La Paz

María Teresa Álvarez Olías
Relato corto de María Teresa Álvarez Olías

“El dolor es la dignidad de la desgracia”.
Concepción Arenal

“Hemos aprendido a volar como los pájaros, a
nadar como los peces; pero no hemos aprendido el
 sencillo arte de vivir como hermanos.”
Martin Luther King


María barría el umbral de la puerta de la calle. Víctor, su hijo, había estado recogiendo trozos sueltos de chatarra para unirlos al montón que su padre trasladaba en el carro. Hierro viejo era lo que sobraba en Madrid, en el otoño duro de mil novecientos treinta y nueve, pero no comida. Después del caldo de alubias de mediodía, el muchacho había salido de Tetuán, su barrio, para contribuir de alguna forma a los ingresos familiares. Le entraba el agua helada de los charcos en sus viejos zapatos agujereados. Había llovido mucho durante la mañana. Los pondría en el balcón la víspera del día de Reyes, por ver si los Magos querían regalarle unos nuevos con cordones de algodón y suela recosida. Tal vez tuviera suerte ese año en que la guerra había acabado, y la paz se desperezaba medio muerta.

Había cruzado las callejuelas sórdidas, perdidas entre manzanas de viviendas baratas y nauseabundas, cercanas a la plaza de toros cercana, casi destruida por las recientes bombas. Esa zona era conocida como el basurero de Madrid, el paraíso de los pobres y los traperos, que buscaban con avaricia algo de valor entre las montañas de desperdicios malolientes. Había llegado caminando hasta la glorieta de Quevedo, y se había quedado mirando a unos chicos de su misma edad, que mordían un trozo de pan untado de tomate. Jugaban a la guerra, el juego de moda entre la chiquillería, el único que habían practicado en los últimos años.

—Tú, oye, ¿dónde vas tan tiznado y con ese saco? ¿quieres jugar con nosotros?— le preguntó el más alto de todos, al ver que se acercaba.

El resto de los chicos observaba expectante. La acera aparecía sucia, rota y llena de cascotes. El frío de la tarde temprana empezaba a dejarse sentir.

—Busco hierros rotos. Sí, me gustaría jugar.

Víctor contestó sin disimulo. Comer y correr eran sus debilidades eternas. Su mejor amigo, Domingo, llevaba más de una semana en la cama, con neumonía, y los otros chavales del barrio salían con sus padres a buscar cualquier obra donde trabajar. Con trece años, ya todos estaban deseando entrar de mancebos en una tienda o ayudar como aprendices a colocar ladrillos nuevos, y derribar los viejos, en las numerosas casas destrozadas de la capital.

Había visto, meses antes, durante tres largos años, los nidos de las ametralladoras, apostados sobre sacos terreros, que los milicianos con sus pañuelos rojos al cuello, movían y accionaban en todas direcciones, enfundados sus cuerpos en monos de trabajo grises o azules. También las milicianas apuntaban con sus pistolas, tras las barreras de sacos y tablones, en empalizadas improvisadas por ciertas esquinas. De noche, el sonido de las sirenas clamaba anunciando los bombardeos en su barrio, obrero donde los hubiera, lleno de gente y ratas. Había corrido muchas veces a la iglesia con su hermana y con su madre. En una ocasión, el estrépito retumbó a muy pocos metros de la parroquia, donde los vecinos se hacinaban entre bancos cojos y reclinatorios destartalados. Lo recordaba con terror.

Su padre había peleado en el frente de la sierra, estando ausente de casa durante meses enteros. Sus amigos del barrio de Cuatro Caminos se refugiaban en el metro durante los bombardeos,  en la línea número dos. En Tetuán no tenían metro ni refugios blindados,  sólo la iglesia, que pensaban que el enemigo respetaría, o acaso míseros sótanos, excavados en el suelo de algunos patios, con escalones de vértigo y oscuridad helada, donde los niños de pecho lloraban continuamente por el estruendo exterior.

