Desde la silla de ruedas

María Teresa Álvarez Olías
Relato corto de María Teresa Álvarez Olías

Desde la silla de ruedas contemplo el mundo cuarenta centímetros más abajo que los demás mortales. Por eso vislumbro manchas y baldas  que antes no llegaban a mi campo visual.

Me tomo mucho tiempo para todo. Porque en ninguna parte me esperan para tomar nada ni para que les ayude a redactar, comprar o fregar. Pienso constantemente en el pasado y en el futuro, ya que el presente es lento y aburrido, eterno y largo, como los años perdidos, la gloria inalcanzada o los reproches ajenos.

No sé qué ocurrió aquel día en que morí y nací. Cómo pudo elegirnos el destino si ambos éramos tan comunes y  corrientes, si no queríamos nada con él.
           
Durante todo el verano estuve intranquila. Lavé las cortinas, fregué a conciencia los azulejos y cociné mis platos preferidos. Me corté el pelo drásticamente, telefoneé a las amigas de la infancia, leí las novelas clásicas que guardaba en la estantería….Yo  qué intuiría, si no podía tener la más mínima sospecha del accidente. Qué podría imaginar.

Vivíamos el día a día. Intentábamos ahorrar para el futuro, para mañana. Para la jubilación. A Marcos le encantaba el cocido. Con su patata en la sopa, su repollo, su hueso de espinazo. Los garbanzos en la olla exprés cocinándose en el olor más alimenticio del mundo. Al estilo de mi madre, con una hoja de hierbabuena. Ella dejaba el puchero al mínimo a primera hora y luego barría y fregaba la escalera de caracol .Mármol blanco y barandillas negras. Cómo cantaba mamá. Todas las coplas del mundo, las zarzuelas, los cuplés, las operetas ella las sabía  y las entonaba como nadie, en su tono debido, a pelo, inundando de voz el portal. La recuerdo tantos estos días, que no comprendo cómo es posible no tocarla con las manos. La veo vestida de azul  en mi primera Comunión, cortando pan, sirviendo vino. Papá y mamá bailando valses en el comedor, y mis hermanos llorando y riendo, porque también ellos querían participar.

Anhelaban  que los cogieran y danzaran en sus brazos, tan mimosos como fueron siempre, tan llorones y tan tiernos de niños, pelones. Si hubo gemelos más bonitos alguna vez en el mundo, serían mis hermanos de bebés, Jorge y Borja, siete años más pequeños que yo.

Comíamos galletas de nata en el cine y ellos devoraban el paquete. Mamá sacaba luego una pastilla de chocolate y magdalenas. No sé cómo podríamos comer tanto y enterarnos de la película. Cómo podían enredar de aquella manera esos dos mocosos siempre enfermos de gripes y catarros, mimados a base de bien. Revoltosos por partida doble, perdición de mi casa, angustia  de las vecinas. Siempre iban juntos y siempre caminaban conmigo. Mi madre, detrás.

Me avisaba la profesora de que fuera, en el recreo, al patio de los pequeños. Se había caído uno del tobogán  y me llamaban a gritos. En realidad reclamaban a mamá, pero yo valía como sucedáneo, en caso de catástrofe. Borja se abrazaba a Jorge y ya no sabías quién se había caído, ni por qué chillaban los dos a la par, rotos de dolor. Era maravilloso ir al colegio, por otra parte. Fue un sueño. Puedo repetir los nombres de las niñas y niños de mi clase, con sus dos apellidos, y me arriesgo a  dibujarlos en papel, con sus coletas, sus caras, sus zapatitos sin abrochar. Las niñas que se casaron pronto, en cuanto acabaron el Bachiller, la que murió tirándose por el puente a los dieciséis años, la que falleció de cáncer hace dos veranos.

