Poemas de Fernando Fiestas


Acaso tras la vida

A Fermín Fernández Belloso, In Memoriam

Mi buen amigo,
sé que no oirás los versos para ti,
sé que ya no verás las cosas bellas
de la vida que tanto nos conmueven,
ya no sabrás lo mucho que celebrábamos
tu presencia en las ceremonias
que buscaban dar luz a la luz de la poesía.

Ya no te mecerá la costumbre
en su rutina fiel,
ya no despertarás
para comprar el pan como cada día,
ya no sorprenderás a las nubes
con tus versos amantes e instruidos,
ahora
huérfanos de tu voz.

Los recuerdos entonan tus palabras
inmortales en ti,
por siempre durarán escritas,
en alianza común con la desazón
de saber que te fuiste
sin darte cuenta, como si la muerte,
de la que nunca hablabas, no existiera.

Ya no contemplaremos con sorpresa
los hermosos versículos
que nos dejaron quienes llamábamos maestros
ni me guiará tu sol de consumado sabio
sobre la oscuridad de mis dudas.

Ya no disfrutaremos de la esperanza
de unos nuevos encuentros;
el sino nos segó tu quehacer
de poeta hortelano,
y para siempre quedará
la sonrisa de tu luz,
el vuelo juvenil que mora en tus libros.

Un soplo de ternura me persigue desde entonces,
acaso convicción:
cuando un poeta muere,
un hontanar de versos golpea las ventanas
con la furia de los desamparados. 


El sacramento diario

Porque todo misterio se resuelve
jugando con el agua,
sin la necesidad de vertirse de árbol
ni de verse junto a un río.

Porque todos los pueblos
que imaginé
con los ojos cerrados –mientras dormía-
se funden con el líquido de la ducha
para no regresar 
al cuerpo 
hasta el siguiente sueño. 

Supongo que depende del silencio
detrás del surtidor,
sobredimensionarnos como dioses
en esta pulcritud 
que tienen las camisas
recién planchadas,
lo que nos bastaría para encumbrarnos
sin corona.

Son los minutos en que el tiempo calla
en los relojes
porque quedaron lejos 
de los sentidos. 

La soledad que nunca se comparte.

Tan solo ese desnudo
en pleno rito
de parecerse a estatuas,
este rostro mojado
con ansia de noticias, 
la piel con el jabón
por la dulzura suave 
de las esponjas. 

Cabe asomarnos por si hiciera frío
después de todo.

No se puede empezar el día
sin pureza. 


Divertimento

En clase,
una niña de piel translúcida
me regaló un dibujo
hecho con sus miradas.

No eran sus ojos,
sino pequeños saltos
entre posturas
donde cada pestaña
traía su expresión.

Un rectángulo blanco
y todos los poemas invisibles
trazados a plumilla.

Desde entonces soy otro
y escucho los silencios
a su sutil manera. 


¿Es felicidad tenerlo todo y no poder hacer lo que hacen los demás?

Te perfumabas antes de acostarte,
-de trenzas el cabello y rímel en los ojos-
extendías la seda
sobre tu desnudez y besabas
los labios del chacal de porcelana.
Eres la reina
pero nunca quisiste serlo,
soñabas parecerte a aquella niña plebeya
de la choza del río.
Sabes que en el desierto
es imposible ver escarabajos
y tuviste que hablar con Dios
para creer más en ti,
en tus visiones místicas.
Sabes que cada alrededor te purifica,
acaso esos jardines sin final
del que alguna semana
hablarán en museos y academias.
En palacio se cuenta que las risas se miden
como los números
y nadie encontrará modo de retratarte
para que te conviertas en suceso.


Por más que te empecines,
nadie tendrá la misma distancia
entre las comisuras de los labios;
quizás una corteza del árbol de la vida
te sirva como máscara
ante el túmulo fértil
restituido en cenizas.


Cuando falten tus alas

Incluso soy distinto de mi vida.

Apenas alguien
que resbala por cuerpos
hasta recuperar
lo que he dejado.

         Todo para marcharme
         y no volver;
mas prefiero no hablar sobre mis años
aunque sean hermosos.

Con el trozo de luz que solía regalarte
tras las mudanzas
te iba
desconociendo.

¿O es que ya no te acuerdas
de que cada ciudad tiene su sol,
cada esquina su nido de vislumbres?

No basta con las plazas
cada vez más redondas.

Ni con los árboles
cada vez más silvestres.

Aunque tu cuerpo desproporcionado
y transparente
ocupe mis zozobras,
yo soy los faros que representabas
en tus dibujos,
los que envuelven con forma
de sonrisa sin miedo
las terrazas desiertas.

Siempre supiste lo que deseabas,
ese cielo sumiso
para tus labios.

Yo no he necesitado
nada para ser libre,
ni siquiera mi piel.

         Y luego la memoria,
como un amante
que te deja promesas
rotas entre las sábanas.

Es esa soledad
que engrandece las cosas,
un silencio profundo, muy profundo,
lo consistente de todo perfil
para un panorama delicado
sin la firma de un dios.

Todo para marcharme
y no volver.

Hallar en otro sitio la pureza
que se evapora
después de contemplarnos
discretamente;

la esencia de los viajes
cuando faltan tus alas.


Las semillas en la mano

Lo que sucede tras reunir
las primeras semillas:
el estupor de verlas deslizarse
con el tacto del polen
entre los dedos,
su gracia original.

Sentirlos nueva música
con su calor de fe
en sensaciones tibias,
como todos los duendes inconclusos.

Son los momentos
de la respiración que se contiene,
trances irrepetibles
de los granos que luchan entre sí,
porque cualquiera puede
transformar el paisaje.

Con la conciencia
de los instantes únicos
y no dejarlos escapar.

Tenerlos siempre vivos,
presentes.

El calor de costumbre
que nos hace personas.

El hilo que no importa a nadie
de los recuerdos.