Recordaba con nitidez el desfile de la victoria el pasado diecinueve de mayo. Todo el mundo, los muchachos, las muchachas, sus madres, unos cuantos viejos y muchos mutilados vitorearon el paso de los soldados que habían ganado la guerra, y que acabarían con el hambre legendaria de Madrid. Se mostraban imponentes, marcando el paso. Las chicas estaban locas y gritaban sonriendo a los participantes en el desfile, lanzándoles flores y besos. Lo hacían ante el clamor de la música militar triunfante y las campanas desbocadas de las iglesias, bajo las acrobacias de los aviones en el cielo.

Después, Víctor no recordaba que hubiera habido grandes novedades. La sopa era la misma después de la guerra y del desfile, tal vez con algún trozo más de tocino flotando en el borde. Al menos desde que había llegado el fin de la lucha, probaban algo de casquería: higadillos de pollo, callos  o mollejas.

Él, con toda probabilidad, no volvería más a la escuela, donde de pequeño aprendió las letras y algunas cuentas, que fue cerrada al principio de la rebelión, y que ya sólo constituía un conjunto de destruidos barracones. A su edad, no tenía más remedio que iniciarse en un oficio. Seguramente el de chatarrero, ése que su padre acababa de adoptar.

—¿Te quedas con nosotros? Necesitamos a alguien más en este bando. Estamos jugando a la batalla de la ciudad universitaria— explicó el chico de la camisa a cuadros, el de las rodillas heridas.

Todos observaban al nuevo. Correría, y seguramente mucho, con semejantes piernas esqueléticas, sobre las que se sostenía. Víctor permaneció un buen rato con ellos, fascinado. Jugó a una de las batallas en que había participado su padre. Aunque no hubo ningún bocadillo o cosa comestible para él. Había tomado regularmente pan blanco con aceite siendo niño, a las cinco de la tarde, hacía mucho tiempo. Luego ya no hubo más meriendas. Se entretuvo con los chicos, mucho mejor vestidos y calzados que él, y escapó en un momento dado, para volver a casa, asustado de lo lejos que había llegado. Su madre lo estaba esperando limpiando la entrada. Salió de la vivienda su hermana Asun también.

—Has tardado mucho en regresar esta tarde, Víctor— protestó María. Estaba tan delgada como él pero más pálida. Deja dentro el saco, anda, acompáñanos a la fuente. Y lávate allí. Te pareces a Marcos, el hijo del carbonero, que siempre va con las manos y la cara negras.

El barro, aunque quisieron esquivarlo, les comió los pies a los tres hasta que llegaron a la fuente, pintada de color rosa, construida en el treinta y dos como otras muchas, por el gobierno republicano municipal. Allí una fila larga de mujeres, la del ropavejero, la del quincallero, la señora mercachifle de tebeos y golosinas, rodeada por chiquillos mocosos y harapientos, esperaba turno. La posguerra en Madrid consistía en una sucesión de colas que hacer a cada momento.

.Filas de personas para acarrear agua, para recibir los víveres que incluía la cartilla de racionamiento, o para recoger sangre de cerdo y ternera, con la que freír algo parecido a una morcilla. Y olvidar así el hambre, el frío y el negro futuro.

—María, he oído que han creado un departamento en el ministerio de fomento para reconstruir las casas de los obreros. Se llama Regiones Devastadas. Deberíamos ir a las oficinas— propuso una vecina a su madre, detrás de ellos, anudándose el sufrido pañuelo bajo la barbilla.

—Hemos perdido la guerra. No vamos a meternos a pedir nada en la boca del lobo— comentó María, firme aunque preocupada.

—Pero los techos se nos caen. Quizá allí paguen el yeso y los ladrillos para restaurarlos. Debemos evitar el derrumbe.

—Yo no iré, Matilde. Tengo ahora más miedo a la autoridad que antes a los morteros. Y Gonzalo no querrá ni aproximarse a ninguna oficina. Se cambia de acera disimuladamente cuando se cruza con la autoridad. Ya repondremos las tejas con el material de escombro que podamos ir acarreando.

La hilera de niños, mujeres, viejos y enfermos, avanzaba despacio hasta el pretil. Se percibía mucho dolor en los rostros, por el reuma o la cefalea impenitentes. También, a veces por la tuberculosis. Resignación de pánico en las miradas. En Tetuán la destrucción se había cebado con las casuchas y sus habitantes. Todo aquel barrio era un lodazal gris oliendo a estiércol, donde los hombres escapaban al amanecer, para buscarse la vida, y volvían extenuados por la noche, quizá, si habían tenido suerte, con unas perras en el bolsillo medio roto del pantalón. Donde las mujeres parían solas o con la ayuda de la única comadrona, sobre jergones de lana, a rayas, comidos por insectos. A menudo compartidos por heridos de explosiones, o por enfermos crónicos asistidos sin medicamentos por sus propias familias.