La profesora escuálida  chillaba a cualquier hora. El laboratorio de ciencias siempre estaba helado con su esqueleto impasible. La pizarra de tiza y el borrador polvoriento. Maribel quiso matarse porque su marido la abandonó y ella acaba de casarse y de parir. De repente, no tuvo paciencia para vivir. No reunió fuerzas suficientes para soportar. Ignoraba que dejaba a su pequeño tal y como la habían abandonado a ella. Mucho más. Es una edad tan mala los dieciséis. Confluyen las fuerzas y las ansias, las penas y las preguntas. La adolescencia muerde y los jóvenes se confunden con la crueldad del mundo, con la soledad imperiosa, con la enormidad de sus pensamientos dispares. El colegio no ayudaba a solucionar dudas, aunque lo intentaba. La profesora de química explicaba fórmulas, la de matemáticas, teoremas, y el profesor de lengua deshilaba sonetos, verbos y adjetivos. La alumna debía aprender a nadar y guardar la ropa, en el proceloso mar de los miedos difusos, donde los adultos no abrigaban intención de volver a entrar. Las contestaciones debía encontrarlas  la estudiante por su cuenta.

Jorge y Borja habitaban su mundo propio y se bastaban entre los dos. Agradecían mi desvelo y el de nuestros padres, pero jugaban a mirarse y a levantarse juntos. No necesitaban amigos invisibles, como  yo los precisé, hasta que ambos nacieron. Les encantaban los trenes y a mi los recortables o las casitas de plastilina.  Siempre casas, andenes, tiendas, campos, edificios en mi familia. Papá nos llevaba a pasear y subíamos los cerros. Esos montículos pelados que el nuevo barrio se comió. Desde el túmulo de piedras abandonadas, como un promontorio bélico, el ruido del tráfico lejano cantaba de fondo. Él leía el periódico y nosotros hurgábamos en la tierra húmeda. Los niños buscaban  escarabajos, yo cortaba juncos, matas de hierba, flores. Me encantaban las piñas vacías, las bellotas, los charcos quietos. Papá me explicaba las diferencias entre las hojas y los distintos árboles, también los resultados de la liga de fútbol, la temperatura en la ciudad, el movimiento de las nubes.

Plantamos esquejes de árboles en las cuestas, pero apenas prendieron. Poca o tormentosa lluvia. Motos. Paseantes rozándolo todo con sus cayados. Un árbol necesita mimo, tranquilidad, silencio. Quizá atención constante también, como los humanos. Una pizca de suerte para nacer, y luego ímpetu, circunstancias externas favorables. Tierra buena y no un cúmulo de arena desnuda en un bancal.

—Borja, deja que las hormigas hagan su trabajo. No las desvíes del camino.

—Quiero que tengan amigas en otra fila, papá.

—Se escapan y vuelven a su hilera— explicaba yo.
           
Los insectos  mostraban un comportamiento ciudadano  ejemplar, a años luz de nuestros caprichos y nuestra mala entraña. Cargando comida, sufriendo encontronazos con los paisanos, apurando para entrar en casa. En silencio, con disciplina, a lo suyo. Por eso llevaban millones de años poblando la tierra, sin extinguirse ni desviarse. Me preguntaba si su civismo eficiente compensaba su falta de libertad individual.

Los cerros se convirtieron muy pronto en bloques de viviendas de nueve plantas, con sus terracitas verdes simétricas, forradas de toldos a rayas. Los coches inundaron los caminos embarrados y los bares fueron abriendo sobre los robledales y el antiguo encinar.

Me pregunto si me gustaba más el bulevar vestido de semáforos e indicaciones de tráfico, que las veredas de arbustos entre pinos. Con mi padre y mis hermanos caminando conmigo, claro.  Si no es así, no quiero pasear ni subir al monte, ni atormentarme en soledad  por los espacios fríos, donde el viento me revuelve. No quiero calibrar lo que pudo pasar y no ocurrió. Ni tampoco los momentos mágicos desaprovechados.  Las palabras que callé y quise pronunciar. Todos esos arrepentimientos que duelen como lanzas clavadas y que era mejor no sentir.

Tengo una amiga psicóloga que contempla el fracaso como fuente de experiencia, como eslabón en la cadena y no como mazazo demoledor. Quisiera  creer en su teoría, aunque sólo fuera para sobrevivir. Las cosas que se tuercen y han costado mucho lastiman demasiado. Se colocan delante de cualquier otro pensamiento e impiden la sonrisa, la circulación de la sangre y su drenaje. Abultan más que la sucesión de días rectos y pacíficos, en que ni una brizna de viento nos estorba.

