Heroínas anónimas

José María Fernández Núñez
Relato del escritor  aragonés José María Fernández Núñez sobre un hecho histórico ocurrido en Zaragoza

Al amanecer del día 29 de febrero de 1809, cuando callaron los cañones, los fusiles enmudecieron y los hornillos se silenciaron, tan solo se oía el crepitar de las llamas en los maderos derrumbados. Los agónicos lamentos de los heridos y enfermos, su extrema debilidad por falta de cuidados les llevaba a apoyarse en los tapiales que no hacía mucho les habían servido para contener al ofensor. Ahora pedían con gritos sordos que un alma caritativa pusiera fin a sus dolorosas penurias. Los ladridos de algún can llegaban desde cualquier lugar; ladridos que surgían amenazantes entre la niebla, advirtiendo a los intrusos del peligro que corrían si disputaban su abundante festín, servido en las escuálidas y enfermizas carnes de sus antiguos amos, moribundos, que no sentían el dolor de los desgarros, ya sin fuerzas, para evitar ser devorados por sus antiguos y fieles amigos. 
           
En aquellos aciagos días, Zaragoza no era más que un montón de escombros, donde abundaban los cadáveres de uno y otro bando. No había ya tiempo ni lugar donde enterrarlos. La peste, aliada de los agresores a los que también había mordido, pues no conoce colores, honras o prestigios; es el arma que impidió, momentáneamente, un total saqueo de la ciudad. El  saneado de las calles, plazas y edificios en ruinas que aún quedaban en pie, era tarea primordial, se empieza limpiando los de cadáveres propios y ajenos transmisores de la epidemia. Estos cadáveres eran transportados como fardos o desechos urbanos, sin miramientos, honras o respetos hacia aquellos que gloriosamente habían dado la vida por la causa, a lugares como Macanaz, Monasterio de Sto. Domingo, huerta de las monjas Jerónimas de santa Engracia, entre otros muchos improvisados cementerios, en los que fueron enterrados en el sentido literal de la palabra, o incinerados en aquellas enorme piras que elevaban sus columnas de negro y pútrido humo al etéreo azul celeste, portadoras de las almas de bizarros guerreros al valhalla decimonónico. Ese fue el destino final de aquellos amigos y enemigos que compartieron la barbarie.

Las brumas y nieblas se extendieron en toda su dimensión por la urbs zaragozana, provocadas por humos de vigas calcinadas, casas destruidas, de incesantes incendios en los edificios provocados por intensos bombardeos, entremezcladas con el fuerte olor a azufre de la pólvora flagelada y el pestilente olor a sangre corrompida de los cadáveres mutilados que aún no habían sido devorados por los hambrientos canes. Esa fétida mezcla se mascaba en el ambiente, la putrefacción endémica que provocaba la epidemia aun existente, verdadera vencedora y causante de la capitulación. El dantesco paisaje que ofrecía la ciudad, quedaba al descubierto cuando estos nauseabundos vapores comenzaban a disiparse, elevándose al infinito como testigos incólumes de la barbarie humana, que se había cernido sobre Zaragoza en un periodo, que aunque corto en el espacio, parecía eterno en el tiempo. Entre esos velos, iban apareciendo las formas fantasmagóricas de sus defensores, o de lo que quedaba de ellos, auténticas figuras esquematizadas de lo que un día fueron, vagando por sus calles, deambulando sin destino fijo, con la mirada perdida en el infinito, las vestiduras rasgadas, dejaban adivinar sus esqueléticos cuerpos, resultado de la prolongada inanición que habían padecido. Eran aquellos defensores, todavía con el orgullo en el espíritu, los que habían sostenido un pulso como antes no lo había hecho nadie, contra el invencible emperador de los franceses que se galleaba por toda Europa sin que nadie le hiciera sombra. Aquí encontró la horma de su zapato. 