—Mi Pedro dice que fusilan en las tapias del ferrocarril a todos los presos que tuvieron graduación militar republicana. Ten mucho cuidado, María. Se presentan por la noche y encarcelan a todo el que se haya significado en la contienda. Están revisando documentos con archiveros profesionales, depurando culpas a tiros de fusil.

Víctor escuchó la conversación tan nítidamente como su hermana. Lo había hecho a pesar de su madre, que le miró desolada, cuando se dio cuenta de que sus hijos habían oído los trágicos comentarios. Se estremeció. ¿Cuándo terminarían de temer? Los tres necesitaban desesperadamente a Gonzalo, su esposo y padre, cargado con hatillos siempre, buhonero de nuevo cuño, de sonrisa brillante y ánimo imbatible. Con él la miseria se vestía de gala. Pero esa tarde tardaba en regresar.

—¿Vas a mandar a Asun a servir? Ya puede limpiar y fregar muy bien, con quince años, pero no te fíes. Los señoritos no tienen reparos en acostarse con las criadas a la primera de cambio.

María destrozó a su vecina con la mirada. No sabía callarse ni tenía conciencia del peligro. Afortunadamente, sus hijos estaban ahora a unos cincuenta pasos de la fuente, y no pudieron oírla. Los dos hermanos habían visto llegar a su padre por la esquina, arrastrando el carrillo, famélico como el resto de su familia, igual que todos los habitantes del suburbio, y habían acudido presurosos a su encuentro. El polvo lo tiznaba por todas partes. Negro y blanco.

—Papá... Víctor corrió hasta él, con la mirada iluminada, al divisarlo desde el lado del caño en que se remansaba un hilo húmedo, verde y marrón, de agua fría escarchándose al correr sobre tinajas.

El chico se había lavado y le escocían las rozaduras. El padre, después de acicalarse, revolvió el pelo al hijo y a la hija, buscó con la vista a su mujer en la cola y se reunió con los tres.

—Vengo del barrio de Chamartín—comentó exhibiendo su sonrisa de felicidad. Han saqueado varias casas desiertas y esparcido trozos de somieres y de muebles. Mañana me acompañáis allí.

Cuando el padre y esposo regresaba cada atardecer, el resto de la familia parecía recobrar el pulso de la vida. Habían estado los tres tanto tiempo sin él, que el mundo se encendía con sus palabras y sus encargos, vistiéndose de luz. Volvieron a la exigua casa con el agua en los cántaros y el carro atestado por los nuevos trozos de chatarra y madera vieja, que Gonzalo había encontrado en descampados cercanos y lejanos. El puchero se cobijaba en una esquina del fuego, casi consumido. La madre dispuso bajo él unas pocas astillas frías y las prendió con una hoja vieja de periódico, de donde brotó una llama amarilla como una promesa.

—María— comentó Gonzalo con lentitud— de casualidad, hace un rato, he encontrado al comandante de mi compañía.

Ella lo miró advirtiendo al peligro colarse por la puerta. Se le aceleró el corazón, pero siguió intentando avivar el fuego.

—¿Te reconoció él a ti, o tú a él?— preguntó su esposa con la garganta seca.

—Yo a él, aunque de paisano parece otro hombre. Iba andrajoso y desesperado, por la calle que baja al campo de fútbol de Chamartín. No vive allí, sino en Maravillas. Su familia es de buena posición, pero piensa huir con su mujer y sus hijos a Francia esta misma noche. Hizo una pausa para ayudarla a resoplar entre las cenizas. Me ha dicho que no ha podido encontrar trabajo como pasante de notaría, que es su oficio, ni como acomodador de cine, ni como dependiente en ninguna tienda. Siempre piden informes para trabajar, y en todos los emitidos por los talleres donde ha estado empleado los últimos meses, consta que es uno de los vencidos. Ningún cura quiere expedirle certificado de buena conducta. Comen algo— siguió comentando sin prisa— porque su mujer empeña todo lo de valor que hay en la casa, y friega varios comercios ganando unas propinas. Gonzalo volvió a hacer otra pausa, y esta vez se quitó la americana renegrida. Luego buscó una chaqueta limpia en el arcón. Hoy, a medio día, me ha dicho, cuando él no estaba, unos falangistas se han presentado a buscarle en su casa, con una orden de detención que han mostrado a su mujer. Cree que volverán mañana, y entonces no podrá salvarse. Los golpistas han detenido y condenado a muerte a todos los comandantes republicanos, si no se han entregado todavía en cualquier cuartel militar.