Se tuercen los propósitos y su punzada empalaga cada despertar y cada gesto. Cuanto más quieres apartarlos a golpes, a voces, a manotazos, menos se desenganchan. Se ríen en tus narices para impedirte salir a flote. Por eso siento que no dejo de pensar en lo que pasó esa tarde que era tan extremadamente normal.

Una sobremesa de lunes de septiembre, en que el calor apretaba todavía. La siesta reinaba en cada casa, al arrullo de las películas lentas de la televisión. Marcos y yo apenas habíamos hecho la compra. Un kilo de pollo, dos barras de pan.

—Dora la carne con ajos mientras yo preparo la ensalada—dijo él en la cocina, apartando el frutero de los melocotones.

Todo le gustaba especiado y yo le acompañaba. Un vaso de vino .Una jarra de agua de cristal. Siempre aparcamos el proyecto de criar hijos y ahora me pregunto si fue lo mejor. Si no sería más lindo tenerlos corriendo por la casa, ahora que yo no puedo correr. Ahora que estoy sola por completo y mis gemelos han emigrado a Holanda con sus chiquillos y sus esposas. Los echo tanto de menos que miro las fotografías de los bautizos de mis sobrinas y  sobrinos durante tardes enteras. No puedo repasar las de Marcos. Esas están en la librería del  salón, a una altura imposible para mi cadera rota. Esas se guardan en mis recuerdos y recorren nuestra ciudad los días de lluvia. Ambos bajo un solo paraguas. Van a la feria y compran una docena de churros con azúcar. Adquieren tres boletos para la tómbola y nos toca aquel enorme peluche que tuvimos durante años en la cama.

Prefiero los recuerdos. Cada mañana desayunando aprisa. Él calentando la leche y yo tostando el pan. Duchándonos por turnos. Abriendo cartas. Esperándome a la salida del trabajo. Quiero seguir discutiendo sobre las camisas sin planchar, sobre la cuenta bancaria que hay que estirar. Qué importa el dinero. Que más da no poder ir a la playa, o  tener ambos recortes en el sueldo, o  aguantar a nuestros jefes.

Recorro la casa por los pasillos hasta el salón. La silla no entra apenas en las habitaciones y no tengo ningún interés en seguir ordenando libros, ropa o papeles. Miro la calle desde el ventanal, hora tras hora, calibrando dónde se acumula nuestro tiempo de felicidad. Nuestras rutinas de sillón y licor de cerezas. Las llamadas telefónicas a la familia. La inmensidad de platos y vasos sucios. Los planes para volar algún año a Holanda.

Medito sobre mi posibilidad de no poder andar. Es curioso que no me hunda imaginando, que sopese el futuro con la cabeza fría. Resisto. No me parto por la mitad. Ya estoy partida. Cuanto tuve que perder ya lo he perdido. Las quejas que se me ocurrieron ya las lancé. Y no se me ocurren más. No me quedan lágrimas amargas ni dulces. Tampoco sé esbozar una sonrisa. No todavía. Que no me lo pidan. Reír no. Sólo acariciar la ropa de Marcos y mis zapatos. Ponérmelos. Abrir el armario y disponer faldas y pantalones sobre la cama. Para qué tantas camisetas. Las medias y los calcetines  de todos los colores. La ropa interior doblada en la cómoda.

Por supuesto que he organizado los papeles. Obligatorio presentarlos para los seguros. Me  he tragado la rabia pero he clasificado documentos en carpetas y en el ordenador. He sido capaz de leer cada carta y cada recibo. Cada requerimiento judicial y fiscal. La vida es implacable y yo soy muy temblona. Pero no cobarde. Prefiero saber la verdad a imaginar banalidades. No soñar con hoteles de lujo y alfombras mullidas. Más coloridas que una paleta  de doce pinceles. No pensar que voy a ver a Jorge o Borja, porque es imposible que tenga dinero para pagar un avión y pasar un tiempo juntos.

