Poemas de Fernando Fiestas


Divertimento

En clase,
una niña de piel translúcida
me regaló un dibujo
hecho con sus miradas.

No eran sus ojos,
sino pequeños saltos
entre posturas
donde cada pestaña
traía su expresión.

Un rectángulo blanco
y todos los poemas invisibles
trazados a plumilla.

Desde entonces soy otro
y escucho los silencios
a su sutil manera. 


Primera piedra

Llegaron con sonrisas,
desplegando las velas,
oliendo a aceite
y enseñaron a todo el mundo
que lo difícil es lo valioso.

Vivían del levante,
del precio del azufre.

Con sus manos de pez,
eran los portadores
de lo desconocido
y jamás embarcaban
sin la voz del oráculo
sobre los hombros.

Trajeron animales nunca vistos,
tótems de pesadilla,
extraños gestos
como cerrar los ojos
para dormir.

Transportaban el polen
de un puerto a otro
–igual que las abejas-,
alegremente,
pero no nos dejaron
panal alguno.

Y siempre se quedaban unos cuantos vidrieros
por si llegaba algún eclipse no previsto,
pues las noches
escancian vastedades
a falta de noticias.

(Es lo que nos sucede siempre:
todo parece más inmenso
a falta de noticias)

Llegaron para verse entre los vientos,
tomaron por ojales a los hoyos del agua
para pescar mejor,
e hicieron más profundas las cavernas
en la gran roca.

Peinando las mareas,
olvidaron mezclar el vino,
de modo que sorbieron las vocales
para imitar la voz de las corrientes.

Para amar evitaban los pronombres,
leían la sintaxis
de las estrellas
y con el suave tacto de los  labios
supieron dar memoria a la miel.

Muchos siglos después, un faro
se alzaría con piedras
hexagonales,
grises y oscuras,
donde los horizontes
suben y bajan
según como se mire,
donde yo me imagino verdadero
y no he dicho a nadie
que este levante
lo inventaron los fenicios.

En Akros-Rusadir, 380 a.C.


¿Es felicidad tenerlo todo y no poder hacer lo que hacen los demás?

Te perfumabas antes de acostarte,
-de trenzas el cabello y rímel en los ojos-
extendías la seda
sobre tu desnudez y besabas
los labios del chacal de porcelana.
Eres la reina
pero nunca quisiste serlo,
soñabas parecerte a aquella niña plebeya
de la choza del río.
Sabes que en el desierto
es imposible ver escarabajos
y tuviste que hablar con Dios
para creer más en ti,
en tus visiones místicas.
Sabes que cada alrededor te purifica,
acaso esos jardines sin final
del que alguna semana
hablarán en museos y academias.
En palacio se cuenta que las risas se miden
como los números
y nadie encontrará modo de retratarte
para que te conviertas en suceso.


Por más que te empecines,
nadie tendrá la misma distancia
entre las comisuras de los labios;
quizás una corteza del árbol de la vida
te sirva como máscara
ante el túmulo fértil
restituido en cenizas.


Cuando falten tus alas

Incluso soy distinto de mi vida.

Apenas alguien
que resbala por cuerpos
hasta recuperar
lo que he dejado.

         Todo para marcharme
         y no volver;
mas prefiero no hablar sobre mis años
aunque sean hermosos.

Con el trozo de luz que solía regalarte
tras las mudanzas
te iba
desconociendo.

¿O es que ya no te acuerdas
de que cada ciudad tiene su sol,
cada esquina su nido de vislumbres?

No basta con las plazas
cada vez más redondas.

Ni con los árboles
cada vez más silvestres.

Aunque tu cuerpo desproporcionado
y transparente
ocupe mis zozobras,
yo soy los faros que representabas
en tus dibujos,
los que envuelven con forma
de sonrisa sin miedo
las terrazas desiertas.

Siempre supiste lo que deseabas,
ese cielo sumiso
para tus labios.

Yo no he necesitado
nada para ser libre,
ni siquiera mi piel.

         Y luego la memoria,
como un amante
que te deja promesas
rotas entre las sábanas.

Es esa soledad
que engrandece las cosas,
un silencio profundo, muy profundo,
lo consistente de todo perfil
para un panorama delicado
sin la firma de un dios.

Todo para marcharme
y no volver.

Hallar en otro sitio la pureza
que se evapora
después de contemplarnos
discretamente;

la esencia de los viajes
cuando faltan tus alas.


Las semillas en la mano

Lo que sucede tras reunir
las primeras semillas:
el estupor de verlas deslizarse
con el tacto del polen
entre los dedos,
su gracia original.

Sentirlos nueva música
con su calor de fe
en sensaciones tibias,
como todos los duendes inconclusos.

Son los momentos
de la respiración que se contiene,
trances irrepetibles
de los granos que luchan entre sí,
porque cualquiera puede
transformar el paisaje.

Con la conciencia
de los instantes únicos
y no dejarlos escapar.

Tenerlos siempre vivos,
presentes.

El calor de costumbre
que nos hace personas.

El hilo que no importa a nadie
de los recuerdos.