Los ojos del hombre brillaban más que las ascuas de la chimenea. Y no era su estilo amedrentar. Parecía rememorar el pasado inmediato. El tiempo de ausencia y de metralla continua. Se colocó mejor la chaqueta de lana.

—¿Qué hacen con los capitanes?— le preguntó ella, sin conseguir que las astillas prendiesen como debían, por la corriente de hielo y pavor, que de repente sentía entre las dedos.     
 
Gonzalo había sido capitán en la reyerta, estando al mando de blocaos y casamatas, después de haber ascendido de soldado, a cabo y a sargento, peleando en todos los frentes. En Teruel, en Brunete, en Almería. Desde luego también en Albacete. Dos cosas le habían desbordado, por encima de tantas miserias como había contemplado durante los tres años de guerra: el ensañamiento en la conquista de Madrid, retardada por los franquistas hasta el final, y la ayuda desinteresada de los soldados y cuerpo médico de las brigadas internacionales. Había hecho verdaderos amigos entre ellos y deseaba poderles pagar alguna vez semejante favor realizado a España. Aunque era muy consciente de que esos soldados extranjeros, que habían acabado hablando español con acento de Londres o Bruselas, no habían podido arrastrar a sus gobiernos respectivos para salvar la república. En cuanto al interminable asedio a Madrid, ciudad abandonada por el mismo gobierno desde muy temprano, no sabía perdonarlo. Se había pasado la guerra soñando con vencer a los enemigos y entrar él victorioso por sus paseos, buscando a María y sus hijos para celebrarlo, pero la capital se había rendido finalmente, ante la imposibilidad de rechazar a los atacantes por parte de los distintos regimientos, incluido el suyo.

Después de la derrota había vagabundeado por  aldeas míseras, comiendo algarrobas, durmiendo al raso, arrastrando penalidades sin cuento. Pero agradecido, en definitiva, por estar vivo.

—Confío en mis buenas estrellas, María. Ese hijo que va a nacer nos traerá suerte. Consiguió sonreír y que su esposa lo hiciera también. La paz está siendo muy dura, pero mi nuevo oficio nos redimirá. Estoy seguro—añadió.

Ella se levantó dolorida en los riñones y en el vientre. Gonzalo era enérgicamente vital por naturaleza, y eso les hacía revivir a los cuatro. El optimismo los redimía más que la comida o el dinero que consiguiera traer. ¿De qué estrellas hablaba? De las del cielo, frías para los pobres y estáticas. O de las que ella le había cosido en la bocamanga, hacía tres veranos, en un uniforme que habían quemado en cuanto llegó a casa procedente de las trincheras, la primavera pasada, con la derrota en el alma.

—Durante la guerra, la angustia de no saber de ti y el sonido lejano del combate me destrozaban los nervios, pero ahora que puedo verte, tengo más miedo que antes— explicó a su marido.

—Mi comandante y su familia están peor —arguyó él. Hay muchas personas pasando más penurias que nosotros. No tienen techo. Están solas, enfermas o heridas. O las tres cosas a la vez.

Los hijos se habían acercado, y los contempló a placer. Siempre estaba sonriéndolos, mirándolos, esperándolos. Los había añorado tanto durante la lucha, que aún no se explicaba cómo había sobrevivido sin su familia.

—Lo he invitado—continuó—a refugiarse con los suyos esta noche en nuestra casa. Al amanecer partirán para Burgos, yendo a pie por la carretera de Francia. Quieren alcanzar la frontera.    
       