Tendré que dar vuelta a mis miedos y afrontar la realidad. Vivir el detalle. Aburrirme y empacharme de soledad. Ya no puedo correr para coger el autobús. Si se me hace tarde, se hará tarde. Y volveré mañana. Me sobran horas y mañanas. Maquillarme me lleva dos minutos, si tengo fuerzas para tomar el lápiz y la cajita. 
Pero si mis amigas vienen a sacarme a pasear, me  trago las penas y me pinto los ojos. Hago como que me creo que tenemos dieciocho años y nos dejan llegar tarde a casa nuestros padres. Que nos dejan cenar y pasamos la velada hablando de novios, de chicos que cenan al lado, de parejas que juegan a no pelearse.

Soñé muchas cosas de jovencita.Mil caminos distintos que surcar. Sentía infinitas ganas de triunfar, de viajar, de conocer gentes, hombres, grupos, artistas. Claro que no tuve nunca dinero para pagar un hotel. Marcos y yo jamás fuimos a ninguno. Es curioso que ese capricho me haga daño. Si siempre lo pasamos bien. De feria en feria, bailando en los barrios donde tocaban las orquestas, como mis padres. Viendo películas .Estudiando en bibliotecas, o intentando estudiar.

Ahora, cada día, en este instante, me planteo retomar todos aquellos sueños y reflotarlos de nuevo. No sé qué pasó con ellos. Cómo fue que se me escaparon y me quedé sólo con Marcos. Quizá no tenía corazón para más. Ni tiempo. Deseo recoger estas migajas y amasarlas juntas. Hacer una tortita, un bollo dorado que valga para alguien. Que sirva para reducir el dolor  y no para seguirme hundiendo.

Porque caer un poco más cada día es un destino que no quiero afrontar. No pienso dejar que el terremoto me arrastre. Quiero decir la fiebre consumista, el desaliento, el egoísmo, la generalización barata. Sería incluso fácil aprender a llorar más cada minuto. Profundizar en la sinrazón, dar vueltas a las cosas no comprendidas. Seguir preguntando y demandando a las estrellas por qué perdí todo cuanto tenía en un momento dado, sin que nadie me avisase.

Pienso que de haber sabido que me quedaba tan poco tiempo de dicha, habría hecho deporte a conciencia. Habría aprendido a esquiar. Habría caminado horas y horas. Habría estado mirando a Marcos desde todos los ángulos, y no le habría sermoneado tanto. Hubiera estado hablando con él en vez de hacer la cama. En vez de discutir, le hubiera besado. En  vez de…
Siempre quise pintar y tener una tienda de adornos, de obras de arte. De decoración. Me gustan tanto las velitas, los búhos, la ropa, los cuadros. Disfrazarme, cambiar los muebles de sitio, comprar posavasos, pañuelos, cinturones. Nunca tuve ese capital que hacía falta, ni esa disposición de ánimo que la inocencia aquilata. Y la juventud encumbra. El derroche de energía suficiente como para dar por cierto lo que parece tan irreal.

Imaginé  un establecimiento forrado de cristal y luces. Con infinidad de bandejas, lámparas, relojes .Cuadernos, tal vez. Bufandas, libros de viajes,  armarios, tambores, cajas de música. Agendas repujadas. Bolígrafos plateados y lápices con goma. Todo tipo de fruslerías para hacer de la vida un viaje imaginario, una sonrisa. Un antojo.

A Jorge y Borja también les gustaba dibujar, inventar, enredar. Los disfraces. Los objetos imposibles. Los más pequeños, los más inservibles. Disfrutaban muchísimo cuando mamá y yo los vestíamos de vaqueros, de héroes o pastores .Siempre los dos iguales y siempre perfectos. Peinados con el cabello de punta y en el color obligado. Pistolas. Gorros medievales. Pañuelos mexicanos. Ellos se dejaban hacer y yo diseñaba los modelos. Me gusta coser, recortar. Hacer una falda de dos trozos de tela. Planificar el espacio reducido.

Solo que entré muy pronto a trabajar en una oficina y todos mis proyectos de niña loca se invirtieron en horas sobre el teclado, desarrollando una compleja y monótona aplicación. Estancias de hotel con excursiones. Pasaba tanto tiempo hablando por teléfono que creo que se me consumieron las neuronas. Que se acostumbraron a pensar sólo en clientes. En personas que con exiguo presupuesto querían maximizar su disfrute en un fin de semana en Benidorm. En un puente en San Sebastián. En tres días de pasión en París.

