Poemas de Antonio Carmona


Aquí, quieto

Aquí, quieto. Muy quieto.
No encontré una solución
más a mano que escribirme:
sólo ante mis diferentes formas.
Lejos de pensar que es mi cárcel, es mi refugio. 
Mi vieja cabaña es entrañable 
como animal doméstico: perro, gato, tortuga.
Hay pájaros en alguna parte.
No es verdad,
no estoy en Occidente, ni los versos son honestos,
ni en Oriente, ni peligrosos.
Los puntos cardinales todavía 
no se habían imaginado, ni distinguida la belleza.
En su consecuencia retiro todos los versos,
doy la mitad del papel a los insectos,
y la otra, para mi estómago, o que se vaya
haciendo mutis por la Historia con los hititas.

De nada sirvieron, de nada sirven. Dadme las tijeras.
Vais a ver que, aunque me tiemble la mano,
corto miembros, decapito versos.
De nada sirve la angustia que tanto sirvió.
De nada la indecisión, tan resaltada 
por la inteligencia, de nada 
la acción tan premiada.
Pero quiero salvar algo.
A ver qué puedo llevar 
a esta isla que me ha tocado.
Que no se me olvide coger mi muerte.
Dónde iba yo sin ella.   


Amadme como soy

Amadme como soy. Amad el fuego
y alimentadlos con las hojas
desprendidas de los libros del frío
y de la montaña del alma y el bosque del alma
y de la roca del alma y la mar del alma
y del lago en el infierno del alma.
Todo en el alma y el alma tal vez nunca
sepa que tiene piel. Puede ser
que el polvo oculte el nombre de la calle
y que la vaca muja todos los instintos
y que sea un día más por no decir uno menos,
con la zeta a cuestas, la Y de bastón,
la hache en el corazón y la T de prohibido. 


El cobarde

Huyen
los ríos del rugido de la montaña. Yo también,
maltratando a los mapas. Busco
brisa para las velas, ritmo para los remos,
espadas cruzándose en películas mudas y silencio,  
que lo que no es silencio hiere. Miro 
las ventanas encendidas en Manhattan
y el último recuerdo de los ciegos, el fuego.
Miro máscaras. Aprendo 
a ser menos y en ello estaba, 
cuando escuché un balido y balé
para el desconcierto de los lobos. Era el momento,
y firmé mi rendición condicionada.
«Y me llamas cobarde y no lo niego,
desertor y no lo niego». Le dije:
«Cuando me llamas cobarde y me envalentono,
y mantengo que sólo hay una Tierra y un solo hombre,
combato con la palabra el filo de la ignorancia».

Le dije:
«Cuando me señalas y gritas
que deserté porque no soporto
pisar charcos de sangre, aciertas.
Cuando me llamas cobarde, aciertas».
(A qué mentir
si mi rostro tenía el temblor de un terremoto).
Le dije que sí.
Que me había hecho poeta para confesarme,
para no tener intermediarios,
porque el último trayecto
hay que recorrerlo sin compañía.
Le dije
que Gamoneda lo escribe y acierta,
desde muy hondo:
«mi manera de amarte es sencilla:
te aprieto a mí
como si hubiera un poco de justicia en mi corazón...»


Enero

Suben al tren
que atraviesa llanuras nevadas.
Una bailarina ensaya en el pasillo.
La niña come manzanas.
El odio calienta
con sus últimos rescoldos a los agonizantes.
Hay un ojo que lo mira,
no tiene pasaporte y salta con el tren en marcha,
perdiéndose en la nieve, decidido
a encontrar el legendario paraíso, otro mes.
Al amanecer, ¿dónde estaba?
¿Qué calendario era ese, qué país,
qué rey, qué disidente?
Esos malditos símbolos
ya estaban ahí cuando llegué.

El mes es un abismo intensamente amarillo.
Sus habitantes
trazan espirales con algo de suerte.
En su laberinto 
no hay un híbrido de toro y hombre.
Enero tiene dos puertas.
A veces hay viento.

Y llegó tarde al calendario porque quiso.
Si la memoria no me engaña, Enero 
no se sabe por qué, fue condenado.
El mes es una vía que repta en el desierto.
Llega al mar.
Destino mío: ¿estaba escrito?
Si no es así, se está escribiendo.