En aquella Zaragoza que surgió después de febrero de 1809, se dieron todo tipo de situaciones. En el ambiente social y familiar, fueron las de mayor calado, de entre ellas, el colectivo femenino sufrió el más violento y desgarrador zarpazo, puesto que se centró precisamente, en las mujeres, aquellas heroínas olvidadas, ya, en el mismo fragor de la batalla, donde surge la fama, la leyenda y, paradójicamente… el olvido. Las sobrevivientes debieron adaptarse rápidamente a la trágica situación, había que buscar un medio de sustento. No se les consentía trabajar debido a los “peligros” en que se hallaban ante la insaciable libido masculina, (había que velar por una hipócrita pureza, en tanto se consentía que sus vástagos murieran de inanición) tan siquiera se les estaba permitido mendigar, pero ellas, ayer como hoy, sabían cómo sacar adelante a su prole. Los registros parroquiales están repletos de las peticiones de estas heroínas, que solicitaban les fuese reconocido su nuevo estado lo que les permitiría contraer nuevas nupcias. La normalización y actualización social se hizo imperativa. La guerra no solo había provocado víctimas, sino que había destruido el núcleo familiar de casi todas ellas.

La consecuencia de la guerra, fue la pérdida de innumerables almas, hombres y sobre todo mujeres, creando espacios vacíos, donde antes había núcleos familiares completos, generando situaciones encaminadas a la supervivencia innata en el género humano, adoptando nuevas realidades parentales, justificadas por la debacle, que conllevó una resistencia a ultranza en defensa de un sistema que los ahogaba cada día con más fuerza, luchando paradójicamente contra el aire fresco, renovador y portador de una forma de sociedad más justa, más moderna, más equitativa, que traían las nuevas ideas surgidas de aquella Revolución Francesa de finales del siglo anterior. 

Fue tan terrible y demoledor, fueron tantas las víctimas de uno y otro bando, que como ya he dicho, no había lugar donde enterrarlos, los carnearios estaban repletos, los ecónomos y párrocos no podían recibir ya los cientos de cadáveres que diariamente se amontonaban a sus puertas. El Regente de San Felipe, escribió. “En el bombardeo e irrupción de los franceses, ocurrido en los meses de julio y agosto, especialmente en los días 4 y 5, de este, se enterraron 16 cadáveres, en la cisterna de esta iglesia. Se está practicando vivas diligencias para averiguar quiénes eran los difuntos y, se anotarán los que se sepa y como se pueda”.

Se procedió a la incineración pública, en piras funerarias donde se amontonaban amigos y enemigos. Esto generó a posteriori la necesidad de regular la nueva y desgraciada situación familiar. La petición del reconocimiento del nuevo estado ¡viudos y viudas! a las entidades oficiales era una constante.

 Si trágica era la muerte del marido que suponía el sostén del hogar, pues era quien traía el pan diario y los escasos céntimos que le permitían una paupérrima vida; mucho más trágica era la pérdida del verdadero pilar sustentador familiar. La falta de la esposa, madre, economista, enfermera, psicóloga, sanitaria, compañera, amiga, confidente, la educadora, directora… a fin de cuentas podía ser cuasi catastrófico, la suma de ambos ya, inútil comentarlo. Los expedientes eclesiásticos solicitando ser reconocidas como viudas, para contraer nuevas nupcias que permitieran criar a sus hijos, huérfanos en la defensa de los derechos del vil felón se multiplicaban. Rafaela Casalbón, fue una de tantas víctimas castigas por la guerra. Su difunto marido había sido uno de los defensores de la ciudad en los dos Sitios, por cuya razón lo mataron 4 soldados franceses luego de capitular la ciudad, la dejó con tres hijos menores, Mariano de 13, Mariana de 6 y Rafael de 6 meses a quienes debía mantener con el trabajo de sus manos y sin ningún refugio al haberse hundido la casa donde vivía, e incendiado la ropa y muebles con las bombas que cayeron en ella en el Segundo Sitio. Por tanto suplicaba a la Curia Arzobispal, la extensión en definitiva del certificado de la partida de muerte de su difunto marido.

Las situaciones eran tan paradójicas que en algunas ocasiones, ante la actitud natural encarada hacia la propia supervivencia, eran terriblemente castigadas por una sociedad encastrada en una Edad Moderna ya pasada de largo, pero que, en estas tierras, merced a la nefasta influencia ejercida por unos poderes temerosos de perder sus privilegios, hacían pecado de aquello que en la original concepción debía haber sido contemplado con más benevolencia. Pecadoras eran aquellas que habían perdido el sustento y necesitaban un medio de manutención, ¡poco les reconocían, aquellos que las condenaban, el motivo de su situación!, ¡Dios que floja es la memoria humana!

