Poemas de Eulogio Gavela


El tacto del agua

Hasta el tacto del agua es diferente
ni acaricia no arrulla, solo nada,
como aquella  canción desdibujada
la música  no existe, solo ausente.

Bien trate de seguirte la corriente,
me topé la sonrisa apasionada
diciendo sin decir no dice nada
murmurando aquel sonido incongruente.

La toalla se desplaza lentamente
por todos los rincones de mi  vida
los riega de sabor a despedida

como el rumor más turbio de esta fuente.
Tu frío se desplaza por la espalda,
antaño lo sentí como guirnalda.


Ciento volando

Son los ciento volando que hoy escribo,
es la rima rimada en serventesio
la magia que plasmada en este libro
con aires de traslado al Polinesio.

No preguntes porque ni que motiva
un conjunto de absurdas pinceladas
si al compendio distante que describa
el cálido mirar de las miradas.

El pincel bien sujeto entre los dedos
y los ojos clavados en la nada
soñando los colores de alborada

tapados con la distancia del miedo.
Como será aquel trazo que imagino,
ausente caminar del peregrino.


Desnudar palabras

Desnudaba palabras la otra noche,
de improviso llegó la madrugada
con su toque gentil de aquel reproche
que queriendo decir no dice nada;

sonaba a lo lejos un teléfono
que marcaba la pausa en su llamada
con el ruido cansino de su tono
y aquel  sonar sonando dice nada.

Cuantas horas soñando veo tu cara
que enredada en los juegos siderales
ruego a Morfeo aquel  dios se quedara.

Retorna nuevamente a mi camino
no dejes para nada otro mañana
sin dudar que  ese aquel destino
que vive encadenado a tu palabra.


Desierto imaginario

Voy cruzando un desierto imaginario
que no sé ni tal vez donde conduce,
es  la senda que esconde lo que luce
y guardo cautelosa en el armario;

me visto de tuareg estrafalario
que de arena así envuelto se reduce
a tal excitación que le produce
el mínimo silbido literario.

A la grupa del verso cabalgando
bien sujeto a la jiba del camello
con el toque fugaz de aquel degüello

que anduviera anteanoche rebuscando.
Nubla, Luna la luz en la mirada
que la nube te arropa enamorada.


Estrofas del silencio

Jugamos con estrofas de silencio
colgadas en retazos de la nada
impropio renacer de madrugada,
los sonares torpes el oído necio.

A tus pies me reclino y reverencio
esperando esquivar esa mirada
rogando ya termine la jornada
y ver si de tal forma me licencio.

Difícil entender ese dictado
no sé de  qué colores tiene el brillo
si fuera de aquel propio del tomillo

quizás de un tal marrón azucarado
que pueda ya dejarme aposentado
tu morada, la torre del castillo.


Buscar un motivo

El buscar un motivo necesario
para así realizar el compromiso
que me impuse dejando lo preciso
sin que fuera siquiera extraordinario.

Lo supuse cual gesto voluntario
de esta forma y de modo tan conciso
admitiendo asumir algo impreciso
por poder aceptar algo no vario.

Son campanas distantes en la vida
lontananzas, vaguadas de verdura
resonares gozosos de frescura

que marca sin querer aquella huida.
Mis recuerdos se amarran a los tuyos,
es el río de amor de los arrullos.


Alisar

Alisar hoy tu pelo mal peinado
que se escurre en el cauce de mis dedos
sensación de descuido abandonado
el contacto deseado como anhelos.

Mirarte y sentir así esa mirada
el beso que al besar es solo beso
la nota de canción tan bien tocada
que dice lo que quiere, solo eso.

Tu cuerpo está enredado con el mío
aquella danza eterna del te quiero
inmenso el mismo son del desafío

de tanto ser así eso prefiero.
Que no despierte aun esta mañana
en mis manos quisiera tus cabellos.


El grito de la paz

La paz fue quien gritó “ya no más guerra”,
el tiempo le asentía ensimismado,
quemaba sus deseos en la hoguera
de horas cosechadas del  pasado.

La niebla lo envolvía muy despacio
cubriendo las heridas delicadas
y quería  solamente ser reacio
a los sueños lejanos de miradas.

Qué más quieres saber, maltratadora,
si me tienes prendido de la falda
en un hay sin saber de rojo y gualda

con la muerte cercana y tentadora.
Si quisieras saber cuál es el día,
sólo lee este soneto, amiga mía. 


Me gusta

Me gusta recorrerte con la vista
y hundirme en el colchón de tú latido
dormir dentro del beso suspendido
hacer de esa sonrisa mi autopista.