Confieso que no fui con Marcos a ningún viaje que pudimos haber hecho. Soy una persona normal. Me agota trabajar. Llego al  viernes, o sería mejor decir, llegaba, hecha literalmente un trapo. Muerta de sueño, anhelando tener tiempo para no hacer nada. Esconderme debajo de la almohada y escapar del teléfono  y los paquetes de viaje. Huir de la gente. De su protesta. De las preguntas encadenadas.  Debí haberme formado más. Haber leído y estudiado .Haber  salido con más amigos. Entender de algo y no casi nada de muchas cosas. Pues qué sentido tiene conocer sólo las noticias que da la televisión tres veces al día. Lo ideal sería explorar nuestro planeta.

Haber estudiado ciencia. Medicina, quizá. Asistir a la gente. Hacer algo para evitar el hambre, el dolor, la pena, la enfermedad. Pero una piensa que son los otros quienes tienen capacidad y tiempo para remediar el mal en este mundo. Que son los demás los inteligentes, los artistas, los poderosos. Una cree que es imposible mover un dedo si no eres superdotado o superdotada. Si no ganas mucho dinero o conoces a mucha gente.

Si no perteneces a un club, a un partido  político, a cierta privilegiada clase social. Deseas que los demás salven el mundo, ya sen religiosos o políticos. Ya sean ricos o misioneros. Visionarios, quizá. Valientes, entregados, con ilimitada capacidad de sufrimiento.

Una es pusilánime para atreverse a saltar en el vacío. Y se cree que es demasiado mayor para empezar de cero, a pesar de que falta mucho para que cumpla los cuarenta y a pesar de que se haya sentido hasta ayer plena de fuerza. Capaz de sostener mi casa y mi pareja. Y hasta de haber mantenido a mis gemelos y a sus niños si me lo hubieran pedido. Pero no lo hicieron. Se quedaron en paro cuando la fábrica de electrodomésticos en que trabajaban, cerró. Se casaron con dos hermanas muy parecidas, y enseguida tuvieron a sus hijos, llenándome la casa de risas y biberones. Me los dejaban los sábados mientras iban a la compra. Sus hijos se parecían a ellos comos las gotas de agua. Yo no distinguía.

—Venimos enseguida. El tiempo de mirar una lavadora, de comprar unos pañales. No les dejes que abusen de ti. Están aprendiendo a reptar sobre la alfombra.

Se iban y Marcos y yo nos tirábamos al suelo con la niña y los tres niños chupándonos la cara. Llevándose todo a la boca.

Para lo poco que practicaba, me encantaba  jugar a la madre perfecta. A la tía perfecta quiero decir. Fregar pilas de cacharros,  elaborar  tartas de varios pisos en colores azul y amarillo. Escuchar a mis hermanos y a mis cuñadas. Cuidar de Marcos. Buscarles a las familias unas vacaciones perfectas  junto a una dorada playa barata.

Papá y mamá se fueron muy jóvenes. Malas enfermedades de las que nadie quiere hablar y que muchos padecen. Hospitales blancos con sus tempranos horarios de cenas y meriendas. Estos días pasados en que me han operado me han recordado las semanas de análisis de sangre, de consultas, citas, recetas,  anestesias…Aquella angustia y a la vez cercanía que ni siquiera me repele.

Casi me fascina. Admiro a los profesionales que se  entregan a la salud de los demás como medio de vida. No sólo se entregan. Utilizan  su instinto y su memoria. Su inteligencia  en largos protocolos  y sus rutinas. En  cuestiones administrativas, en altas y bajas, en recetas. En pruebas diagnósticas que se remiten unas a otras.

La semana pasada, esperando en la sala de radiografía, me parecía remontar al tiempo en que pedía cita para ellos y nos quedaba la esperanza. Nos quedaba tiempo. Después de esfumó todo como por ensalmo.

Mi compañera de habitación era una chica asombrosa. Demasiado joven para la responsabilidad que destilaba. Es absurdo conceder a la edad la exclusividad del comportamiento ejemplar. Opino que se es o no se es desde la cuna. Que la vergüenza interior se lleva genética. Que incluso a la vuelta de los años puede una perderla si no se esmera en practicarla. Me ayudó cuando me recuperé de la anestesia. Cuando supe la verdad sobre mi esposo. Mientras transcurrían las noches largas como antesalas del infierno. Más negras que el vacío. Más horribles que una eternidad sin principio.