Francisca Fernández otra de tantas viudas, tenía una hija Ramona, de 12 años. Solicitó en su día de las autoridades eclesiásticas el engrosamiento de la partida de muerte de su difunto marido y así permitirle casarse de nuevo, alegando que desde hacía cuatro años mantenía vida matrimonial con Antonio Montesino que se hallaba en Guadalajara. Arrepentida del pecado y en el peligro tan evidente en que se hallan sus almas, suplicaba se expidiera el obligatorio documento a fin de casarse con el mentado Antonio y poder revertir la situación. El pecado siempre ha sido femenino, decretado naturalmente por la inconsciencia, hipocresía e impotencia, de una sociedad masculina, temerosa siempre del reconocimiento a la equidad testada.

Situaciones como estas jalonan de todo tipo de historias protagonizadas, involuntariamente, por estas mujeres cuyo denominador común es el reconocimiento de su nuevo estado y poder iniciar así otra vida. Una vida que evite el triste destino a la que se verían abocadas, ¡la muerte por inanición de ellas mismas y su prole! Impedidas para trabajar, reprimidas por mendigar, los caminos que tenían para salir con su progenie eran muy estrechos y desembocaban en destinos de los que la hipocresía social de la época pretendía preservarlas.

Vicenta Valdellou, otra de las defensoras que junto con su esposo lucharon denodadamente contra el francés, obligada por las circunstancias a reconducir su vida. Solicita engrosamiento de la partida de muerte de su marido para poder volver a casarse. Habiendo permanecido su marido durante los dos sitios en defensa de esta ciudad, ambos adolecieron de las malignas enfermedades agravadas por la epidemia que tantos estragos causó. Su marido salió de casa a pedir ayuda. Fatigado y medio muerto se introdujo en casa de Petronila Sánchez que al instante procuró socorrerlo con un poco de caldo. Después de habérselo tomado y en presencia de la misma y otras gentes, murió de repente. Esta mujer teniendo tratado matrimonio con un Subteniente del Regimiento de Voluntarios de Madrid, no puede efectuarlo por no haberle sido librada la Partida de Muerte de difunto su marido.

El desastre había sido absoluto, la población femenina pese a su alta mortandad, aún superaba en número a los hombres, estos también habían sufrido la debacle martirial, amén de las gruesas cuerdas de presos transportados allende los Pirineos para evitar otra muy temida situación similar. La “paz” no cambiaría su situación. Los ocupantes habían sustituido en su mochila el libro de los droits de l'homme, por la represión, el odio y el aislamiento, causado por la impotencia generada tras una amarga victoria, conceptos contrapuestos a su primer mensaje. 

Pero la Historia se abre paso, más tarde o más temprano, y ya es hora de devolverles el honor de la sangre derramada en las calles de su amada ciudad, donde las mujeres fueron especialmente protagonistas. Los cronistas coinciden en su brava defensa y ataque, no solo con lo habitual, (apoyo logístico y sanitario) si no con las armas en la mano, aquellas que para la historiografía decimonónica no tenían valor y su sacrificio no inclinaba ningún tipo de balanza ponderada de la época, por lo que eran olvidadas. Sólo su familia, sentía realmente esa carencia brutal, el callado anonimato y su ritualizado conformismo ritual. Las zaragozanas en lo más fiero de la lucha se hallaban en todo momento animando y reforzando a los patriotas, de modo que algunas saltaron los parapetos y fueron víctimas de un inconsiderado denuedo. Cuando Palafox daba las gracias, en nombre propio, por las acciones iba seguido de varias mujeres que con sus fusiles habían estado en la acción. Los franceses por el contrario no hicieron mención de ellas, tal vez debido a una ignorancia intencionada, tal vez por vergüenza de ser derrotados por quienes consideraban incapaces de empuñar un arma, tal vez porque en aplicación de los códigos de la guerra, no había honor en matar a una mujer, por muy brava y peligrosa fuera. Sea como fuere, los imperiales retrocedieron ante el empuje de los paisanos entre los que el contingente femenino era más que importante. 