Ya estaba dicho. Ya lo había oído María. También Asun y Víctor. No iba a ser fácil la velada, pero él no había sabido reaccionar de otra manera. Debía demasiado a su antiguo comandante. Y aunque no fuera así, no habría podido obviar el terror de un viejo camarada, al que había encontrado casualmente en la calle, a ser detenido.

—Te has arriesgado demasiado— protestó su mujer. Podías habérmelo consultado. Estás acostumbrado a mandar, pero ya no estás en primera línea. Yo habría preparado algo, de haberlo sabido.

María levantó la voz. Imaginaba a los dos hombres, con sus familias, encerrados en su casa esa noche. Mucha gente. Y presentía, sin embargo, que tal cosa no sería el único mal. Olía el peligro en la distancia. Un tufo indefinible y maligno. Un hedor a gente avergonzada de la perversidad dominante.

—Le debo la vida—explicó su marido, con la convicción de quien expresa una verdad eterna e incuestionable. Me apartó a rastras, heridos los dos, de la explosión de una granada. Es cierto que ya no estamos en guerra, perdóname. Te estoy pidiendo que hagamos sitio en la mesa a su familia y les dejemos nuestras camas. Tienen un hijo de la edad de Víctor y una niña mucho más pequeña. Van a huir para que él pueda salvarse. No confían en nadie.

La miró deseando haberla convencido. María recompuso su miedo. No quería ser la más cobarde de todas las esposas de militares derrotados. Tampoco la mujer más temerosa de su calle, pero le habría gustado serlo, porque sería más cómodo y simple. Estaba harta de padecer y ansiaba descansar hasta bien entrada la mañana, hasta que las patadas de su tercer hijo le hicieran levantarse. Así y todo, recapacitó y se dijo que se tragaría sus malos presentimientos egoístas.

—Está bien—anunció. La hermana y el chico dormirán con vosotros en vuestras camas, hijos, y nosotros en el suelo, aquí. Hay que compartir lo que se posee con los invitados, como diría vuestra abuela.

Observó luego María todo el cuarto y se paró un instante, pensando, planeando. Tenía demasiada experiencia en tomar decisiones rápidas para sobrevivir, para alimentar, cuidar a los suyos, y adaptarse a toda circunstancia. Había vivido mucho tiempo haciendo de padre y madre a la vez.

—Asun—siguió— vamos a pelar las patatas que tenía para la comida de mañana. También gastaremos los huevos de las cartillas. Víctor, consigue  cajas del patio como asientos.

El frenesí organizador la había alcanzado. Su esposo pareció respirar con alivio. Feliz. Comprobando la organizada logística de su hogar él creía tocar el paraíso. Estaba en casa, junto al fuego. Salvaría a su antiguo superior, como el comandante lo había salvado a él, en el valle de Collado Villalba, de la granada del enemigo. Una vez entre otras mil.

—No sé cómo agradecértelo, María... Mi comandante no sabía qué determinación tomar. La desesperación lo devoraba. No sabía si volver o no a su casa. Entre los dos hemos reflexionado que lo mejor sería que toda la familia durmiera aquí, y partiera a primera hora de viaje— contó con gravedad. Otra alternativa que hemos descartado es que él huyera solo a Francia mañana al alba.

—Solo no debería marchar. Si algo similar nos pasara, no podría soportar que nos abandonases.

—Jamás lo haría—replicó él. No era la primera vez que mencionaban el tema. Siempre juntos habían decidido que permanecerían. Sus hijos lo habían oído también. Permanecían éstos  mudos y trascendentes.

Asun y María cambiaron las sábanas de las camas. Víctor distribuyó varias cajas desvencijadas entre las sillas existentes. Los cuatro adecentaron lo más posible la habitación y la cocina, únicas estancias de la vivienda. Esperaron. Se percibían ruidos indefinidos como ecos. Los vecinos se recogían pronto. Un chiquillo lloraba en alguna parte, y un perro lejano ladraba sin parar. Llamaron a la puerta en un momento concreto. Toques fuertes y regulares en el timbre de palomilla con cuerda. Abrió Gonzalo.

—Pase, mi comandante.

—Soy Carlos, siempre Carlos, y tutéame, por favor. Estos son mi mujer, Soledad, y mis hijos, Daniel y Leonor.