Y aquel es tu hijo
que te supera en edad.
Y aquel el pico
que devorará las lombrices.
Y aquel el cuco
que acechará los nidos.
Y allí el anciano
hacia la locura acribillado
por la lucidez.

Allí está Enero donde fui a nacer
ya condenado a saber.
Y aquello es tu ojo izquierdo
mirando por el roto de una niebla
el bosque de tu pecho, el que rodea al corazón
donde vive la araña que creía
tejer nubes ignorando
que plantaba trampas:
la seda en la que caigo.


Ideología

Y aquí estoy
al otro lado de estatuas amenazadas
por palomas amenazadas
por mendigos amenazados
por la cordura de los ojos locos de los obreros
amenazados
por la cordura de los ojos locos de los ejecutivos
amenazados
por otros ejecutivos amenazados
por la cordura de los ojos locos de los hambrientos
amenazados por tumbas.
Y se traiciona la voz de los vencidos.
En este tiempo las telarañas
y el musgo se esconden en la limpieza,
la capitulación transpira sin condiciones
en las conversaciones intrascendentes,
la impiedad ladra 
y la dignidad es figurada porque sirvió de alimento
al de la capa negra.
Los expedientes se desangran y las sanciones se clavan
en los hijos del despido.
Huir lejos de la capa oscura, donde
a los vestidos nuevos no los amenacen los harapos
y la sonrisa de piedra encuentre labios de carne.
Huir
donde el orín del miedo no tenga página donde escribirse,
donde los gatos oculten
el retráctil desprecio de sus uñas,
donde ojos asombrados miren desde el papel,
ignorándolo todo, donde haya
dos cerezas y un jarrón; donde yo,
miserable héroe del crepúsculo,
mirando el mar extraviado,
invente un siglo
lejos del extravagante acto de la confesión,
cerca de lectoras de Safo,
del estallido del color de los naipes (sangran las flores);
lejos del odio prendido hace bien poco (fuego nuevo);
del chirrido del hierro en los cambios de vías,
del ruido que no cesa,
de una forma sólo pensada,
de la alquimia del carnaval.
Lejos de la soberbia.
Cerca de la lujuria.
Cerca de la pereza.
Lejos del hambre
y de la abominable gula.
Cerca del son de las madres que marca golpe a golpe,
latido a latido el ritmo y el rumbo. ¡A bogar!,
al son de las madres. ¡A bogar!,
con el primer son; ¡a bailar!
Y cuando cese la música,
que alguien apague la luz. 


La salsa de la carne

La salsa de la carne llegó tocada de civilización.
Cuando saqué la cabeza de mi escondite y vi a toda esa gente,
no me alcanzó la vista para ver si estábamos todavía
cubiertos de buena temperatura.
La tortilla de papa tenía su punto. Comían
bocatas de jamón extraños fascinados  
musulmanes de mi equipo. 
El pincho moruno de la mañana era 
más antiguo que las mamparas de papel. 
Me asustó la levedad de los pétalos y la fragilidad.
No supe qué darte y no quería que olieras el miedo.
Había una sombra de rendición
ante las piernas de las bailaoras.
Pocas cosas como unas gambas a la plancha y su tributo de sal.
Si alguna vez nos fuimos de esa calle
ya lo hemos olvidado.
Descansando en un callejón
donde había dos tiendas y una mujer de otro tiempo,  
me envolvió el humo de un demonio musulmán que se postraba
a los pies de un cristo por la mañana,
y por la noche enduendando
guitarras y gargantas,
se emborrachaba.
Dos gitanas insistían y nosotros le dijimos:
el futuro no es interesante. Pero no nos creyeron.
Los boquerones fritos traían en su piel
huellas de felinos.
Lo malo es que roncabas,
lo bueno es que encerraste dos incendios:
la Alhambra y el crepúsculo.
Las migas llegaban recias. Eran de monte. 
Si no has jugado con el aro en movimiento
conducido con un palo, sí en mi memoria;  
si no bajaste
del árbol al hombre y lo erguiste
y le susurraste que mirase a la luna, sí en mi memoria.  
Acorralados en Gibraltar, 
por última vez, sí en mi memoria,
miraban los neandertales África.
Que sea esa culpa, esa infamia
el peso de las sombras y los siglos.
Las almejas
se colaban sin tropiezos hasta los domingos.
Las campanas resonaron en sitio de otra religión,
en oídos de otra fe,
pero seguimos comiendo y bebiendo la cerveza que por entonces
no sabía a pecado.
Los callos llegaron sin ideología, calientes, picantes y jugosos.
Me sorprendió que no los conocieras.


