledad más amplia,
más húmeda, más real.

El mar, siempre el mar,
siempre su bruma marina,
en calma, o en tempestad;
siempre su eterna llamada
para viajar, en sus mareas,
en barcos de blancas velas,
surcando la libertad. 


Tocó la noche arrebato


Tocó la noche arrebato,

y aparecieron las sombras;
la oscuridad se expandió,
llenando de manchas negras
las veleidades del río;
se fue la luz de las estrellas,
y el balcón de la luna...
quedó vacío.

Sólo la luz de los cirios,
llenos de penumbras rotas,
parpadeaba, resquebrajándose,
en las irregularidades planas
que cuelgan de las paredes,
trastocando los sentidos;
se ausentó el ruido de la tarde,
y despertó el silencio.

Saltaron las contenidas lágrimas
de la humedad de sus ojos,
no por el dolor de la pena
que se acumula en  los hechos,
sino por las horas grises
que merodean irredentas,
en la desabridez ocre
de una realidad adversa.


¡Tristeza del alma!

¡Tristeza del alma!,

déjame gozar de la alegría,
déjame olvidar los malos ratos;
deja que la incrédula música,
inunde los páramos abiertos.

Que los violines sonrían,
silenciando los contrastes...
chirriantes, descontentos,
en las horas de los días.

Aunque sólo sea una vez,
deja que las desgracias
se oculten, descuidadas,
entre los rizos de seda
de las suaves caricias.

Hoy, no traigas penas
al portal de mi memoria;
déjame gozar del aire,
sin la tormenta del viento;
como si fuera una brisa,
que escapa del pensamiento.

Hoy, tráeme, sólo el frescor
de la lluvia fina,
sin la frialdad del hielo,
menuda, transparente, tibia,
 gota a gota sobre el suelo.
                                                                           
Déjame soñar con lo imposible,
tumbado sobre la hierba;
déjame contar estrellas,
con sus puntas de marfiles
y sus párpados de arena.

¡Tristeza del alma!,
mañana será otro día,
mañana, volverá la vista a ti.

Pero hoy,
¡por favor!,
déjame que sonría.   


En los prolegómenos


En los prolegómenos de un tiempo en sordina,
cuando las vaciedades eran promesas,
y la luz de la calle estaba oscura,
siempre quedaba un resquicio abierto
a la esperanza de una nueva vida.

En aquel tiempo...
en que las soledades se cubrían de palabras,
y las maldades se miraban desde lejos,
no tenía sentido contar los segundos...
ni era importante lo mucho y lo poco.

En aquel espacio...
de áureos futuros imposibles,
aún los horizontes eran infinitos...
y sus metas, se perdían en lo ignoto
de la azul extensión de sus paisajes.

Sonaron las trompetas del alba,
al despertar el día...
dejaron sus nidos los pájaros verdes
invadiendo la soledad temprana;
enmudeció la sólea claridad
del rocío... en las espigas de plata.                                                                            

En la cúspide de los insensatos,
pululan los magos de la memoria,
reclamando su papel de divo,
su sitio en la trinidad del mundo,
su bastón de poder definitivo.

En las sombras de la noche,
se agitan las madrugadas
en desafío manifiesto,
indagando los matices del alba,
para abrir las ventanas de lo incierto.

Sobre la gris neblina que se expande,
llenando de cataratas las luces
que alumbran inesperados futuros,
titilan las desvencijadas causas
en ecos de pasados inconclusos.


El día de ayer

El día de ayer,
no volverá a repetirse;
ni el de hoy.

Habrá otros días,
otros instantes distintos,
pero, nunca más,
será de nuevo aquel día.

Mañana, es lo por venir,
la aurora y el despertar.
lo que espera,
lo que pronto pasará.

Y vendrán otros días,
a las orillas del mar,
para después ausentarse,
tocando la medianoche,
frontera de los despidos
del adiós de los amores.

A veces,
me permito no pensar,
y vago en el descuido,
entre sinsaberes ambiguos,
con el tiempo como amigo.

En esa parada,
de intranscendencia forzada,
cuando nada importa,
y el presente es olvido,
devengo en redondeles vacíos
de pretéritos perdidos.

Y ya, sin ayer,
con el día de hoy concluido,
Me voy hacia el futuro,
pisando ahora dinteles
de un luego prematuro.

Lo cierto se ha hecho etéreo,
lo ausente ronda en el recuerdo,
y el recital de la vida
rueda entre los momentos.


Ciudad querida

Miré, con el pensamiento,
a mi ciudad querida;
los caminos donde andaba,
sus rincones y avenidas.

Las manos en el bolsillo,
jugando con las monedas;
el descuido, atento al río,
y los pies pisando arenas.

Al compás de las pisadas,
marcaba el ritmo del tiempo;
pensaba en los amigos,
en su amistad y su charla.

Quise traspasar olvidos,
cubriéndolos de recuerdos;
iba buscando el pasado...
en la brisa de la playa,
y en el azul de su cielo.

Apoyado en la muralla...
que vigila la farola,
quedé al atardecer,
dejando pasar las horas.

La marea de las palabras
rompió aquellos momentos...
de las miradas perdidas
sobre las calles del Pueblo.

Mi mirada sobre el puerto,
mis sueños en la bahía,
mis tardes sobre la tarde…
el trascurrir de los días.


No llores

No llores, cuando le pena te acucie
con brisas de tosco viraje;
respira, ralentiza la noche,
Apaga el candil de la incertidumbre
y cuenta las estrellas que duermen.

Tal vez, no sean importantes
las cuitas de tus desvelos:
y, en todo caso, aletea,
entre sus oscuros pináculos,
antes de emprender el vuelo.

En la corta vida que nos damos,
arribada de penas y alegrías,
nunca los males fueron eternos,
ni el negro pesar calmó los ánimos,
ni el dolor abrió horizontes nuevos.

La existencia, ronda como un presagio,
como senda de un camino abierto
con destino a cualquier sitio;
como puerta de acceso al misterio,
como guitarra que evoca un concierto.

Deja que vague la mente,
con sus ojos de esmeralda,
por mundos desconocidos,
mientras se despierta el alba,
luz de todos los sentidos.


Desde la proa

Desde la proa del barco,
en las noches estrelladas
salpicadas de recuerdos,
se divisa una silueta en el alba,
que se imagina a lo lejos.

En la cima encrespada de las nubes,
de suaves colores y reflejos,
aparece claro el día
con la ciudad al descubierto.

Melilla, la soñadora,
evocadora de versos,
con el alma en la bahía
en vaivén de vuelo eterno.

Al pie de la farola,
la inacabable nostalgia,
confundida en los sueños
de las nacaradas sombras.

La playa de Los Cárabos,
tesoro de arena fina
camino de pies descalzos,
remanso donde las olas
recalan su travesía.                                                                                                  

Allí, la plata esparcida,
llena de fúlgidos puntos
besa las brisas marinas
como una amante del viento.
                                                                 
Allí,  el rincón del mundo,
donde se duerme la Aurora
acompañando a la espuma.

Allí, el balcón de las horas,
donde se asoma la Luna,
furtiva, desde su alcoba.

Allí, el navegar de las aguas,
que llegan inadvertidas,
para dejar en la orilla
sus caracolas de sal.

Allí, marcando al dique, las rocas,
donde vuelan las miradas,
con ojos de mil gaviotas,
a encontrarse con el mar.