Josefa Buil, viuda, es otra de tantas heroínas que siguiendo la suerte de su marido al ser reclutado para engrosar las filas en defensa de la ciudad de Zaragoza y por extensión de todo el reino de Aragón, se había desplazado hasta la ciudad. Diversos avatares le llevaron a participar en distintos frentes todos ellos con el sacrificio, honor, gallardía y valentía propia de cualquier combatiente, como demuestran los numerosos certificados que constan de su servicio. Tras la contienda, Josefa, insta a los diferentes Jefes militares que la conocieron y premiaron, a que certifiquen sus servicios, al objeto de reclamar una pensión ya concedida por el Capitán General del Reino, y que ahora la Hacienda le exigía demostrar documentalmente. Esta heroína, se halló en la defensa de la ciudad durante los dos asedios, en los puntos de Arco de Valencia, y haciendo fuego en una de las baterías de la plaza de la Magdalena, en compañía de Benita Pórtoles natural de Alcañiz y Teresa Liera natural de Huesca, especialmente en la esquina de la calle Palomar, en cuya casa habitaba la expresada Benita Pórtoles. Padeció las fatigas correspondientes a dicho punto como uno de los mejores soldados, tanto de día como de noche, ya con las armas en la mano, ya manejando el cañón o llevando víveres y municiones a las baterías. Benita Pórtoles, a quién también le fue concedido en premio por sus señalados servicios, una pensión de cinco reales vellón diarios, los cuales percibió siempre. La valiente Buil, careció de esta recompensa de su acreditado valor, al faltarle la certificación de Palafox. Para ejercer mayor fuerza, supongo, Josefa solicitó del Contador de la Real Contribución de la ciudad, que le emitiera un certificado contributivo de los pagos realizados por ella, siendo este negativo, no se le conocían predios ni propiedades ni impuestos en repartimientos. Con todas las certificaciones y otras de similar tracto, insta a Palafox para que le sea reconocida la pensión otorgada en los años de los Asedios, dado que se hallaba sin qué comer, sin medios para subsistir y constituida en la mayor desolación, por ellos se ve precisada a recurrir y hacer presente para aliviar sus penas y miserias pues lo demás seria complacerse en sus desgracias. 

No obstante, no sería este el único servicio que realizaría, comprometida como estaba hasta las entrañas en la defensa de su ciudad adoptiva y de su tierra. En la ciudad de Barbastro, realiza trabajos de espía después del regreso a su ciudad natal. Tras los asedios zaragozanos junto a otras mujeres, monta un servicio de espionaje que pone al servicio del ejército español. Son múltiples los certificados que presenta con agradecimiento de sus beneficiarios. Su casa no solo sirve de punto de información vital para las tropas nacionales, sino que además alberga, esconde y dirige a otros espías, dando noticias fidedignas que pusieron en jaque, en numerosas ocasiones, al invasor, al objeto de averiguar la dirección que había de tomar el enemigo y sus propósitos. Josefa era pues una luchadora incansable. Este es otro ejemplo más de las miserias de los combatientes que pese a la desgracia de perder lo poco que poseían y en algunos casos, todo ello, se comportaron con una bizarría que enmudeció al mundo.

Otra defensora fue María Ramírez de Arellano, estuvo en los dos asedios a la ciudad de Zaragoza donde su continua vigilancia y celo en llevar víveres así como municiones hizo posible que estas no escasearan nunca en las baterías de la Plaza de la Seo, con el mayor riesgo para su vida y exponiéndose a los mayores peligros.  Los prisioneros que eran conducidos a Francia, recalaban en el castillo de la Aljafería, donde permanecían más de 15 días. Algunas personas vecinas de la ciudad entre ellas Dña. María Ramírez junto a otras mujeres consiguió con algún dinero, comestibles para los prisioneros, así como camisas, alpargatas y otras prendas, repartiéndolo entre aquellos cuyas necesidades eran mayores, pudiendo cubrir así su desnudez, siendo permanentemente atendidos en todas sus necesidades y continuar después la marcha a los depósitos de Francia. Sin este auxilio les hubiera sido imposible sobrevivir. Esposa y madre de luchadores supo impregnar y acrecentar en ambos el sentido patriótico. Su marido muerto en defensa de la ciudad y su hijo encarcelado por espía y como responsable del correo de los sitiados con las zonas libres. Realmente María Arellano contribuyó enormemente a la batalla.

