Poemas de Edith Fernández García


Acusaste a ese destino, tu palabra

Acusaste a ese destino, tu palabra.
Fría gota de rocío que se escapa
tras la sombra de una tímida sonrisa.

Ya despista el sentimiento que suspira.
Y tus pasos que caminan
tan cansados!,
se desgarran por momentos
en la noche solitaria de un invierno,
que desgasta su presencia y la derrocha.

Se helaron las sonrisas de los muertos
en vida.
Se calmó la fiebre oscura
del pasado,
Y tú sigues tu camino
mientras piensas:
-que solo voy. ¿quién me hace daño?



Alguna vez pude escuchar tus palabras

Alguna vez pude escuchar tus palabras
Entre la espesa sombra del vacío.
Sentir tu abrazo cálido y feliz,
abrazarse tiernamente al mío.
Estábamos a solas con la soledad
y recogimos de cada minuto,
los pétalos de verdad
caídos al suelo mudo.

Cuando las estrellas bailan
vestidas de cielo gris,
su voz se escucha, acallada
por el viento, de un mes de Abril.

Ya el rocío cae cansado
y tímido, por decir
a las hojas de una rosa,
lo que significa su latir.

Gritaba un alma oprimida
poco antes de morir,
las memorias que en su día
el mundo no quiso oír.



Podrás quejarte de mi ausencia en tu seno

Podrás quejarte de mi ausencia en tu seno,
viento feroz.
Arrasas las ideas que intentan ser firmes
contra tu aire, frio en la mañana.
Podrá sentir la luz
que mi ceguera,
apenas deja que traspase su ilusión.
Podrán los árboles danzar
al son de este gemido.
Podrá quedarse seco un corazón.
Pero nunca apreciarás en mi destino,
que alguna vez camine sola
la razón,
al no dejar que baile entre las nubes,
la soledad que abraza mi canción.



El día que yo me muera

El día que yo me muera
que nadie me mande flores,
ni vaya a llorar mi pena
vestida con sus dolores.
El día que yo me muera
podré respirar en paz,
dejar esta perra vida
podrida por la maldad.
El día que yo me muera
me iré con mi corazón,
volando por las espesas
neblinas de la ilusión.
El día que yo me muera
que no me eche de menos,
ninguno de los que en vida
me dieron vida de perros.

El día que yo me muera
vendrán a velar mi entierro,
los cuervos ya conocidos
con caretas de sentimientos.
“El día que yo me muera,
espero estar ya
… muy lejos”.


Flor del desierto...nadie...nada

Por qué tuve que nacer donde mi vida no vale nada? Por qué tuve que ser vilipendiada?
Por qué? por qué tengo que ser apedreada? Veo los ojos de mis hijos, de mi familia adorada. Les obligan a lanzar la primera
a su madre… que grita… aterrada!
No comprendo el sin sentir de la opresión,
no sé porque soy mancillada! Tal vez en otra vida al ser mujer, sea valorada.

Ya recibo la primera… me ha dado en toda la cara. La segunda… la tercera. Cuántas serán soportadas antes de que caiga rota, reventada
sobre la calle teñida de rojo… ensangrentada. Qué sin sentir!, qué locura!,
si yo no hice al fin nada. Solo lo que un “buen marido”
necesita para con otra… estorbaba.

Si hay un Dios, Alá, Jehová, al fín, que más dá como se llama.
No creo que en su concebir
a la mujer, la quiera así tratada.

Me voy nublando entre gritos, entre piedras y palabras. Palabras mudas que sufren en las lágrimas nubladas

de a los que van obligando,
Y de a los que no obligan a nada.

Me voy… me desangro por dentro. Ya no me queda ni rabia.
Hay viene para mí… la última la que me dejará callada,
las demás ya, ni las sentiré.
Las demás, como yo… no serán “nada”.

(De la antología Grito de Mujer-Flores del Desierto)



Te verá en las sombras

Te verá en las sombras,
Al nacer el día.
Te verá en sus sueños,
Te verá en sus días.
Se marchitarán
Los claveles rojos.
Se desgarrarán
Todas las mentiras.
Sentirá tu aliento,
Tu frescor temprano.
Sentirá todo eso
Y será un engaño.