Quisiera ser el diablo, tú exorcista
morderte donde nadie te ha mordido;
sentirte como siempre he consentido
amarte con misterio de alquimista.

Deseo contemplar la luz dorada
del Sol que en tus cabellos se desliza
jugar a ser la nave que aterriza

detrás del aeropuerto de esa almohada;
bien quiero que te vayas más regreses
y cuando me apuñales  me embeleses.


Sueños

Sueño noches tempranas a tu lado
cual galernas dispares y profundas
alumbradas por luces de tu faro
desprendiendo pasiones tremebundas.

No deseo que llegue la mañana
que esta noche resulte interminable
porque tú eres la fruta más lozana
con el matiz de amor insuperable.

Te tengo y bien anhelo aquel suspiro
que siento muy de cerca, tan lejano,
un sueño tenebroso del arcano

cuando en la noche oscura te respiro.
No sé  de qué color será la vida
ni tampoco su sabor a despedida.



Esa piel

Esa piel con perfume de manzana,
pincelada del son y aquel latido
sutil, tan delicado cual gemido,
que pueda semejar la porcelana,

excitante sonido en la mañana
al escuchar sereno tu suspiro
que muestras como mar embravecido
si acaricio constante tu mediana.

Son tus labios, sabor de zarzamora,
los pezones los fuegos delicados
 tu ombligo es el desdén de mis pecados

con la marca sutil que me enamora.
Qué más quieres saber, sultana mía,
reina mora, mi bella poesía.



Hojas muertas

El otoño que hoy viene a visitarte
envuelto en mil retales de colores
aromas de fragancias y de flores
con los toques sutiles de aquel arte;

 la porción diminuta de la parte
desnudando diminutos estertores
de hojas que desprenden los temblores
 aquel viento fugaz que las arrastre.

Alfombras la vereda del camino
con el toque temprano de la muerte
el vaivén lastimero, inconsecuente

que no encamina a nada ni al destino.
Te miro  así recreo la mirada,
anochece,  después la madrugada.



Los trozos a este tiempo

Le robaré los trozos a este tiempo
que teje enmarañado mi pasado,
angustia de decir lo ya acabado
como si fuera simple pasatiempo.

Ese abrigo sutil cual de entretiempo
abrazando insolente tú pecado
en susurro de amor desesperado
convirtiendo el pasado en un destiempo.

Deja sol que la lluvia me acaricie
no maquilles siquiera su dictado
 de lejos el sonido alborotado

que pueda ser el son que me ajusticie.
Va  muriendo el verano lentamente,
y aun no encuentro a quien lo represente.


Cuartetos

La vereda va al camino
el sendero va a la mar,
¿dónde conduce el destino?
¿dónde nos quiere enviar?
                                      
Por la suplica de amores,
ese dulce palpitar
que se convierte en las flores
que te regalo al pasar.

Es que eres poesía,
solo es  eso, nada más,
cuando te acaricia el día
que despertándote estás.

Así pasan los minutos,
espero del regresar
me regalen esos frutos
de tus labios el besar.


Cansancio

Cansado ya de andar  tanto camino
sin destino final que bien quisiera
me siento tan extraño, tan mezquino,
como una rosa mustia en primavera.

A veces no recuerdo ni adivino
si los pasos que van quedando fuera,
son las huellas marcadas de cualquiera,
ante tal abundancia ya me inclino.

Como quema ese sol en las mañanas
produciendo sudores siderales
los que afectan a todos los mortales

sensaciones distintas, casquivanas.
Voy cansado, no encuentro mi destino,
¿quizás es que confundo mi camino?


El pasillo

El pasillo del tiempo donde vivo
al que cursa visita cada noche
una sombra con cara de reproche
pasando a suscribir lo relativo.

Me siento como un naufrago cautivo
prendido en la tormenta  del derroche,
inmerso en la distancia de anteanoche
a un grado de sed superlativo.

Voy quemando las horas muy despacio,
tejiendo los instantes en minutos
bien pudiera que fuera aquel prefacio

de los pensares siempre diminutos.
Una vuelta, dos mas, esto termina,
y la vida.., la pura golosina.


Mi regreso

Si esperas mi regreso alborozada
bien creo que confundiste el camino;
marcaste con castigos el destino
de siempre como siempre, para  nada.

Clavaste aquella daga envenenada,
de un filo penetrante y tan ladino
como marca dejada en fino lino
sobre tela de trazo bien bordada.

Sonidos de torrente traicionero,
corrientes que me arrastran a otra vida,
lejana y distante, tan bien perdida,

ocaso distante de aquel un lucero;
lágrimas vivas sin tener pañuelo
que sin remisión se van hacia el suelo.