Manuela Sancho Bonafonte, natural de la villa de Plenas y que desde antes de romper el día hasta el anochecer no cesaba de llevar, pan, vino, aguardiente y otras frioleras al Fuerte del Pilar; con los mayores apuros de ataque se desentendía de este servicio, y se dedicaba al de la artillería con la mayor serenidad, portando municiones y piedras en canastas para el mortero, dando fuego por sí, a los cañones, haciéndolo por los aprestos con el fusil, sin que se conociera la menor mutación a pesar de haber caído algunos a su lado. Continuó constantemente con el mismo denuedo y patriotismo, hasta que, en los últimos días del sitio de aquel fuerte, una bala de fusil le atravesó el cuerpo de parte a parte quedando herida en el parapeto.

María Montalbán sería otra de las innumerables defensoras; recuperadas del injusto anonimato. Luchadora incansable, fue premiada por Palafox. Su labor, como las del resto consistía en llevar munición a la artillería, refrescos vendar las heridas dar ánimos, trasladar heridos, transportar a los caídos, despreciando la muerte constantemente. Su ardor la llevó a Tortosa después de la capitulación de la ciudad. Fue la única mujer a la que se le permitió quedarse en la plaza a pesar de la orden dada para que todas de las de su sexo saliesen de ella. El Gobernador de la ciudad le otorgó por sus servicios, una ración de soldado ejerciendo en iguales servicios y con iguales méritos que sus compañeros varones. Mujer brava, perdió a su marido en el Segundo Asedio. Solicitaría del Consejo Supremo de Guerra le fuese reconocida la ración de soldado con que fue agraciada que, aun siendo una miseria, le permitirá sobrevivir en una España destrozada por las guerras.

Estas situaciones se daban con harta frecuencia, mujeres disparando cañones, mosquetes, fusiles etc., Casamayor nos ilustra “las mujeres llevaban el tizo para el botafuego, además de refrescos ánimos y curas, sin contar que en muchas ocasiones encararon el fusil o dispararon el cañón. Los muchachos con cuerdas arrastraban los cadáveres hasta las cisternas de las parroquias y amunicionaban todos, los viejos animando al combate preparaban ladrillos y piedras como proyectiles arrojadizos, todos saciaban sus ganas de guerra”. Siempre estuvieron ahí. Cuando el hombre caía ellas lo aupaban, siempre ha sido así, su ánimo era vital para aquellos defensores, todas ellas merecen con mayúsculas el epíteto de HEROÍNAS, aquellas mujeres daban sentido al viejo dicho extremeño; con ellas todo, sin ellas… nada