Ella se había roto el codo y la operaron al día siguiente de conocernos. Destilaba energía y ganas de vivir. No la esperaba su familia cuando le dieron el alta, sino varias amigas con las que compartía piso. La mejor cocinera y compañera oí que la llamaban. Me vino de perlas escuchar sus risas, sus conversaciones apelotonadas. Me hizo bien centrarme en el universo diminuto de una habitación para dos. Tenía tanto miedo de regresar aquí, a esta casa. A mi piso enloquecido de soledad, repleto de recuerdos. A nuestra cama. A la mesa de la  cocina, al salón, al pasillo.

Mi compañera me animó a afrontar la vuelta. Me dejó hablar. Respetó mi dolor y mi silencio. Mi horroroso vacío donde ululaba el viento. Le dije que no comprendía nada. Que no quería entender. Que me sobraba el aire. Hay días en que me sigue sobrando. Le dije que no era valiente y no quería serlo .Que nadie me había enseñando a dejarlo todo. Así, en un solo golpe .De una sola mano de cartas de póker.

Ella había perdido su empleo eventual al caerse por la escalera del almacén. Necesitaba como el aire aquel contrato. Y la rehabilitación amenazaba con ser dura y larga. Dolorosa. Qué mala caída por salir de prisa a colocar unas cajas. Qué sucesión de esfuerzos y ejercicios la esperaba.

No le gustaba la competencia feroz instalada en los trabajos. La indecente falta de compañerismo que se quiere poner de moda. Y que yo secundo. Para qué enemistarse con los colegas que van a irse al paro en poco tiempo. Para qué demostrar que tú eres más inteligente. Más hábil. Más eficaz. Si todos necesitáis el salario. Si  hay mundo de sobra para repartirlo o debería haber. Lloré con esa niña un llanto quemante. Le expliqué que acababa de pagar mi hipoteca por completo y que planeábamos viajar al año que viene a alguna playa, por primera vez desde que fuimos al pueblo en la luna de miel. Le maravilló que hubiéramos podido pagar el precio de un piso en propiedad y yo le expliqué que siempre fue  común comprar una casa en este país, donde hasta las lápidas se pagaban tradicionalmente durante una vida entera.

Los esquemas tradicionales se vienen abajo como cartones en los últimos tiempos. Yo también la animé o lo intenté al menos. Cuando se comparten el espacio y el tiempo de dolor, los lazos se estrechan con cuerdas resistentes, inexplicables, firmes.

Sus jóvenes amigas querían abrir un comedor social en su barrio, basándose en una red de recogida de alimentos en los restaurantes y supermercados de la zona. Me quedé sorprendida y admirada.

—Nosotras dos somos cocineras— me explicaron. Y ella es trabajadora social. Contamos con los coches de dos novios y su reparto diario. Queremos negociar con el ayuntamiento

—¿No os da miedo embarcaros en una empresa semejante?, les pregunté

—Da más miedo cruzarse de brazos y pasarte la vida pensando en lo que no te atreviste a hacer. En los proyectos posibles que aparcaste porque te dio pereza afrontar los riesgos.

—A mí me espanta fracasar—confesé en un susurro

Luego me quedé pensando en mis propias palabras .En el pavor nacional a que los proyectos se vengan abajo. A que una pueda salirse de los cánones establecidos y hundirse ante la carcajada general. Un  pudor asombroso a equivocarme. Me da la risa. Aunque no me haya equivocado, debo volver a empezar .No tengo más remedio que iniciar la casa desde el suelo. Comenzar de cero. Aprender de nuevo a andar. Debemos reinvertarnos como nación. Ya tuvimos un imperio y mil derrotas. Ya nos comimos la gloria y la miseria. Ya subimos y volvimos a bajar. 
Fuimos ricos y nos lo creímos. Volvemos a ser pobres. Nunca fuimos otra cosa que un golpe de viento soñando con volar. Creo que voy a desterrar mi personal miedo a caerme cuando despliegue las alas. Es ridículo que me importe el qué dirán cuando mis pérdidas están en boca de todos y a nadie les importa. Ninguna persona va a apagarme o a devolverme la risa si yo no voy a buscarla. Si no la recupero del fondo del abismo y me la pongo en la boca aunque sea con esparadrapo. Orientada hacia adelante.  Ni un solo grano de arena va a cambiar de sitio si yo no lo recojo. A las personas nos corresponde tomar la iniciativa. Espirar e inspirar. Las cosas no sienten ni padecen. Sólo son feas o bonitas, apetecibles, difíciles, sucias.

