Poemas de Rogelio Martínez Arévalo

El silencio

Una vez le grité al silencio
y no debió oírme,
pues no me respondió,
el silencio suele hacerse
el sordo ante los sonidos
sincopados y estridentes.

Hay quien no entiende el silencio
de los silencios,
Pero, los hay sonoros,
también suelen ser tensos,
incluso los hay que dan miedo,
Aunque, el silencio maternal de madre,
debe de ser algo mágico.
Me habría gustado conocerlo.


Amor

Dicen que el amor hay que guardarlo
como si fuera un tesoro.
Así somos los humanos,
cuando tenemos un tesoro,
no nos gusta acordarnos
ni de nuestros hermanos.
Lo guardamos avariciosamente
sin intención ni deseos de compartir.

De ahí tantas guerras, sólo sabemos
repartir odio, el amor no queremos
o no sabemos compartirlo.


Margarita blanca

Hoy, todo es disimulo ante la foto, los malos son otros,
los de toga negra y muchas preguntas,   
los que atormentan los recuerdos de negaciones.

Sin embargo, ayer una margarita blanca retozaba alegre,
sin razones ni sospechas de que sobraba, ella no lo sabía,
pero sobraba en aquel dúo que ya  no era, y estorbaba en sus vidas
nuevas, planeadas sin flores, sin cargas, sin lastre.

Eso era para ellos, no una flor blanca, no una píldora de la felicidad.
Pretendieron que fuera el psicólogo quien mantuviera unido
lo iniciado, el pegamento que mantuviera pegado los lazos adquiridos.

Sus mentes enfermas y egoístas, nunca contemplaron ser el tronco
de un brote, árbol de un retoño, otros eran los propósitos, y al no cuajar,
sobraba y cortaron la margarita blanca para dejarla allí, en el camino.

Allí la dejaron, abandonada, yerta, inanimada, para que otros la encontraran.
Hoy, todo es disimulo y llanto. Mas el teatro, los mimos y los gestos,
no engañan a nadie: llevan en el rostro la marca de Caín.


Corre el niño

¡Cómo corre ese niño! Ahora que recuerdo,
él también corría, mucho más que ese niño.
Corría, huyendo de las bárbaras hordas, del maltrato infantil.
Corría por caminos de herraduras, hasta tres leguas,
sin descansar, sin flaquear, sin descanso corría,
y buscaba el cobijo de los brazos protectores.
La huerta de sus tíos, en ella se cobijaba
hasta el amaino de la tormenta.
¡Ah la inocencia de la niñez, cuál crédula y esperanzada!
Mas, no amaina la venganza del maltrato,
se agavilla, se agazapa como fiera de presa esperando
el momento, esperando al incauto en su esperanza
de olvido y perdón que no caduca.
En todo caso, se aplaza para otra ocasión que justifique el motivo.
¡Cómo corre ese niño!
¿Lo hará también por miedo? No, no lleva rostro de miedo,
no refleja su cara, pavor infantil. Corre…, porque le gusta, o quizá…,
tiene prisa por llegar al lugar acordado con otros niños amigos.
¡No corras niño!, llegarás igual, no tengas prisa.
El Sol, camina despacio, él no se altera, todo es relativo en su monotonía
de muerto viviente, de viviente muerto.
Hoy nace y muere, nace y muere, y nunca se queja de su suerte.
Su destino está marcado desde tiempos inmemoriales.
Quizás por eso, acude todos los días a su nacimiento y muerte.
¡Ah, estoy viejo, y sin embargo, la memoria me trae recuerdos:
los de aquel niños que corría, ya no corre, ahora camina
con la sapiencia del que vislumbra la meta, y no tiene prisa,
porque sabe que no se detiene el tiempo, el apócope del reloj
en sus oídos de tímpanos poco ventilados, suena. Tic, tac, tic tac.
Antes, lo odiaba, odiaba al reloj, ya no lo odia, no le quedan
fuerzas apenas, y prefiere guardarlas para otros menesteres.
Para seguir amando lo que siempre amó, y amar lo que debió de amar
y no lo hizo. Piensa que por ello, debe pedir perdón antes de irse.
Él lo sabe, lo reconoce. Fue soberbio, altanero, orgulloso, pero nunca
envidió lo ajeno, ni añoró las carencias de los que otros tenían.
Lo conseguido, ahí se queda, nada se lleva, nunca le gustó cargar en demasía.
Y cuando lo hizo, era porque corría, desbocadamente lo hacía, y cargaba
llenando sus alforjas de obligaciones por cumplir y las cumplidas.
¡Ah, entonces!, cuál locuelo e insumiso era, a pesar de las bárbaras hordas
que, pretendían someterlo, doblegar su bizarría.
Pero era un zimarrón indomable, y echó alas, y voló fuera del nido,
y se estrelló, y remontó el vuelo una y otra vez sin perder su indómita actitud.
Mas, sus alas, sí las fue pediendo de a poquito, entre caídas y remontadas.
Hoy, cruza primero un pie, luego el otro, un sacudón, su última sonrisa
de felicidad queda en su boca. 


La envidia

La envidia:
es el pozo donde depositan el veneno
los insignificantes,
los incapaces de hacer nada
que no sea criticar a los demás.
Suelen ser gente muy desgraciada,
pues a pesar de cubrir con un manto
de humildad sus maldades,
no consiguen engañar a casi nadie.
Hasta sus propios hijos los compadecen.


Vivir la vida

Si has vivido una vida con esmero,
sin locura y sin fiestas veleidosas,
yo te digo que has perdido muchas cosas
que, nunca podrás comprar con dinero.

A la vida has de mimarla y cogerla
descuidada, a traición y con premura,
la empujas bien hasta la sepultura.
Por si quiere venir Dios a verla.

Si crees que te hace mal la puñetera.
Esa vida tan carente de amor y alma.
Inyéctale agujas de acupuntura.

Después hazte con una buena jinetera.
Mas hazlo bien y con mucha calma.
Que dure la fiesta sin heridas ni suturas.