Éstas son algunas de las heroínas anónimas, de las miles que hubo, son las que, sin olvidar a la más conmemoradas, merecen estar en ese palmarés martirial para ser no sólo inmortalizadas, sino agasajadas y honradas; que un día puedan pasar a ocupar su lugar en ese Panteón de Heroínas que con natural, justo y merecido orgullo se halla en el Portillo, fiel testigo de algunos de sus actos heroicos, pues “el honor, como dijo el Alcalde de Zalamea, es patrimonio del Alma, y el alma sólo es de Dios”. Mujeres que lucharon por su casa, por su familia, en respuesta a los miedos que provenían de los púlpitos, o lo que en casa comentaban sus maridos, a la vez tergiversados por sus amos, interesados en que las ideas de la revolución francesa no anidaran en sus mentes. Aquellas ideas que transformarían una sociedad estamental, lastrada, sociedad que relegaba a la mujer a un segundo…o tercer puesto. Mujeres que nunca pensaron luchar a favor de un felón que celebraba con el francés las victorias sobre los españoles. Mujeres que no tenían miedo de perder sus miserias, cuando las tenían, que protegían a sus hijas del violador y asesino francés solo conocidos de oídas, de los que se hablaban en las fuentes, fregaderos públicos, comercios, y calles. Cada transmisora aportaba su granito en aumento del bulo interesado de aquellos que verdaderamente veían el peligro por la pérdida de sus privilegios y poderes. En esas fechas dueños absolutos del cien por cien de las propiedades de cualquier tipo, (iglesia o patrimonio de san Pedro un 45%, nobleza un 35%, y el 20% restante de la emergente sociedad burguesa verdadera dueña de caudales e influencias) eran el enemigo, a favor de los cuales, paradójicamente, luchaban. Esta penosa contienda dio sus frutos no solo en lo que históricamente está recogido, sino también porque sirvió para que aquellas sumisas mujeres, que realmente nunca fueron tan sumisas, se dieran cuenta que también contaban, que eran igual que los hombres, cuando no superiores, porque si ellos disparaban, ellas realizaban los trabajos más ímprobos para que pudieran hacerlo. Ellas fueron el alma de la resistencia, sus “deberes” familiares y sociales nunca fueron desentendidos, sus hijos y ancianos padres que dependían de sus cuidados, e incluso en lo religioso, pues a pesar del asedio los actos piadosos fueron debidamente atendidos por estas heroínas.

 Hasta hace poco tiempo, la ingente cantidad de valientes sacrificadas tenían su referente en algunas de las que pasaron a la historia y que son sobradamente conocidas, siempre recordadas, siempre ensalzadas, siempre presentes. Para la memoria de muchos constituían toda la aportación femenina a la lucha. Se creía que habían sido solo ellos, hasta que los historiadores comenzaron a levantar un pico del mantel, solo un pequeño pico y el impacto de lo que siempre se supuso pero no se conocía en profundidad y que hoy se conoce, fue absoluto. Se hacía imperativo ubicarlas en el lugar que les correspondía. La admiración, que nunca cejó, fue tremenda. Ahora iniciada la recuperación, hay que sacarlas de los empolvados libros y documentos de archivo y restituirlas en su más que merecido lugar. Ya nada volvería ser igual, las mujeres surgidas de aquel horror, habían demostrado su valía, su poder a propios y extraños, Ahora debían ser respetadas como merecían, ahora gozarían del mismo nivel que sus compañeros de viajes, de la palabra, de la capacidad decisoria que siempre habían tenido pero nunca había salido “oficialmente “del entorno familiar…al menos al reconocimiento oficial… ¿pero, fue así realmente? No, claro que no, ya desde su inicio los hechos fueron silenciados por propios y extraños, acallados, porque el pensamiento de la época…y el actual, aunque afortunadamente cada vez menos, no acababa de aceptar el hecho de que una mujer pudiera, no solo luchar tras la tapia cañoneada diariamente, protagonizar rechazos de ataques  de un ejército que había mostrado ser invencible, si los hombres huían en desbandada, ellas acudían a taponar la brecha, no podían aceptar que hubieran abortado el éxito de los metódicos ataques a una ciudad, cuyos muros eran el pecho de sus defensores. La historia está preñada de estos actos. La bibliografía las obvia, no pueden concederles el crédito ganado con sangre, con esa misma sangre que nos ha puesto a todos en este mundo, con aquella que les decía a sus hijos huérfanos ante el paso de las tropas francesas “hijos míos levantad la cara con orgullo y dignidad, pues sois hijos de los bravos luchadores del arroyo que sin tener nada…lo defendieron todo”. Jactancia de raza y nación, sin par en ningún lugar de la tierra que no sea España.  

Su aportación hoy más reconocida, más aceptada y comprendida, escapa a las mediocridades humanas que, sólo sirven para diferenciar socialmente lo que el imparable espíritu aporta y demuestra constantemente. Haciendo caso omiso de esas reglas, vanas e interesadas, por las que, la siempre hipócrita sociedad decide quién es merecedor o no, de esa u otra distinción. Este comentario pretende reivindicar a la mujer española, en particular y a todas en general, en cualquier punto donde se halle, dado que este no es un caso aislado en nuestra historia, si no uno más, que nos debería recordar su gran valía, en cualquier campo en el que se vea obligada a peregrinar.