Cerraron detrás de los niños, que venían con frío. Un adolescente y una chiquilla de unos siete años. No se separaban de sus padres, y éstos llegaban cargados con cestos de paja, temerosos.

—María, Asun y Víctor—presentó el dueño de la casa. Soy Gonzalo, Soledad.

Todos examinaron a todos. La esposa de Carlos miraba los platos sobre la mesa con ansia. Y el fuego vivo del hogar. Los asientos preparados, la bombilla encendida. Olor a comida caliente. La emoción por las prisas de la tarde y el recibimiento cariñoso les hacían enmudecer de torpeza y emoción.

—Vamos a cenar—invitó María.

—En casa nunca cenamos—dijo la niña, resumiendo. Mamá no puede comprar casi nada.

Era pequeña la cría, y de mentalidad diáfana.Víctor le ofreció como asiento una caja a Daniel y le sonrió cómplice. Se fijó en que éste tampoco llevaba calcetines y en que calzaba alpargatas en sus pies helados.

Soledad, agradecida, contó que supo responder con una excusa trivial a los guardias cuando vinieron a buscar a su marido, pero que desde esa hora estaba fuera de sí. Asustada y decidida a cruzar la frontera. A luchar porque los suyos siguieran unidos y tuvieran futuro. Tomaron un guiso de acelgas con zanahorias y huesos de espinazo. Habían elaborado tortillas para el menú del día siguiente de los visitantes. Se estaba caliente en aquella casa, al final. Ella y su esposo ocuparon la habitación de matrimonio. Los chicos durmieron en el comedor cocina, en la cama de la izquierda y las chicas en la de la derecha. Gonzalo y María se tendieron entre ambos lechos, sobre el suelo frío, con su manta raída.

Los niños cayeron rendidos y ellos se besaron con la locura de siempre, para darse calor y espantar los temores. Espiaban a veces por encima de sus cabezas el sueño de las criaturas. No se perdonarían nunca que cualquiera de ellas descubriese su abrazo. La única colcha cubría la cama doble, tapando al comandante y su mujer.

Después, en el silencio largo y profundo de la madrugada, María se despertó con pesadez en la tripa. Malos presagios. Sequedad en la boca. Estómago de punta. Decidió acercarse al retrete del patio y luego tomar un poco de aire en la calle. Era una locura ir afuera con semejante relente, pero así espantaría los calambres. El embarazo la impelía en ocasiones a hacer cosas insospechadas, como salir a la calle en plena noche. Gonzalo escuchó el golpe seco de la puerta, extrañado. No había advertido que su mujer escapaba de sus brazos.

 María se aproximó a la fuente para calmar el recuerdo de una mala pesadilla y beber. El agua manaba medio helada, pero exquisita, proveniente del Canal de Isabel II, con sabor a plomo y a tomillo. Escuchó a dos hombres hablar a pocos metros y su alma se quebró como si soportara un hachazo.

—Se llama Gonzalo Cárdenas Flores. Ha sido capitán en la cuarta compañía roja, en la quinta columna. Otro más al paseíllo.

Ella se quedó petrificada por el espanto, luchando contra la tentación evidente de esconderse o correr para avisar. Los dos sujetos tomaban peligrosamente la dirección de su propia vivienda. No podía creerlo. Pensó durante un largo segundo con el corazón sangrando. Inventaría la excusa que fuese, pero impediría que se llevaran a su marido o a Carlos. O a los dos.

—¿Dónde van dos hombres tan apuestos a estas horas?—inquirió abordándolos, dibujando eses con sus pasos sobre el blando barrizal.

Los desconocidos se detuvieron y miraron en dirección a la fuente, hasta que la mujer se acercó. Parecía borracha y se contoneaba de forma provocativa. Había miles de prostitutas en Madrid. Por todas partes, en todos los barrios. La miseria hacía que brotaran como setas, igual que nenúfares. Y los hombres no tenían dinero para pagar, como no fuera con media docena de huevos requisados.

—¿Queréis venir conmigo unos minutos? —les gritó ella. Mi casa está por allí. Señaló la dirección opuesta a la que correspondía, desafiante. Haría cualquier cosa para despistarlos.

—Venimos a detener a un traidor, espéranos luego. ¿Conoces a Gonzalo Cárdenas?