Grita reclamando

Grita reclamando amor por callejuelas sevillanas.
Las cicatrices señalan las prohibiciones.
Todavía recuerda el eco de sus zapatos volviendo a casa
tras el bullicio, el calor y la guerra.
Siempre tendrá un diez en geografía.
Conoce bien la clandestinidad y el histrión,
y los crucigramas, y muchos sueños
todavía rondan sus noches.
El canto del gallo no sé si te importa.
Después de todo, buscas lo que buscan los vivos:
«tu lecho bajo el jardín
estará muy cerca de la vida.  
Yo que he pasado el Rubicón
para conquistar la ciudad de los ancianos,
el último refugio, te escribo
también a ti y me sonrío por tus trenzas.
¿Cómo osaste pensar que no vivías entre los amados?».


Pecado cognitivo

Pinturas de guerra en la piel,
o de fiestas catárticas estirando los cuerpos.
Y llegaron a un abismo
donde tenía que estar el corazón.
Y soñaron ser estatuas de alabastro
o arcilla roja en el pincel 
profetizando decadencia en la abstracción.
El milagro cognitivo había alterado
las costumbres. Sapiens,
aferrando la lanza con su ala
desde la cúspide de los alimentos,
hacía guardia entre la basura
de sus antepasados.
Rastreó sus propias huellas adelantadas
y nada tuvo sentido sin la penitencia
del pecado cognitivo. 

Cayó al sinsuelo enredado entre las sierpes.
Aulló en otro idioma.
Se desprendió de la conciencia,
de la pelvis estrecha y del pulgar,
del azar de los cantos rodados, 
del palo duro y afilado,
del tuétano.
Quiso volver a la selva
pero se había alejado.
Aquel hombre vio en su vejez la de su estirpe. 
La música ya era vieja cuando llegó la escritura.
El dinero ya unía por su lado oscuro:
era la confianza que nos une en litros de cebada,
un alarde de conectividad del Sapiens.
La ciudad comenzó a soñarse
con la alargada sombra del templo.


Escritura celeste

Desde Olduvai hasta el voraz
apetito del Neolítico asesino
(sicario del Humano,
custodio de la Cultura,
Invención invencible pero suicida
de una Especie),
donde viven los mitos. 
Suben y bajan
escaleras hacia el cielo
abierto y rojo
y
hacia
el abismo. Cruzan
el istmo en un carro
de oro y fuego. Cierran
las puertas de una selva
y se quejan a la Luna
de la impuntualidad de la lluvia. Oran
al Neolítico que hereda la sutil
diferencia del arco y veneran
a sus muertos. Oran, suben,
pactando con el mijo y el sorgo,
caminando con Uro, como quien lleva a un esclavo.
Traen y llevan oraciones desde entonces,
hasta la nano-tecnología (mi tiempo),
atrapados por la magia
de la transformación de la Materia
(arcilla y fuego), como hicieron los Dioses.

El perro participa en la caza,
el gato araña
un contrato de servicio,
la miel es defendida
por un zumbido inquietante,
la osadía de las palomas
perturba
la clandestinidad de las ratas,
el acuerdo del caballo
y la civilización,
el trigo afirma ser
el cabello de la tierra,
el cerdo perdió
la guerra en Oriente,
el transporte del polen
y la lujuria de las flores,
el espectáculo de los gallos,
el ataque de los pájaros a los campos,
el gigantesco salto desde el microlito,
la pérdida del paraíso.

Huyendo por el tránsito hacia los templos,
designios no concertados con las hojas y los astros,
vaciaron los pechos de las Diosas. Entonces
sueños turbios de vid
se enredaron en las ruedas,
en el hacha de combate
y en las patas de los caballos.
Los leopardos de la Diosa
huyeron con las sierpes,
a las cabezas de las proscritas.
Avanzabas por el tránsito llevando,
ya de antiguo, la escritura celeste...