No dejo de pensar en ese comedor social. Me viene a la cabeza tanto como Marcos, como mis hermanos, como la cama  del hospital. Es curioso, porque cuando me siento más hundida, el lujo de mis fantasías decorativas me salva de la dura vida cotidiana. Pienso en bisutería de ensueño, en blusas de raso, en diseño de ropa de fiesta y regalos que me encantaría vender. Me evado imaginando  una cadena de tiendas que yo regentaría. La publicidad que diseñaría. Los mercados que debería visitar. Pero desde esta mañana la vanidad no me rescata. No me traslada a mis ensoñaciones traicioneras. No compra mi alma ni mi tiempo de espera en esta casa , que se me hace tan grande y tan dolorosamente querida. El comedor sí.

La posibilidad de cocinar y servir la mesa a alguien que no puede pagarse un plato. Que tiene que rebajarse a pedirlo en una fila de personas igual de desesperadas. Ahora estoy llorando por ellas y no por mi desamparo. En realidad me duelo por nuestro país. Por haber andando tanto y no llegar a ninguna parte. Porque ninguna parte es tener la nevera vacía con tiempo suficiente para ir a comprar. Ninguna parte es el polvo tras tantos gobiernos y guerras.

El hambre es el fracaso total. Más que mi soledad y mi nostalgia. Más que mi querida silla de ruedas, a quien odio tanto como amo. Qué digo. Ni siquiera la odio. Me acompaña al levantarme y me vela de noche. Sabe que no consigo ordenar mi cabeza cuando entra la madrugada, en que todos los fantasmas quieren visitarme. Vuelvo a subirme en ella y preparo una tila doble. Repaso libros .Leo párrafos. Abro periódicos. Me acuerdo de mi padre y le pido que me dé fuerza para dormir. Para entusiasmarme con las cosas o con las ideas cuando me levante. Me pregunto si el lugar en el que está junto a mi madre es cálido o triste como este valle de lágrimas en que ha empezado a hacer frío. Viento y niebla anunciando noviembre.

Si ellas saben cocinar y coordinar la ayuda. Y si sus novios pueden transportar la carga de alimentos, yo sé cómo vestir ese comedor. Cómo darlo a conocer. Qué ayuda solicitar. Qué propaganda elaborar. Durante muchos años he buscado ofertas de viajes para procurar alegría y diversión a personas de todas las edades y condición. A abuelos con ganas de pasear y contemplar la costa dorada por el sol, tomando refrescos de naranja en las terrazas de la playa. A pandas de jóvenes sedientos de discotecas y pizzas grandes entre pintas de cerveza .A funcionarias con ahorros deseando visitar museos, cruzar parques, comer la gastronomía local. Sé cómo buscar y concederle su sueño a la gente. Así que sabría qué darles de comer.

Cuando me den el alta, ignoro si podré caminar. Si podré volver a mi agencia de viajes o se librarán de mí. Quizá entre en concurso de acreedores, como tantas agencias arruinadas. Me pregunto cómo podré ser útil en semejante comedor manejando el mundo desde esta silla . Y si debía abandonar mi anhelo de abrir una tienda de regalos y disfraces.

Quizá algunos sueños sean compatibles. La mente humana los fabrica por millares y a veces yo ya no sé en qué bolso guardarlos. En qué parte del corazón guardar los lutos y de qué bolsillo sacar  el ímpetu para afrontar nuevas ideas.

Quizá  de la urdimbre recia de esta silla de ruedas. Del fondo del alma donde apenas arde una exigua llama, empeñada en no fracasar.

FIN


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