María simuló reflexionar. Respiró sin encontrar aire. Su vientre se conmovió. Bajó el rostro para que la repentina lividez no la delatara.

—Me suena. Debe ser vecino mío—dijo con lentitud. Aunque no sé ahora quién puede ser. Han vuelto tantos hombres a sus casas…

Gonzalo oyó de lejos su propio nombre en boca de dos desconocidos sospechosos. Iban armados. Había salido en busca de su esposa, que tardaba demasiado, y miró hacia la fuente, donde le pareció atisbarla, dirigiéndose a dos tipos con los nuevos uniformes de policía. Nada que ver con las guerreras de los antiguos guardias de asalto…Intentó no pisar hojas que al crujir lo descubrieran.

Pronto, sigiloso como un gato, se aproximó a ellos. Escuchó las breves palabras que intercambiaron con María. Mala suerte, pensó rápido, después de todo. Los vencedores no querían dejar libre, ni vivo, a ninguno de los antiguos adversarios. Pretendían aniquilarlos, expulsarlos en masa de la faz de la tierra.

Era evidente que lo buscaban. A él también. Estaban deteniendo y fusilando luego a todos los militares del bando derrotado. A los que no habían caído en redadas tras la rendición. Especialmente a los oficiales. Necesitaban ayuda con urgencia él y su mujer. Ella los estaba distrayendo con astucia. Gonzalo calibró todas las posibilidades al instante. Era un experto en tomar decisiones arriesgadas. Y no le quedaba tiempo, casi.

—¡Carlos, sal, tenemos problemas!— gritó a la ventana de su vivienda, plantándose allí en unos segundos.

Gonzalo volvió raudo a la plaza. Se lanzó contra los dos hombres como un suicida, sin esperar más. María reaccionó rápida al verle, y les tiró piedras. No sentía su cuerpo. Nunca se llevarían a su marido. No mientras ella tuviera manos con las que enfrentarse a ellos temerariamente. Uno de los guardias sacó su pistola, pero Gonzalo lo empujó y el arma cayó al suelo. Los trozos de ladrillo volaban. El compañero buscó su propia pistola, nervioso ante el ataque y cogido por sorpresa, pero no acertó a prever el huracán que le cayó encima: otro bulto enorme, a medio vestir, salido de las entrañas de la noche.

Carlos y Gonzalo iban mal calzados, pero parecían coordinarse mentalmente. Desarmaron a los desconocidos, magullados por las pedradas, y se liaron a golpes con ellos, bajo la mortecina luz del farol de la esquina, junto a la fuente. No podían dejarlos conscientes. Los puñetazos resonaban en el silencio del mísero barrio, donde ya ladraban algunos perros. Consiguieron vencerlos sin problemas. Pero cualquiera podía denunciarlos a ellos, al ver a los hombres heridos. Ya eran absolutamente culpables.

—Venían por mí— explicó Gonzalo.

Él y Carlos se miraron con horror. Los guardias estaban servidos, y ellos también, apenas vestidos y magullados por todas partes, aunque pudieran andar. Discurrieron una imposible solución. María se mordía los labios sin palabras, restañando las heridas de ambos con su viejo chal. Soledad se les unió, corriendo desesperada desde la casa. La madrugada fría y el temor les hacían temblar como guiñapos. Recelaban que algún vecino los hubiera visto inmovilizar a puñetazos a los guardias y pretendiera ir con el cuento a la autoridad. Pensaban en sus hijos a toda prisa, con el alma en la boca. Tristes niños despertándose de madrugada, ante la prisa de sus padres por huir. Trágicos padres que los arrancarían del sueño y tendrían que tragarse su propia rabia. Y hacerse los fuertes en medio del dolor. Maldita guerra acabada y no terminada. El sufrimiento mordía las gargantas.

—Partiremos todos hacia el norte con vosotros— dijo María. Nadie más parecía reaccionar, conmocionados  por el pánico. Escapar es la única salida que nos queda.

Un vacío oscuro y trágico, un silencio mártir de seres desesperados la secundó. Su marido le tomó la mano, aprobando lo que había dicho. Se dirigieron a la casa con apremio y preocupación insoportables.

Sus hijos. Su ciudad, su anhelada paz...

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